Jacques Fontanille

Prácticas semióticas


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las semióticas construidas «intensas» y «extensas», identificando y articulando sus niveles de pertinencia respectivos. Como ocurre en la mayor parte de las ciencias en movimiento, el objeto de análisis no es en la semiótica predefinido por los desgloses disciplinarios académicos, sino construido por la práctica del análisis y por la teoría que la guía. Y por esa razón la extensión de los objetos de análisis no contradice el principio de inmanencia.

      Por lo demás, sea en los límites del texto, sea en las exploraciones extra-textuales, el principio de inmanencia ha revelado una gran potencia teórica, porque la restricción que impone al análisis es una de las condiciones necesarias de la modelización y, por consiguiente, del enriquecimiento de la propuesta teórica global: sin el principio de inmanencia, no hubiera habido teoría narrativa, sino una simple lógica de la acción aplicada a motivos narrativos; sin el principio de inmanencia, no hubiera habido teoría de las pasiones, sino una simple impostación de explicaciones psicoanalíticas; sin el principio de inmanencia, no habría semiótica de lo sensible, sino solamente una reproducción o una adaptación de los análisis fenomenológicos.

      El principio de inmanencia, pues, no solamente impone un límite al campo del análisis, sino que constriñe también el conjunto de los procedimientos de modelización. A ese respecto, diversas opciones están abiertas: uno puede considerar, en una versión «objetal» y «estática», que las articulaciones significantes están en cierto modo depositadas en el objeto, en sus estructuras, en sus formas, y que el análisis consiste en descubrirlas y en explicitarlas en meta-lenguaje; uno puede también pensar en una versión «subjetal» y «dinámica», y que las articulaciones significantes son hechas únicamente por el analista, quien las proyecta sobre el objeto. Una y otra versión son insatisfactorias, y no resulta útil retomar aquí toda la gama de objeciones y de críticas; ya tendremos ocasión más adelante de reactivar algunas de ellas.

      Globalmente, ninguna de esas opciones permite comprender cómo un «modelo» puede extraerse de la práctica interpretativa, cómo las estructuras propias de un objeto pueden encontrar los modelos que conlleva el analista mismo. En suma, no permiten comprender en qué puede interferir el análisis concreto con la teoría y con los modelos establecidos, de qué manera puede confirmarlos o debilitarlos, o incluso modificarlos. Es necesario, pues, imaginar una tercera opción, capaz de dar cuenta de ese «encuentro» que debe producirse en los límites del análisis inmanente.

      Como complemento del principio de inmanencia, se perfila una hipótesis fuerte y productiva, según la cual la praxis semiótica (la enunciación «en acto») desarrolla por sí misma una actividad de esquematización10, una «meta-semiótica interna»11 siempre en construcción, a través de la cual podemos «captar» el sentido. Se supone que el análisis se ajusta al modus operandi de la producción del objeto significante, que en él encuentra y allí «se amolda» a sus direcciones y a sus articulaciones de tal modo que pueda reconstruir la estructura y explicitarla en un meta-lenguaje. Sin esta hipótesis, el análisis inmanente sería en gran medida insignificante, oscilando entre la proyección de modelos preestablecidos y fijados, y pretendidas estructuras depositadas en el objeto. En suma, si no superamos, al menos implícitamente, que el texto, en su enunciación, «propone» algún modelo que construir, en interacción con la actividad de interpretación y con los modelos de los que ella misma es portadora, el análisis solo se encontraría consigo mismo, y se contemplaría indefinidamente sin ninguna ganancia heurística.

      Ahora bien, el poder heurístico del análisis semiótico radica justamente en el hecho de que aporta al mismo tiempo más de lo que el objeto del análisis da a captar intuitivamente y más de lo que dan los modelos establecidos mismos. Ese suplemento heurístico hace toda la diferencia, y puede justamente suscitar por facilidad la tentación de apelar al contexto: configurando el análisis a partir del contexto12, se logra en efecto, a buen precio, un «suplemento» de aplicación, pero que no es justamente el de la heurística semiótica. En inmanencia, necesitamos postular una actividad de modelización inherente a la praxis enunciativa misma13.

      Todas las lingüísticas y todas las semióticas que han renunciado al principio de inmanencia se presentan en dos ramas: una rama fuerte cuando afrontan directamente su objeto, y una rama débil y difusa cuando solicitan lo que ellas llaman el «contexto» de su objeto. Proponer una semiótica de las prácticas no consiste, pues, en sumergir un objeto de análisis cualquiera en su contexto, sino, por el contrario, en integrar el contexto en el objeto para analizar, sacando todas las consecuencias del hecho de que, semióticamente hablando, el contexto no se sitúa «ni por encima ni por debajo, sino en el corazón mismo del lenguaje»14.

      Todo parece indicar que la limitación del objeto de la disciplina semiótica únicamente al texto, de una parte, y el principio de inmanencia impuesto al objeto de análisis de otra, solo hubieran sido confundidos por meras razones tácticas, por pura comodidad y por reacción a las prácticas de análisis dominantes, en los momentos en que el análisis estructural se esforzaba por distinguirse y por afirmarse como una alternativa metodológica. Y el desarrollo de la investigación semiótica denunció de hecho esa confusión táctica.

      Si se hace hoy la hipótesis de que el principio de inmanencia no implica necesariamente una limitación del análisis a solo el texto, entonces hay que redefinir, sin esperar más, la naturaleza de eso de lo cual se ocupa la semiótica, no solamente en extensión, como ya es el caso, de hecho, sino también en comprensión, por derecho. El principio de inmanencia es indisociable, como ya lo hemos señalado, de la hipótesis de una actividad de esquematización y de modelización dinámica interna de las semióticas-objetos, y el área de actividad inmanente de esa esquematización debe indicarnos, en cada caso, los límites del dominio de pertinencia, y no una decisión a priori y táctica que focalice únicamente el texto.

      La semiótica se ocupa de «semióticas-objetos», de conjuntos significantes cuya pertinencia está restringida a la vez por reglas de construcción del plano de la expresión, y por el punto de vista a partir del cual se encara la estructuración del plano del contenido.

      Desde un punto de vista metodológico, la cuestión se plantea también en estos términos: dado un conjunto significante cualquiera, ¿el análisis de tal conjunto puede ser continuo, o encuentra discontinuidades? Todas las lingüísticas han enfrentado, explícita o implícitamente, esta cuestión. Benveniste, por ejemplo, introduce un principio de integración15, desde el fonema a la frase, pero considera que a partir de esta última, el análisis cambia de estatuto, y que hace falta entonces apelar a una semántica del discurso. De la misma manera, la distinción entre dos niveles de pertinencia en el análisis semiótico aparece, al término de un análisis continuo, cuando el análisis franquea el umbral de una discontinuidad en el proceso del análisis mismo. Y si el conjunto significante que uno elige, por ejemplo la semioesfera en Lotman, es una cultura entera, ese principio de discontinuidad en el análisis es tanto más necesario para distinguir los diferentes planos de inmanencia.

      Hoy, pues, debemos distinguir cuidadosamente: (i) el principio de inmanencia. Esta distinción ha estado suspendida por largo tiempo debido a la manera como antaño fueron fijados dichos límites, provisionales y arbitrarios, al texto-enunciado. Porque, si es verdad, como afirma Hjelmslev, que los datos del lingüista se presentan como «texto», eso no es cierto para el semiótico, quien tiene que hacer también con «objetos», con «prácticas» y con «formas de vida» que estructuran zonas enteras de la cultura. La apelación al contexto en esas condiciones no es más que la confesión de una limitación pertinente de la semiótica-objeto analizada, y, más precisamente, de una inadecuación entre el tipo de estructuración buscado y el nivel de pertinencia escogido.

      El acercamiento semiótico a las prácticas debe, por consiguiente, responder a la vez a una exigencia concreta, la de incorporar nuevos campos de investigación, y a un imperativo epistemológico, el de la definición de los límites de su propia inmanencia. Por esa razón, el estudio que aquí se propone, consagrado a las prácticas semióticas, comprenderá tres conjuntos sucesivos, no sin algunas superposiciones: (i) un primer conjunto donde las prácticas serán definidas y situadas como uno de los planos de inmanencia del análisis semiótico, entre otros, dando por entendido que, entre