Martín Rodriguez

La grieta desnuda. El macrismo y su época


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pequeñas mutaciones del lenguaje que operaba la voz de Chacho (de “igualdad” a “equidad”, de “pueblo” a “gente”) y una importación de figuras “prestigiosas” salidas del reservorio de la sociedad civil como Aníbal Ibarra (un ex fiscal activo en materia de derechos humanos) y la referente Graciela Fernández Meijide (madre de un desaparecido, miembro de la CONADEP). Álvarez no promovió tanto la antipolítica, sino, más bien, intentó darle cauce dentro de la política. Menem entendió lo mismo. Pero en el estreno de figuras populares clásicas del deporte y el espectáculo (Reutemann, Scioli, Palito Ortega). Ambos líderes, ante la primera percepción de crisis de representación, tuvieron la misma reacción. Pero si uno importaba figuras de la revista Caras, el otro lo hacía de la revista La Maga.

      La única corporación despenalizada y con licencia para circular era la política, con P mayúscula. Los sindicatos, la Sociedad Rural o la Unión Industrial Argentina eran asimilados de manera indiferenciada, como parte corresponsable de la crisis y guerra civil de la vieja Argentina “pretoriana” de la Nación en Armas: no hacían política, defendían “intereses sectoriales”. Incluso el menemismo operaba con esa convicción: si fue vanguardista, como dijimos, al introducir la variable de los “famosos” en el terreno electoral, como el automovilista Carlos Reutemann, el cantante Ramón “Palito” Ortega o el motonauta Daniel Scioli (lo que equivalía a admitir en la práctica que había un agotamiento de la clase política y que “con la representación tradicional no alcanzaba”), al mismo tiempo siempre preservó el núcleo duro de la decisión política en la delantera de los Bauzá-Corach-Menem. Es decir, en los políticos. Cierta incomprensión de la izquierda de aquella época sostenía que bajo el menemismo “gobernaba el mercado”, confundiendo la orientación de las decisiones con quienes las tomaban. Es decir: el menemismo gobernaba para el Mercado, y en ese gobierno de la economía, a la vez, en simultáneo, construía uno de los poderes políticos más sólidos que conoció nuestra democracia. “Chacho” Álvarez también configuró esta convocatoria de “estrellas” que tuvieran dos rasgos: anticorrupción y derechos humanos. En Ibarra y Meijide se traficaban “valores” de honestidad que iban a popularizarse a través de la política. En Reutemann o Palito se traficaba el “éxito” en el deporte o el espectáculo que iba a contribuir a popularizar la política.

      De alguna manera, esa idea un tanto fetichizada de la actividad política y ese concepto cerrado de su práctica generaron su propia Némesis. Cierta parte antisistema del imaginario PRO, presente desde el inicio, responde a esta exclusión: si no puedes unírteles, vénceles. Pero hasta la crisis de 2001, el embrionario macrismo reunido alrededor de su jefe Mauricio en la Presidencia de Boca se veía aún practicando más una suerte de “entrismo” en el nuevo peronismo menemista (que convocaba “empresarios exitosos”) que como un movimiento o partido alternativo. Era, todavía, un emprendimiento político personal, y Macri seguía siendo todavía Franco. La ruptura entre Menem y Cavallo en la madurez de los noventa (1996) cortó conceptualmente la unidad política del modelo con el divorcio de hecho de los “padres de la criatura” y generó, en sus márgenes, algunos electrones libres que, como aquellos cuadros ligados al Grupo Sophia, creían en los fundamentals del modelo pero eran críticos con su evolución histórica. La expresión estrictamente política de este espíritu de época era difusa. Podían encontrarse manifestaciones del mismo tanto dentro del equipo de campaña de Palito Ortega, en el nuevo y recientemente creado cavallismo y hasta dentro del mismo Frepaso. Las diferencias entre izquierdas y derechas, en este punto, estribaban menos sobre la convicción de la necesidad de erradicar la corrupción (punto compartido por todos salvo por el oficialismo menemista) que sobre el énfasis puesto en la orientación de las reformas. Si el progresismo apuntaba a políticas sectoriales que ayudasen a paliar los efectos más letales de las reformas de mercado sobre trabajadores y clases medias empobrecidas (en particular, el desempleo), los reformistas por derecha imaginaban reformas de “tercera generación” para combatir el creciente déficit fiscal y los costos laborales. Pero en el fondo, y tal vez por las vías del “realismo” que condicionaba la época, “cavallistas eran (casi) todos”. La Convertibilidad se iba volviendo “inviolable”, y el subtexto de la época de la oposición política parecía redundar en una pregunta no hecha: ¿se podía hacer el menemismo bien? Es decir: con menos corrupción y con mayor reducción de daños.

      El mantenimiento de la Convertibilidad fue otro Pacto de La Moncloa realmente existente que la clase política hizo con la sociedad luego de los estallidos hiperinflacionarios. Un Nunca Más de bolsillo a cualquier tipo de Rodrigazo, que dio origen a uno de los consensos más sostenidos sobre una política pública que registre la historia argentina. Y la clase política argentina se enamoró perdidamente de ella, amor que luego la llevaría a la sepultura. Las razones de esta atracción fatal se cifran en buena medida en el rechazo de esta clase al lenguaje y a las prácticas de la economía: a Alfonsín el capitalismo lo aburría y repelía en partes iguales, el socialcristianismo cafierista repetía generalidades sobre la Doctrina Social de la Iglesia e incluso el mismo Menem “tercerizó” el tema en la magia demente de su ministro de Economía, el “Sarmiento de los 90”, Domingo Felipe Cavallo. La Convertibilidad dejaba réditos electorales, cosechaba aplausos mundiales y permitía “pasar a otro tema”, como aquellas personas no afectas a los números que encargan todos sus asuntos al contador con tal de no mirar jamás una planilla de Excel. Esa suerte de “imaginación al poder”, el salto alucinado del liberalismo argentino que dispuso que un peso equivalía a un dólar –al costo de un remate patrimonial inaudito para el país– angostó la discusión del modelo, a la vez que destruyó una herramienta estructural de cualquier política económica: la monetaria. Después de la inflación, Argentina decidió mutilar su brazo de “emisión” monetaria del modo más demagógico posible.

      La crisis de 2001 fue, en este punto, una crisis de representación. Pero una crisis de sobrerrepresentación, de seguidismo ciego a las encuestas de opinión y al sentir popular: nadie quería matar a la criatura del 1 a 1. Si la clase política había sabido pagar costos políticos durante los años de la épica democrática (1987-1991), ya no quería ni podía hacerlo, siendo que de alguna manera para eso precisamente existía, para poder pagar en conjunto los costos políticos inmensos que la transición democrática acarreaba: esa era su justificación histórica. Los noventa habían aletargado sus reflejos, convenciéndola íntimamente que sí, era cierto, el mercado necesitaba lo menos posible de su intervención. Y el miedo pánico que se apoderaba de encuestadores y encuestados frente a la sola mención de la palabra devaluación sellaba La Moncloa argentina, expresada en rima en su última versión delarruesca: “Conmigo un peso, un dólar” decía dos veces en un spot de campaña el candidato radical Fernando de la Rúa, mientras la cámara se le acercaba a la cara.

      En realidad, 2001 arrancó en el verano del 99, cuando Brasil devaluó su moneda y decidió decirle adiós a su propia versión del sueño. Se dio vuelta el reloj de arena y solo un puñado de los dirigentes importantes del país dieron cuenta pública y políticamente de lo que sobrevendría. Alfonsín, Duhalde y Moyano, no casualmente, los protagonistas principales del ciclo posterior. El canto de cisne de una clase política.

      Los referentes del 2002 tienen ese sino trágico. Alfonsín y Duhalde desempolvaron en ese año bisagra lo aprendido en los años que vivimos en peligro. Sabían que solo les quedaba por hacer aquello que los destruiría para siempre en la consideración popular, pero que era a la vez lo único que podía hacerse. El último sacrificio de espaldas a una sociedad que esperaba otra cosa. Fue el mejor y el peor acto de la clase política argentina, el estadismo no reconocido de unos héroes crepusculares que morían para que Argentina viva. Devaluar. Decir “dream is over”. Matar la gallina de los huevos electorales de oro. Y la mataron. Si Alfonsín envejece salvado por una paternidad política sensible sobre la democracia, tal vez Duhalde merezca un reconocimiento tardío por esa “segunda transición”: la de volver a gobernar la economía e introducir el consenso de la política social. La represión que acabó con el asesinato despiadado de los militantes Darío Santillán y Maximiliano Kosteki en junio de 2002, en la Estación Avellaneda, cuando tocó límite su tentativa represiva, más allá de las consecuencias judiciales limitadas, también significó un costo que Duhalde pagó: dio certezas sobre el fin de su mandato, el llamado a elecciones, y cargó con un peso que dura hasta hoy.