Patricio Defranchi

De la separación de pareja a la superación personal


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modo abierto con los protagonistas del conflicto, porque ellos mismos, desde el dolor más profundo, venían harto influenciados por la mirada parcial y sesgada de su letrado. Pretendiendo, desde lo legal, vengarse. Dejando la sanación de lado. O ni siquiera pensando en ella.

      Entonces estos abogados y abogadas de parte, echaban más leña al fuego profundizando y polarizando al extremo la grieta entre los dos sufrientes quienes, lejos de intentar sanar sus emociones, se regodeaban en una disputa caprichosa proveniente de sus egos.

      Hice lo mejor que pude en ese rol y vi millones de miserias. Desde negar la visita de hijos comunes, desconocer pactos familiares muy concretos sobre crianza, involucrar a terceros con fines de desdibujar el rol de alguno de los padres, hasta denuncias falsas de abusos o violencia doméstica para alejar a uno de los padres. Acá tu imaginación no va a encontrar límites.

      Fui entendiendo también que mi rol como mediador, carecía de herramientas suficientes, y que aún debía encontrar un lugar más central para ayudar, para compartir mi visión e intentar provocar un cambio cultural y de mentalidad frente al problema de la separación de pareja y sus consecuencias en el ámbito personal, familiar y de relación.

      Llega a mi vida con una impronta arrolladora, el mundo del desarrollo personal, el coaching y muchas otras herramientas que, con criterios holísticos se encargaban de enfrentar esta problemática de un modo mucho más efectivo y con sorprendentes resultados. El estudio de la conciencia, del poder del pensamiento, los efectos limitantes de las herencias familiares y las creencias forjadas, la visión de la realidad de cada uno, la posición de víctima o de maestro frente a la adversidad y un montón de conceptos muy poderosos, incorporaron un instrumental muy preciado para mi intervención, ahora, desde un rol mucho más sutil pero a la vez transformador.

      En el camino de toda esta búsqueda, transité mi propia separación. Creo que un poco preparado por todo lo que había visto, entendí que no había lugar a posturas infantiles y que, si no había logrado madurar emocionalmente hasta ese momento, debía hacerlo ahora obligatoriamente para llevar adelante una separación consciente, sana y sin provocar daños a otros.

      Una separación donde el amor y el respeto sean la directriz principal para la relación futura con mi ahora expareja, y donde mis hijas puedan seguir contando con dos padres, un poco rotos en ese momento, pero protagonizando ambos una reparación intensiva, para su cuidado, su crianza y su evolución, y sobre todo su crecimiento.

      Ahora bien, aunque pueda sintetizarlo con tanta claridad ahora, habiendo pasado ya más de dos años, no puedo dejar de confesarte, para serle fiel a la franqueza que quiero transmitirte en este libro, que la pasé muy pero muy mal.

      Para empezar, y para describir la previa a mi separación, tengo que contarte un par de cosas que ahora, viéndolas a la distancia, comprendo que no son menores. Tenía un sobrepeso de más de quince kilos. Creía que estaba bien, pero hoy veo mis fotos y no me veo igual de bien como, supuestamente lo percibía. De hecho, hacía unos años ya empezaba a recibir resultados de análisis de sangre con registros absolutamente fuera de la normalidad, empezando por elevadísimos registros de colesterol y triglicéridos y, muchas otras cuestiones que en nada ayudaban a mi salud.

      A la par de esa manifestación física de que algo no estaba bien, ya venía registrando hacía tiempo duras manifestaciones en mi salud mental que no eran nada alentadoras. Arranco desde antes. Podría llegar hasta mucho antes y referirme a mi niñez y muchas cuestiones que exploré y encontré allí, pero sinceramente creo que excede el marco de este libro y de este testimonio que quiero darte.

      Prefiero dejarlo para cuando hablamos desde mi contenido en redes, o incluso, para algún ensayo complementario que haga al respecto.

      Entonces voy a arrancar desde que terminé la escuela secundaria. Y allí casi sin pensarlo salté directamente a la facultad. Creo que en mi legado familiar nunca estuvo la posibilidad de no pasar por la universidad, por ende, jamás me plantee no hacerlo. Y además de ello, estudié la misma carrera que mi madre, sin saber mucho qué era y, fundamentalmente porque en ese momento me identificaba todavía mucho con ella y con su forma de ver el mundo y no tenía desarrollada una mirada propia que me indicara qué hacer.

      Sabía en ese momento que la medicina o la psicología podrían haber sido grandes opciones para mí, pero por alguna razón no tuve el coraje suficiente para rechazar el camino elegido por mi madre y lanzarme a lo desconocido.

      A la par de la carrera universitaria, que hice en tiempo récord y terminé con muy buenas calificaciones, siempre fui un apasionado del arte. Me encantaba la música, cantaba y canto muy bien -ya en el secundario tenía una banda con amigos y tocábamos en algunas reuniones y alguna vez en algún bar-.

      Además del canto, amaba la actuación, tuve unas primeras experiencias a los quince años en un taller con un reconocido actor argentino, y siempre seguí, desde ese momento, mi formación en paralelo. Siempre sentí que la actuación era para mí como un refugio, un lugar de creación libre, expresivo, auténtico, donde podía relajarme, mostrarme como quisiera y no reparar en lo que el otro pudiera pensar sobre mí.

      Nunca tuve las agallas suficientes para decidir dedicarme enteramente a la actuación, aunque me hubiese encantado. Creo que mi sueño en ese momento era dedicarme a eso. Me atrapó el mandato familiar. Me atrapó el derecho. Me atrapó también la supuesta búsqueda de un estilo de vida económico acomodado –que ya tenía en casa de mis padres- y que supuestamente me garantizaba el ejercicio de la abogacía.

      Recuerdo esto porque ya luego de recibido, nunca encontré en el ejercicio profesional mi lugar en el mundo, mi ámbito de crecimiento y florecimiento para una vida plena. No era la abogacía el instrumento con el que desarrollaría mis mayores potencialidades. Y, al principio cada seis meses, luego cada un año, luego cada dos años y cada vez con más espacio, golpeaba a mi puerta la necesidad de encauzar a través del arte, mi verdadero ser o, mejor dicho, la forma más pura de encontrarme conmigo mismo.

      Esas situaciones que se presentaban, eran harto angustiantes, ya que me sentía frustrado. Enojado conmigo mismo por haber optado mal en mi camino profesional. Terminaba sintiéndome gris, desabrido, triste.

      No tardó en llegar la depresión a mi vida. No tardó en llegar el tratamiento con antidepresivos. Ya era padre, además de abogado, pero no era feliz. Estaba muy contento por mi paternidad, pero no podía apreciarlo con la profundidad que lo hago hoy. Estaba con un profundo vacío interno que no encontraba cómo llenar.

      Intentaba llenar ese vacío con algo exterior. De ahí el exceso de peso, mi frustración profesional y vocacional porque el ejercicio de la abogacía no me daba lo que esperaba.

      No se hizo esperar el ocaso de mi vínculo matrimonial. ¿Cómo podría mi vínculo matrimonial soportar a un hombre roto en su esencia? A un hombre que hasta ese momento nunca había tomado el protagonismo de su vida, de sus creaciones y de sus decisiones y que culpaba al mundo de su desdicha, por no proveerle lo necesario para llenar sus vacíos.

      Llegó la crisis, llegó la ruptura. A pedido de mi ex mujer. Un pedido muy profundo, con mucho miedo, pero con mucho amor y respeto.

      En ese momento, no podía entender la demanda. No podía comprender la idea que me planteaba. No la entendía posible. No paraba de llorar y no tenía consuelo. No paraba de angustiarme. No paraba de victimizarme. Me enojaba con mi ex. Decía cosas que no quería decir. Tenía una tormenta de emociones desbocadas y me encontraba sin hilo conductor ni camino a seguir.

      A veces regodeándome en mi propio dolor, intentaba darle lástima cada vez que la veía. Que sintiera lástima por el tipo destruido que tenía delante. Que se sintiera culpable de lo que había hecho conmigo.

      Otras veces me ponía firme y no le hablaba, o lo hacía cortante y seco, con desinterés, ocultando mis emociones e intentando mostrarme fuerte e impermeable.

      En fin, estaba perdido.

      Los primeros visos de cordura empezaron a llegar los días en que me encontraba solo en casa, sin mis hijas quienes estaban con mi ex. Fue muy difícil estar solo en casa al principio.

      Encontrarme mirando el techo de