su carga, y cuando su felicidad es estimulada por nuestro comportamiento.
La Regla de Oro se basa en los Diez Mandamientos. ¿Pero cuál de todos nos enseña que seamos bondadosos? Todos ellos lo hacen. Jesús nos instruyó: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas” (Mateo 22:40). W. Phillip Seller señala que “a lo largo de las Escrituras el gran tema de la incesante benignidad de Dios pulsa como un poderoso latido. ‘Porque ha engrandecido sobre nosotros su misericordia…’(Salmos 117:2), es un proverbio que nunca se apaga. Se repite gran número de veces como un recordatorio de que la misericordia, la compasión y la gentileza de Dios fluye libre y abundantemente hacia nosotros en ríos refrescantes cada día”.11Cuando la misericordia y la generosidad de Dios fluyen en nosotros, no podemos evitar pasársela a los demás. Como consecuencia, Dios identifica a la bondad como una característica muy importante de un cristiano. Colosenses 3:12 dice: “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia”.
La vida de Jesús, cuyo ejemplo debemos seguir, era todo un panorama de benignidad. Sanó a los enfermos, perdonó a los pecadores, levantó a los muertos, consoló a los necesitados y alimentó a los hambrientos. ¿Y a quién fue dirigida Su misericordia? No al rico, al orgulloso o al estimado por la sociedad, sino al pobre, al enfermo, a los rechazados, a los niños, a los locos, a las prostitutas, a los deformes, a los heridos, a los moribundos, a los pecadores. Y nos dijo que cuando ayudamos a los necesitados es como si le estuviéramos mostrando compasión a Él mismo.
Jesús no toleró a los que se aprovechaban de los menos privilegiados. Se enojó mucho con los cambistas que estafaban a los que iban al templo. Estaban contaminando la casa de Dios. Los echó fuera para traer de vuelta el honor de Dios a su casa. También hizo a un lado a los que estaban orgullosos de su propia rectitud; nuevamente la razón era que el hombre usurpaba la gloria de Dios. La suya fue una ira justa, y era por el bien de todos.
La bondad es fundamental en nuestra vida. Su ley debe ser escrita en nuestro corazón. Es una característica que no puede ser aislada a cierto aspecto de nuestra vida. “Hoy voy a ser bondadoso de 4:00 a 5:00 p.m.”, no funciona. Más bien, debe teñir todo lo que hacemos. Como gotas de colorante comestible en un vaso de agua, nuestras acciones deben estar teñidas de bondad.
¿Es importante la bondad? Todos estaríamos de acuerdo en que así es. Podemos ser más eficaces en lo que hacemos cuando asimilamos el principio de la benignidad. La vida familiar fluye con mayor suavidad acompañada de bondad. La escuela es más fácil con gentileza. Las muchas horas invertidas en el trabajo son más tranquilas cuando se les infunde consideración. Y las relaciones sociales florecen cuando son teñidas de amabilidad. Este es un propósito práctico para ser bondadoso, y nos ayudaría bastante. Pero en un nivel más profundo, cuando somos considerados porque Dios está obrando con su amor a través de nosotros, servimos a Dios y lo honramos.
Capítulo 2
Las raíces de la bondad
Las raíces de un árbol permanecen escondidas en la tierra donde hacen su trabajo almacenando alimento y obteniendo agua y nutrientes de la tierra para ayudar a que el fruto crezca. De la misma manera, las raíces de la bondad yacen en lo profundo de la mente y alma de una persona, dando origen al fruto de la benignidad. ¿Cuáles son estos movimientos en el alma que producen bondad? ¿Dónde se originan? ¿Cuál es la diferencia entre las formas más puras de bondad y las que son menos puras?
“El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza” (Gálatas 5:22-23). La bondad está íntimamente entretejida en cada una de ellas. Es una buena obra. De acuerdo con la Escritura, una buena obra no solo es definida por la conducta visible (el fruto), sino también por el motivo del corazón (la raíz). El Catecismo Heidelberg extrae de varias partes de la Escritura y define las buenas obras como: “Solo aquellas [obras] que provienen de una fe verdadera y son realizadas conforme a la ley de Dios, y para su gloria; y no aquellas que están fundadas en nuestras buenas intenciones o en las instituciones de los hombres”.12Hay dos tipos de raíces que producen buenas obras en general y bondad en lo particular. La primera es la raíz de la gracia salvadora que produce verdadera fe para salvación y acciones verdaderamente bondadosas. La segunda es la raíz de la gracia común, que produce buenas obras externas pero carece de fe para salvación.
La raíz de la gracia para salvación
El don de Dios de la gracia para salvación en la vida de un cristiano produce verdadera fe para salvación. Esto lo lleva a arrepentirse de su pecado y a confiar completamente en el Señor Jesucristo para salvación. El Espíritu Santo llena su corazón con el fruto del Espíritu, y el amor está en el centro de la nueva dirección de su vida. Este amor, con benignidad, brilla como una luz, de vuelta a Dios y su prójimo. Así, Dios es el autor de la bondad, y la comparte con Su pueblo. Él es benignidad. Jesucristo fue la bondad personificada cuando caminó sobre esta tierra durante treinta y tres años, y los cristianos han estado siguiendo sus pisadas desde entonces. Cuando el Espíritu de Dios siembra esta maravillosa gracia en el corazón de un cristiano, surge una benignidad hermosa. En su forma más pura, una obra completamente bondadosa fluye de un corazón hecho bondadoso por el Espíritu Santo.
Misericordia pura
David y Jonatán eran los mejores amigos. Prometieron que siempre se cuidarían entre sí y a sus familias. Después de que Jonatán murió y que David había reinado durante un tiempo, David quería saber si alguien de la familia de Jonatán había sobrevivido. Se le dijo que un hijo, Mefiboset, vivía en Lodebar; estaba lisiado de ambos pies ya que lo habían dejado caer de chico al escapar durante una guerra. El rey David lo hizo venir. Mefiboset estaba asustado, porque los reyes de la época normalmente eliminaban a la familia entera del rey anterior, con el fin de remover cualquier amenaza a su trono. Al inclinarse delante del rey David, escuchó las asombrosas palabras: “No tengas temor, porque yo a la verdad haré contigo misericordia por amor de Jonatán tu padre, y te devolveré todas las tierras de Saúl tu padre; y tú comerás siempre a mi mesa” (2 Samuel 9:7). Este fue un acto de misericordia pura.
¿Cuáles son los ingredientes de la misericordia pura? Volvamos a la definición del Catecismo Heidelberg y consideremos sus tres partes.
Verdadera fe
La primera es verdadera fe. “Todo lo que no proviene de fe es pecado”, dice Romanos 14:23. Lo contrario es que solo el comportamiento sin pecado es el que se genera a partir de una fe salvadora. Dado que solo un cristiano puede poseer verdadera fe, solo un cristiano puede practicar buenas obras y misericordia pura.
Esto puede sonar duro, pero si recordamos los atributos de Dios, tiene perfecto sentido. Dios es perfectamente santo, y requiere que seamos perfectamente santos también. Todos hemos pecado e incluso lo hemos disfrutado. Como Él nos hizo, tiene el derecho de decir: “Seréis santos, porque yo soy santo” (Levítico 11:44). Tristemente, es demasiado tarde para que seamos santos; ya tenemos un historial malo y, aún, tenemos un corazón malo.
¡Pero hay esperanza! No solo Dios es perfectamente santo, también es misericordioso y lleno de gracia también. Es tan bondadoso como para darnos su Palabra y a sus ministros para explicarla, para que podamos aprender que hay una vía para escapar del castigo del infierno por nuestros pecados. Dios Padre envió a su Hijo, Jesucristo, para vivir sin pecado en esta tierra y, entonces, para morir una muerte dolorosa y humillante en la cruz con el fin de llevar el castigo por el pecado. Él sinceramente se ofrece a sí mismo a todos los que lo piden (Lucas 11:13; Mateo 7:7). Por estas razones, Dios nos puede llamar a buenas y puras obras y hacernos responsables cuando no obedezcamos la invitación.
Conforme a la ley de Dios y no a nuestras buenas intenciones
Dios destina una gran recompensa a la obediencia. Forjar nuestro propio camino es desobediencia y un insulto a Él. En el Antiguo Testamento, los israelitas