Lista, Gustavo Germán
Cultivo natural en la ciudad / Gustavo Germán Lista. - 1a ed . - Vicente López: Gustavo Germán Lista, 2020.
Memoria USB, EPUB
ISBN 978-987-86-5379-2
1. Agricultura Urbana. I. Título.
CDD 635.091732
Fotografía de tapa: Florencia Martín
Fotografías: Mariel Morales
Edición: María Laura Dedé
Diseño editorial e ilustraciones: Ana Luisa Burroni (Katana)
Diseño de epub y digitalizaciones: Versal hacemos libros
VERSAL HACEMOS LIBROS
Ig: @versal.hacemoslibros/
Fb: versalhacemoslibros
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Cultivo natural
en la ciudad
Gustavo Lista
"Aquellos que practican el arte de la paz deben proteger los dominios de la Madre naturaleza, divino reflejo de la creación, y mantenerla bella y fresca.
La calidad del guerrero da origen a la belleza natural.
Las técnicas sutiles de un guerrero surgen tan naturalmente como aparecen la primavera, el verano, el otoño y el invierno.
La calidad del guerrero no es otra cosa que la vitalidad que sustenta toda vida".
Morihei Ueshiba (Fundador del Arte Marcial Aikido)
A mi padre y a mis hijos, por el amor.
Índice de contenido
Portada
Las plantas crecen
Manos a la obra Paso a paso
CULTIVO DIRECTAMENTE EN LA TIERRA
ELABORACIÓN DE COMPOST PARA EL HUERTO
Las plantas
Algo sobre ecología
Los tres peces
Una mañana, el cocinero del pueblo llevó a pescar a su familia a una playa cercana. Con la ayuda de su esposa y los dos niños, encendió una pequeña fogata en la que, ya más cerca del mediodía, asaron un trozo de carne. Los adultos almorzaron con vino, y así, apaciblemente, siguieron disfrutando de la mutua compañía.
En las primeras horas de la tarde, el cocinero invitó a su hijo menor a probar –como solía decirle– “si los peces tenían hambre”. El pequeño estaba muy ansioso, ya que su padre le había dicho que esta vez le prestaría su caña para pescar peces grandes.
El hombre preparó los aparejos, cargó los anzuelos y arrojó el embuste al agua lo más lejos que pudo. Luego sentó al niño entre sus piernas y le entregó la vara.
Fue sorpresivo, casi mágico: ni bien el niño sostuvo la caña, sintió el inconfundible tirón de pez del que su padre tanto le había hablado. Lleno de excitación, el pequeño le gritaba a su padre: ¡Es grande, papá! ¡Es muy grande!
El cocinero –con voz serena, disimulando su propia ansiedad– lo aconsejó: “Traelo despacito, no le aflojes pero tampoco tironees”.
La contienda fue intensa, agotadora. El pez coleteaba tenazmente para liberarse del anzuelo y llegar a aguas más profundas. A pequeños intervalos de tensión le sucedían fuertes embestidas. El niño sentía que sus piernas, temblorosas, en cualquier momento dejarían de sostenerlo… Quería hacerse de él, pero no que aquel momento terminara. El río, su padre, la captura… el niño ignoraba cuán importante sería ese día para él.
Finalmente, logró apresarlo. El animal era hermoso, robusto y tan largo como uno de los brazos del niño. Aún daba coletazos. Con dulce calma –como solía expresarse– el cocinero instó a su hijo a que extrajera él mismo el anzuelo de la boca del pez. “Cada pescador debe hacerse cargo de su pesca”, sentenció.
El niño, al principio temeroso, poco a poco fue ganando confianza y finalmente logró extraerlo sin mayor daño para su contendiente. Al ver al pez liberado, el padre le pidió que lo devolviera al río.
–¿Adónde? –preguntó el niño para ganar tiempo, pero sabiendo la respuesta.
–Al agua, hijo.
–¡No, papá! –se quejó el niño–. ¡Llevémoslo para comer! ¡Es enorme!
–¿Qué? ¿Comerlo…? ¡Esta especie tiene mucho gusto a barro, hijo! No te va a gustar…
–Sí que me va a gustar… –insistió él–. ¡Le pongo mucho limón y listo! Dale, lo asamos con las brasas que quedaron de la carne.
–¡Que no, hijo! Vas a matar a un animal sin sentido. En esta parte del río el agua está sucia y la carne de estos bichos tiene muy mal gusto.
Por más razones que esgrimiera el hombre, el niño no aceptaba la devolución de lo que él consideraba su trofeo. Ante su terquedad y viendo la agonía del animal, el