David Martín Portillo

El orden de la existencia


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entre ellas, la mujer del pasamontañas, que la sujetaba diciéndole:

      —Tranquilízate. Somos nosotras, el grupo de las Frías, de la República El Cambio.

      Cuando por fin consiguió relajarse, Lantana se incorporó y se acercó a las tres para darles un fuerte abrazo.

      Todas notaron algo en la voz de Azalea que no era común. Anturia sabía por qué, pero el mal trago de esa situación no dio lugar a preguntas innecesarias.

      —Pongámonos en marcha. Luego lo celebraremos —ordenó Anturia.

      Las cuatro se disponían a salir de El Schneefernerhaus cuando, bajando la ladera y dejando atrás las salidas principales de la Casa de Nieve, se encontraron a gran parte del equipo Eco, que ya había descendido.

      Ambos equipos se sorprendieron y tomaron sus armas, apuntándose entre sí y cambiando de objetivo, preguntándose cuál de ellos daría el primer paso o sería la peor amenaza.

      —¿Dónde está el equipo Óscar? —preguntó la Zafiro Eva a voces.

      Un instante después el autocontrol de cada una empezaba a perderse.

      —Deberías contestarle algo ya —le susurró Aconita a Anturia.

      —¡Contesta o juro que os mataré a todas, aunque con ello caigamos algunas de nosotras!

      El armamento era parecido, pero las Frías estaban en inferioridad tanto numérica como estratégica.

      —¡Todas muertas y algunas no han sufrido lo suficiente! ¡Sentid vuestra propia medicina! —gritaba Anturia.

      —Señora, ¿quiere que nos maten?

      Aconita no había terminado de decir esto cuando, como consecuencia de la explosión, los disparos, los gritos de dolor y desesperación que anteriormente se habían producido, la montaña se estremeció enfurecida, dejando caer toda su ira y provocando un alud desde la cresta hasta la base vacía. Los primeros que la divisaron fueron los miembros del equipo Eco.

      —¡Avalancha! —advirtió la Zafiro Eva.

      El equipo de Jazmín intentaba correr disparando sin poder apuntar con exactitud para refugiarse en las edificaciones; sin embargo, las Frías las vieron venir. Por suerte para ellas poseían los escudos que las protegían y con los que lograron amortiguar algún que otro proyectil.

      —¡Disparen! ¡A cubierto! —ordenó de inmediato Anturia.

      Hundiéndose en el espesor blanco, el grupo buscaba el refugio de la estructura humana mientras disparaban hacia la escuadra de Médula casi sin mirar. La oleada de nieve se precipitaba a gran velocidad. Demasiado tarde para todas. La avalancha hizo rodar a unas y enterró por doquier a otras.

      Después del corrimiento de ese manto de nieve y de su sonido ensordecedor, hubo un silencio absoluto durante un corto período de tiempo. El grupo de Anturia había quedado enterrado al estar más cerca de las instalaciones de El Schneefernerhaus. Poco a poco, iban apareciendo empujando la nieve con los escudos; sin embargo, Aconita había rodado pendiente abajo con las mujeres de Luz de Diamante. Cuando Aconita se levantó aturdida, miró en todas las direcciones y vio a su lado dos cadáveres con uniforme. Cerca, a unos metros, empezaron a moverse algunos montículos níveos, de los cuales salían puños. Esta hembra comenzó a disparar a la primera que brotó de la nieve. Tras acabar con ella, Eva y Jazmín, más las dos que estaban ya fuera, acabaron a ráfagas con la vida de esta fémina de las Frías.

      Anturia, Azalea y Lantana quedaron a unos pasos del gran techo, en la entrada de la antigua base, y vieron cómo su compañera caía a lo lejos. Esto hizo que empezaran a maldecir a gritos a la reducida escuadra de Médula.

      Las cuatro restantes iniciaron la subida para enfrentarse a lo que quedaba de las Frías. Azalea subió bordeando el edificio para tener ventaja. Al verla, Eva decidió seguirla, separándose ambas de sus grupos. Anturia y Lantana se refugiaron en la Casa de la Nieve. Jazmín siguió subiendo. Cuando llegaron a la puerta, mandó a la exploradora que entrara con el arma en las manos. Al escuchar un clic, la primera tuvo que decir adiós a una pierna, quedando fuera de combate, desangrándose y sin la ayuda de sus compañeras que estaban a poca distancia sordas temporalmente. La explosión hizo que Eva y Azalea parasen por un momento, dirigiendo sus miradas hacia el lugar del cual procedía ese fuerte sonido, y prosiguiera la persecución. Ahora estaban igualadas. Jazmín y la tiradora entraron por los pasillos, dejando morir atrás a su exploradora, evitando así exponerse y ser un blanco fácil. Estando a cubierto y viendo dos cabezas que asomaban al final de un corredor, se disparaban en equis. Cuando los disparos cesaban, las cuatro cabezas dejaban de mostrarse.

      —¿De verdad es esto lo que queréis? ¿Es tanta la fe que tenéis en Médula que os da igual matar a hermanas sin saber la verdad? —preguntó Lantana con un tono más elevado.

      —¡Acabaré con vosotras! ¡Habéis matado a todas las nuestras cruelmente y sin tiempo para defenderse! ¡Podríamos estar todas en casa, celebrando que las balizas están en buen estado, porque las hemos comprobado y no habéis conseguido nada! ¡No sé por qué me molesto! ¡Muere!

      Jazmín salió de su zona de seguridad y empezó a utilizar su arma, al tiempo que avanzaba por el corredor sin ningún miedo. Parecía que le da igual sucumbir. La tiradora la cubría desde atrás y hacía pasar sus balas cerca de esta, obligando a Anturia a esconderse y acertando en Lantana. En un último acto de valentía, Anturia apareció por la esquina, se detuvo sabiendo que le podían volar la cabeza y derribó a la tiradora. Acto seguido, se escondió. Pensó que no era hora de lamentar las muertes de sus compañeras y salió corriendo por dos motivos: el primero era que se había quedado sin munición; el segundo, la dureza en la mirada de Jazmín, que venía de frente, disparando, aunque sabía que a ese paso también se quedaría pronto sin munición. Cuando salió de la Casa de la Nieve, vio unas huellas que se dirigían a la derecha y hacia arriba. Se puso a seguirlas, deduciendo por la gran pisada que eran de Azalea y que Eva la estaba persiguiendo.

      La dama que se enfrentó a ellas y que después del desprendimiento se separó del grupo tenía una piedra de color azul que relucía en cada hombro de la chaqueta del uniforme como un zafiro.

      —¡Te encontraré! —vociferaba Jazmín por el corredor.

      Mientras Anturia subía de nuevo la montaña, Jazmín salía de la instalación para llamar por radio, pero comprobó que no tenía nada con lo que comunicarse, ya que gran parte del instrumental que llevaban las señoras de ambos bandos se perdió en el alud. Como no había huellas que pudiera seguir, decidió bajar a la casa El Descanso del Cerro en Grainau, siguiendo las referencias que vio en la subida, un mapa y la brújula que ahora sí funcionaba.

      De la escuadra Óscar del pelotón que servía a Médula quedaban Eva y Jazmín, mientras que del grupo de las Frías, de la República El Cambio, solo estaban Anturia y Azalea.

      Después de seguir durante un buen rato las grandes huellas de Azalea, Eva observó que estas se perdían como si las hubieran borrado con una rama. En la subida miró al frente y vio dos rocas, una a cada lado, de la altura de un pequeño árbol, por cuyo centro cabrían poco más que varias personas. La Zafiro Eva avanzaba atenta y cargada. Tras pasar el montículo de la derecha apuntó por si se encontraba a la más fuerte de las Frías, pero no había nadie. Antes de que le diera tiempo a mirar hacia el otro lado, Azalea le intentó disparar, pero se le encasquilló el arma y, sin pensarlo dos veces, saltó sobre ella golpeándola con la empuñadura de la pistola y derribándola. Eva cayó de bruces, pero tan pronto como su cara tocó la nieve se dio la vuelta y empezó a defenderse.

      Azalea logró estrangularla e inmovilizarla con las técnicas de entrenamiento cuerpo a cuerpo SAL (Sistema Anatómico Lógico), un medio de combate de esta era, quedando ambas sentadas en el manto blanco. Con una de las manos que le quedaba libre, la mujer con más rango del pelotón de Luz de Diamante sacó una hoja de cuchillo de 8 centímetros de largo con un hueco para el pulgar de uno de sus bolsillos camuflados del pantalón y se