A. W. Pink

Consuelo para los creyentes


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existen en el mundo. Cuánta cantidad incalculable de egoísmo enfrentado está en funcionamiento. Qué ejército tan grande de rebeldes lucha contra Dios. Qué huestes de criaturas sobrehumanas en oposición al Señor. Y aun así, en lo alto de todo, está Dios, en una calma sin interrumpida, completamente dueño de la situación. Allí, desde el trono de su majestad exaltada, Él hace todas las cosas según el designio de su voluntad (Efesios 1:11). Entonces levántate con asombro ante Aquel que a su vista “Como nada son todas las naciones delante de él; y en su comparación serán estimadas en menos que nada, y que lo que no es” (Isaías 40:17). Póstrate en adoración ante “el Alto y Sublime, el que habita la eternidad” (Isaías 57:15). Eleva tu alabanza a Él, quien de lo malo puede sacar el mayor bien. “Todas las cosas ayudan.” En la naturaleza no existe el vacío, ni tampoco hay una criatura de Dios que falle en llevar a cabo su propósito para el que fue diseñado. Nada está inactivo. Todo está energizado por Dios para poder cumplir su misión prevista. Todas las cosas están trabajando para el gran final del placer de su Creador; todas se mueven a su mandato imperativo.

      “Todas las cosas les ayudan a bien” Las cosas no solamente operan, ellas cooperan; actúan en perfecto concierto, aunque nadie sino solamente el oído del ungido puede escuchar el compás de su armonía. Todas las cosas les ayudan a bien, no individualmente sino colectivamente, como causas auxiliares y ayudas mutuas. Esa es la razón por la que las aflicciones casi nunca vienen solas o sin compañía. Una nube se eleva sobre otra nube; una tormenta sobre otra tormenta. Como con Job que un mensajero de calamidades era relevado por otro cargado de noticias de aún mayor tristeza. Sin embargo, aún aquí la fe es capaz de trazar tanto la sabiduría como el amor de Dios. Es la mezcla de todos los ingredientes en la receta la que logra su valor añadido. Así que con Dios, sus repartos no solamente “ayudan” o “trabajan”, sino que “cooperan juntos”. Así lo reconoció el dulce cantor de Israel: “Me sacó de las muchas aguas” (Salmo 18:16). “Todas las cosas les ayudan a bien”, etc. Estas palabras enseñan a los creyentes que no importa cuál sea el número o qué tan sobrecogedoras las circunstancias adversas, ellas están todas contribuyendo a llevarles hasta la posesión de su herencia preparada para ellos en el cielo.

      ¡Qué maravillosa es la providencia de Dios en gobernar las cosas más desordenadas, y en cambiar para bien nuestro las cosas que son en sí mismas más perniciosas! Nos maravillamos en su inmenso poder que sostiene los cuerpos celestes en su órbita; nos asombramos en las estaciones que se repiten continuamente y que renuevan la tierra; pero esto no es ni por asomo tan maravilloso como Su labor de obtener bien del mal en todas los sucesos complicados de la vida humana, y de hacer que aún el poder y la malicia de Satanás, con la tendencia destructiva y natural de sus obras, ayude para el bien de Sus hijos. “Todas las cosas les ayudan a bien.” Esto debe ser por tres motivos. Primero, porque todas las cosas están bajo el control absoluto del Gobernador del universo. Segundo, porque Dios desea nuestro bien, y nada más que nuestro bien. Tercero, porque aún Satanás mismo no puede tocar ni un solo cabello de nuestras cabezas sin el consentimiento de Dios, y aun así debe ser para nuestro bien. Nada entra a nuestra vida por pura casualidad, y no existen accidentes. Todo está siendo movido por Dios, con este fin en mente: nuestro bien. Todo, estando bajo servidumbre a los propósitos eternales de Dios, obra bendiciones para aquellos que han sido marcados a la conformidad de la imagen del Primogénito. Todo sufrimiento, tristeza y pérdida son usadas por nuestro Padre para servir al beneficio de los elegidos.

      “A los que aman a Dios.” Este es la gran característica distintiva de cada verdadero cristiano. Lo contrario señala a todos los no regenerados. Pero los santos son aquellos que aman a Dios. Sus credos pueden variar en pequeños detalles; sus relaciones eclesiásticas pueden variar en las formas externas; sus dones y gracias pueden estar disparejas; sin embargo, en este punto en particular existe una unidad esencial. Todos ellos creen en Cristo, todos aman a Dios. Ellos Le aman por el don del Salvador, Le aman como un Padre en quien pueden confiar, Le aman por Sus virtudes personales: Su santidad, sabiduría, fidelidad. Ellos Le aman por su manera de obrar, por lo que Él retiene y por lo que Él concede, por lo que Él reprende y por lo que Él aprueba. Le aman incluso por la vara que disciplina, sabiendo que Él hace todas las cosas bien. No existe nada en Dios, y no hay nada de Dios, por lo que los santos no Le amen. Y de estos están todos seguros, “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.”

      “A los que aman a Dios.” Pero, ¡oh, qué poco amo a Dios! Muy a menudo lamento mi falta de amor, y me reprendo por la frialdad de mi corazón. Sí, hay en él mucho amor para el yo y amor para el mundo, que muchas veces me cuestiono seriamente si tengo algo de amor real para Dios después de todo. Pero, ¿no es mi deseo de amar a Dios un buen síntoma? ¿No es mi dolor por amarle tan poco una evidencia clara de que no Le desprecio? La presencia de un corazón endurecido e ingrato ha sido el lamento de los santos por todos los siglos. “Amar a Dios es una aspiración celestial, que está siempre bajo la supervisión del rezago y la limitación de una naturaleza terrenal; de la cual no podremos salir hasta que el alma haya escapado de este cuerpo vil, y tenga vía libre sin restricciones hacia el hogar de luz y libertad” (Dr. Chalmers).

      “A los que...son llamados.” La palabra “llamados” nunca se aplica, en las epístolas del Nuevo Testamento, a aquellos que son los recipientes de una mera invitación externa del Evangelio. Este término siempre significa un llamado interno y eficaz. Fue un llamado sobre el cual no teníamos ningún control, ni en comenzarlo ni en frustrarlo. Así en Romanos 1:6, 7 y muchos otros pasajes dice: “llamados a ser de Jesucristo; a todos los que estáis en Roma, amados de Dios, llamados a ser santos”.

      ¿Le ha alcanzado este llamado a usted, mi querido lector? Los pastores le han llamado, el Evangelio le ha llamado, su conciencia le ha llamado, pero ¿te ha llamado el Espíritu Santo con un llamado interno e irresistible? ¿Ha sido llamado espiritualmente de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, del mundo a Cristo, de su “yo” a Dios? Se trata de un asunto como del momento más importante que usted sepa si ha sido realmente llamado por Dios. ¿Ha resonado y vibrado, por tanto, la música vivificante y hermosa dentro de todas las habitaciones de su alma? Pero, ¿cómo puedo estar seguro de que he recibido este llamado? Hay algo aquí mismo en nuestro versículo que debe hacer que usted lo determine. Aquellos que han sido llamados eficazmente aman a Dios. En lugar de odiarle, ellos ahora Le estiman; en lugar de huir de Él con temor, ellos ahora Le buscan; en lugar de que ellos no se preocupen si su conducta Le honra, su deseo más profundo ahora es agradarle y glorificarle.

      “Conforme a su propósito.” El llamado no es de acuerdo a los méritos de los hombres, sino conforme al propósito Divino: “quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos” (2 Timoteo 1:9). El diseño del Espíritu Santo al inspirar esta frase es el de mostrar que la razón por la que algunos hombres aman a Dios y otros no debe ser atribuida solamente a la mera soberanía de Dios; no se basa en algo interno en ellos, sino se debe solamente a Su gracia que marca la diferencia. Hay también un valor práctico en esta frase. Las doctrinas de la gracia están preparadas para un mayor propósito que el de meramente redactar un credo. Uno de sus principales designios es remover los sentimientos, y más especialmente despertar aquella devoción al que el corazón angustiado con temores, o cargado de preocupaciones, se debe rendir totalmente; es decir, al amor de Dios. Para que este amor pueda fluir constantemente desde nuestros corazones debe haber un continuo recurrir a aquello que lo inspiró y a aquello que debe dar su incremento; así como cuando revives tu admiración por una preciosa escena o cuadro, vas de nuevo a observarlo. Bajo este principio es que hay mucha insistencia en la Escritura en mantener las verdades que creemos en nuestra memoria: “por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos” (1 Corintios 15:2). “Despierto con exhortación vuestro limpio entendimiento, para que tengáis memoria”, dijo el apóstol (2 Pedro 3:1,2). “Hace esto en memoria de mí”, dijo el Salvador. Es entonces, al rememorar aquel momento cuando, sin importar nuestras miserias y nuestra indignidad, Dios nos llamó, que nuestras devociones serán renovadas. Solo entonces, al recordar la maravillosa gracia que se ha extendido a un pecador merecedor del infierno y te sacó como a un hierro de las ascuas, tu corazón se vaciará en adoración de gratitud. Y es por medio de descubrir que esto fue así debido