Tomás Ramírez Ortiz

Antoine de Saint-Exupéry en la Guerra Civil Española y en Rusia


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Los unos por venderles carburantes y material bélico, los otros por aviones y soldados y los rusos por cambiar aviones y armamentos por oro (el tan traído y llevado “oro de Moscú”). Desafortunadamente su presentimiento se convertiría en dura y lastimosa realidad. La II Guerra Mundial no tardaría en estallar. Cuando esto ocurrió, probablemente aconsejado por su amigo Léon Werth, judío y comunista, Antoine de Saint-Exupéry se marchó a los Estados Unidos de Norteamérica. Allí se encontraría con avatares más insospechados. En Nueva York se decide en dar forma definitiva a uno de los libros más importantes y famosos de la Historia; El Principito***4.

      En los artículos que Saint-Exupéry publicó en la prensa francesa, que he traducido y tiene usted en sus manos, se confirma el afán del poeta-aviador lionés, por depurar los textos sembrándolos de metáforas, que son como guiños que hace al lector para hacerle ver que no le interesan las motivaciones de la guerra, de las guerras, por considerarlas como una enfermedad endémica de la raza humana. El resto de su obra escrita, rezuma amor por el ser humano que ha rodeado su alma con una espesa ganga al modo de las piedras preciosas cuando quedaron dormidas en el seno de la tierra.

      Al igual que los grandes iniciados, Saint-Exupéry se preocupa y ocupa por el Hombre, el hombre que está a medio construir, el hombre que tiene a su alma prisionera de un cuerpo en perpetua mutación degenerativa hereditaria, destinado, como todo lo viviente, a desaparecer. Yo no sé si se puede hablar de memoria genética (como la hay olfativa, visual o auditiva y aun colectiva...).

      Detestaba a los hombres que mataban como si nada, así como así. Por eso no tomaba partido por nadie, aunque no era apolítico.

      En la sensibilidad y pureza de alma que emanaba de su cuerpo grandullón (medía 1,84 m de altura); tenía una voz dulce y suave, que cautivaba a cualquier interlocutor; era un poeta inquieto (llegó a concebir un avión a reacción antes de haberlo visto). Los que lo trataron han dejado dicho que siempre llevaba en las manos algún objeto con el que solía hacer juegos de prestidigitación, con los que sorprendía a sus amigos. En sus artículos aparecidos en los periódicos franceses, a su regreso a Francia, lo que menos le preocupó fue la guerra en sí y lo que más el comportamiento de los hombres que la practican.

      Con toda probabilidad, en Madrid, visitaría el Museo del Prado y allí contemplaría en la pintura negra de Goya, el cuadro que representa a dos hombres, metidos hasta la rodilla en el barro, apaleándose sin piedad.

      Si, durante la Segunda Guerra Mundial, Saint-Exupéry solicitó un puesto de piloto en el Ejército del Aire aliado, no le motivó otra cosa que el afán de ayudar contra la invasión nazi de su patria y del conflicto mundial que se armó con la ayuda de Italia y Japón. Pero no pilotaba aviones de caza, sino de reconocimiento. Nunca dispararía un arma; la suya era una cámara fotográfica con la que tomaba instantáneas de la situación geográfica de las fuerzas enemigas en los territorios en guerra con el fin de instruir a sus mandos. En uno de esos vuelos perdió la vida.

      Era costumbre en Saint-Exupéry escribir letra a letra, como si su musa le dictara. Debió hacerlo con cierta rapidez; era letra menuda, con caracteres finos, de los llamados “pata de mosca”. Corregía muy a menudo sus textos, subsanando, rectificando, depurándolos al máximo. A veces los reducía a más del cincuenta por ciento; le gustaba perfeccionarlos. Alguien lo llamó: “maestro del rodrigón y de la poda”, por su afán de despojar lo que él llamaba “la ganga”, repito. Sintetizaba al máximo sus pensamientos y los solía acompañar de algún tropo para subrayar lo dicho. Siempre mostraba “una preocupación minuciosa de la escritura, el gusto por la sobriedad, la musicalidad de la frase, el equilibrio de los elementos... suprimir una lindeza, es sacrificar las complacencias adolescentes para fundirse en escritor adulto” (P. Bounin, dixit). Sus textos están atiborrados de metáforas, incluyendo los artículos de prensa, como podremos apreciar en los transcritos más adelante... Su cuento El Principito no escaparía a la poda (a mediados del año 2012, se han hallado dos páginas manuscritas, en papel de seda, sobre el cuento, que no fue incluido en él, quizá por la razón que expongo más arriba. Sea como fuere, fueron vendidos en subasta pública y rematados a unos cincuenta mil euros).

      El Principito es algo más que un cuento. Es una alegoría pletórica de símbolos (cosa que gustaba sobremanera a Antoine de Saint-Exupéry y que él mismo ha dicho). A mí se me antoja como la caja que el aviador dibujó al principito cuando este insistentemente le pidió que le dibujara “un cordero”. Emilio González Ferrín dice que “El Principito es un libro trampa que algún adulto lograría explicarme algún día”.

      El Principito, como alegoría, se me antoja que es, reitero, como las muñecas rusas, de las que solo vemos una. Esa muñeca es también como una metáfora de lo que las cosas guardan en su interior... Así es el ser humano, que guarda en su interior al niño cándido dormido que todos llevamos dentro, y basta con que lo despertemos y le ayudemos a que se construya para que la humanidad tenga otra actitud ante la vida.

      Toda la obra escrita de Saint-Exupéry es como el paradigma de sus más íntimos pensamientos. Así nos obliga a introducirnos en sus textos para llegar al meollo del asunto que trata. Así es como el lector atento puede llegar al fondo del pensamiento y de la intención del autor. Y los artículos que entrega a los periódicos no difieren del resto de su obra. Saint-Exupéry sabía de antemano y era consciente que no serían del gusto de los lectores de periódicos, deseosos de hallar en ellos truculentos relatos descarnados sobre los sangrientos crímenes que se producen en las guerras. Solamente le animaba el deseo de dejar constancia de lo absurdas que son las guerras en las que los beligerantes toman actitudes tan crueles como las de los carnívoros depredadores; sobre ese deseo despiadado y vehemente de matar con algún absurdo pretexto. Cuando él lo constató vio con dolor que en la guerra de España, se mata “como quien tala un bosque...”. Su pretexto de establecer un nuevo modo de vida, cuando en realidad lo que hay que hacer es “construir al hombre”, haciéndole encontrar en él mismo los valores que deberían caracterizarlo positivamente, con amor al prójimo en lugar de odio y venganza.

      Uno no sabe por qué última razón el gran depredador que es el hombre se comporta casi del mismo modo desde hace casi dos millones de años. En el Paleolítico, el hombre que no era ni ángel ni bestia, inventó el modo de alargar el brazo al atar una piedra a un palo con el fin de poder matar a un animal peligroso para él sin tener necesidad de acercarse demasiado... De ese modo surgen las primeras armas, armas que utilizaría –y utiliza– para matar también a sus semejantes (las armas actuales solo difieren de las prehistóricas en su avanzada tecnología, pero todas son utilizadas con el mismo fin: ¡matar!).

      Así, Saint-Exupéry ve la guerra, como un fenómeno atroz que se repite inexorablemente a través del espacio y del tiempo. Siempre es la misma en sus causas y en sus desarrollos; son todas idénticas. Y eso es lo que le aterraba cuando oía el estruendo de los cañones, el silbido de las balas, la destrucción que causaban las bombas en su destino final: la carnicería de los cuerpos humanos destrozados de