David Martín Portillo

El orden de la existencia


Скачать книгу

de sus dientes apretados y empujando con las dos manos. Durante el forcejeo logró quitarle rápidamente el pasamontañas con una mano, mientras con la otra utilizaba todas sus fuerzas y su odio para clavarle el cuchillo y acabar con su vida.

      Tal fue la sorpresa al ver que se trataba de un varón adulto con barba de una semana que, por un momento, perdió las fuerzas, instante que este aprovechó para liberarse un poco y decirle a Eva:

      —¡Mi nombre como hombre libre es Aspen. Recuérdalo, aunque me mates, porque llegarán muchos más!

      —¡Yo puedo portar, mantener y alimentar a un embrión. ¿Y tú?!

      —¡Dar la vida!

      —¡Sois la peor plaga que tiene este mundo! —sentenció Eva con rotundidad.

      Mientras sus manos permanecían ensangrentadas por intentar que el cuchillo no se hundiera en su rostro, Aspen escuchó algo. Ambos miraron a la vez, girando las cabezas hacia el mismo sitio y vieron como una criatura de unos 4,5 metros de altura, cuadrúpedo y lanudo salía de detrás de unas grandes rocas que había cerca de ellos. Aspen giró a la mujer que tenía encima, la golpeó con su puño en la cara, dañándola levemente, y echó a correr montaña abajo. Conforme Eva se ponía en pie, veía venir a esta bestia de ocho toneladas y cuando va a embestirla, ella se giró y la esquivó a la vez que volvía a coger su arma. La bestia frenó, necesitando mucho terreno, y se dio la vuelta. A pesar de sus enormes colmillos en curva ascendentes, su envergadura y su velocidad para moverse, esta señora no se movió. No se sabía si por las sustancias químicas o por la radiación de las antiguas guerras había aparecido de nuevo un M. Primigenius; de hecho, hasta el momento era el primero. La bestia volvió a embestir y Eva, quedándose quieta, iba descargando todo su cargador, mientras esta se le acercaba corriendo. Cuando parecía que la iba a matar, la fiera cayó ante sus pies y Eva exhaló.

      Llegó un momento en el que Aspen y Anturia se encontraron. Aspen le explicó que si Eva seguía viva, bajaría pronto y le preguntaría por Lantana. Anturia movió la cabeza y echó la mirada al suelo, dándole a entender que había muerto. Al ver la herida sangrándole, le preguntó si se encontraba bien, pero él no le dio importancia. Entonces comenzaron a bajar juntos, apresurándose en buscar refugio en El Schneefernerhaus, que otra vez estaba vacío. Buscaron la mejor estancia para descansar. Eva bajaba sigilosa y atenta a posibles sorpresas, ya que había tenido dos bastante difíciles de digerir. Los dos grados bajo cero de temperatura empezaban a calarle. Además, tenía el uniforme roto por el roce del cuerno de la bestia; sin embargo, al final vio que podría quedarse en una de las casetas laterales de la edificación de la Casa de la Nieve, sin tener que enfrentarse en su estado con lo que quedara de las Frías.

      Aspen y Anturia disfrutaban de un poco de tranquilidad. Se abrazaban y respiran profundamente.

      —Aspen, eres parte de la cura de este sistema. Eres más valioso que yo. No oses más.

      —Lo hice para alejarlas de vosotras, pero por lo que he podido comprobar lo único que conseguí fue atraer a la que tenía más rabia. No perdamos más tiempo. Busquemos con cuidado cualquier cosa a modo de colchón y mantas para pasar la noche. Haremos guardias de hora y media. Si uno se cansa antes, avisa al otro, ¿de acuerdo? No podemos quedarnos dormidos los dos. No sabemos qué puede abrir esa puerta esta noche.

      —¡Por El Cambio! —dijo Anturia—. De acuerdo, pero después me tienes que contar todo lo que ha pasado ahí fuera.

      Aspen encontró por los alrededores unas colchonetas mínimamente higiénicas. Las sacudió y le dijo a Anturia que se tumbara. Esta se echó, tapándose con ropas que había encontrado por allí. Él se quitó su chaqueta, que simulaba roca y nieve, y la tapó.

      —Por ser caballero no morirás en la batalla, sino de frío por servir a una mujer —le advirtió Anturia.

      —Apunta a la puerta y a todo lo que veas entrar, que no avise, le das muerte.

      —¿A dónde vas?

      Aspen salió de la habitación sin decir nada.

      —¡Hombres! —dijo para sí Anturia.

      Aspen le quitó la chaqueta llena de sangre a la mujer que perdió la pierna y que murió desangrada en la entrada. Cogió también lo necesario para tratarse y volvió con Anturia, avisándola antes de entrar. Se exploró la herida y se dio cuenta de que estaba a salvo, ya que no había tocado la arteria femoral, y se hizo una improvisada cura. Comieron las sobras de unas raciones que llevaban para la misión y él le explicó lo ocurrido con la bestia. A ella le costaba creerlo, pero la radiación y las sustancias de antaño podrían haber mutado en especies que, en cuestión de siglos, darían lugar a criaturas adaptadas.

      Aspen sacó un frontal de luz pequeño y se lo colocó en la cabeza, diciéndole a Anturia que sería él quien haría la primera guardia. Ella trataba de hacerle ver que estaba muy fatigado y que había perdido algo de sangre, pero él insistió. Llegó la siguiente guardia y se turnaron, así hasta que cayó la noche. El macho encendió la luz de su frente y ella, dormida, se estremecía de frío. Anturia se desveló y animó a Aspen a que se metiera debajo de las ropas que hacían la veces de mantas.

      —Calienta mi cuerpo con el tuyo —le sugirió Anturia.

      —Dejaré la luz a la mitad para no llamar la atención al lado de la improvisada cama, apuntando hacia la puerta y el arma cerca.

      Los dos sabían que no era el momento de pensar en otros deseos fisiológicos y se acostó con ella, echando ambos todas sus ropas encima y se abrazaron, quedándose casi desnudos debajo.

      —Te contaré la historia de mi nombre para que no te acuerdes del frío. Algunos hombres que vivimos en constante alerta y sin poder confiar en nadie, nos tenemos que unir a grupos rebeldes de la República El Cambio para sobrevivir. Pero otros tienen que pasar por mujeres, porque cualquiera te puede traicionar. Nos ponen nombres de flores de Bach, para recordarle al mundo la parte buena de nosotros; en mi caso, Aspen significa que los que están cerca sienten menos miedo y transmito sensación de seguridad.

      Aunque Aspen ya había mostrado con anterioridad su naturaleza real a Anturia, esta declaración no la conocía, todo esto sin quitarle ojo a la salida e intentando no perder la concentración. Con el paso del tiempo, ambos acabaron calentándose y relajándose, hablando en susurros para poder oír otros sonidos. Aspen, sin intención ninguna, empezó a excitarse y ella lo notó.

      —Será mejor que me levante y haga la siguiente guardia, aunque desearía quedarme aquí caliente —dijo Anturia.

      —Será lo mejor. Así dormiremos algo, pero tenemos una cosa pendiente.

      Anturia esbozó una sonrisa, pero no pronunció palabra. Al levantarse, él vio su cuerpo de espaldas en la penumbra semidesnudo. Intentaba pensar en dormir, pero la imagen de esa bella dama y la alerta de posibles incursiones en su improvisada guarida no le dejarían hacerlo. Anturia se cubrió, cogió una vieja silla, su defensa y se sentó pegada a la pared a pocos pasos de la puerta.

      Aun sin tener recursos, porque la avalancha los esparció y los enterró, Eva tuvo suerte al encontrar en su escondite lo necesario para arreglar su uniforme y pasar la noche sin frío ni hambre, ya que encontró una ración de Bactfi (barras de activación física, con siete porciones, una para cada día, dejadas de fabricar por producir úlcera al completar la semana). Ella era fuerte y después de semejante desgaste físico y psíquico podía aguantar una noche sin alimento; sin embargo, conforme iba pasando el tiempo, se dio cuenta de que no era así. Tuvo que utilizar una porción de aquella barra y guardarse el resto. El tema de la sed lo resolvió rompiendo carámbanos y deshaciéndolos.

      En cuanto la claridad del día elevó la luz de la habitación, Aspen y Anturia salieron de las estancias, más o menos descansados, y comenzaron el descenso. Ella cogió su radio para llamar a algún miembro de su grupo o al cuartel, pero no recibió respuesta. Después de insistir tres veces sonó por la radio una voz no reconocida por ellos, que decía:

      —¡Os