Joaquín Peón Iñiguez

Ciudad Pantano


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Yo me considero una Chuchobelleza y te aseguro que has caído en buenas manos, ambas tienen palma y cinco dedos.

      —Era un hombre que supo vivir, quizás por eso murió joven. Un Homo ludens. La realidad se le figuró parodia y el lenguaje un artefacto para borrar.

      —¿Las parodias son esos chistes para–odiar?

      —No, amigo, te confundes, las parodias son para–días de fiesta, parodiar es para–dar un bofetón al mito, para–orar a lo pagano, para otra el sarcasmo, para–osar al contrasentido y para–obviar el valor. Son para desentonar el canto y los himnos.

      —Ah, ya. Son un plagio a discreción.

      —Preferiría entenderlas como la apropiación sin propiedad.

      Entonces, me hallé tan desconcertado que podía comerme un caballo. Abajo, en la recepción, cuando solicité el cambio de alojamiento:

      —Estamos, disculpe, llenos. Podríamos por favor compensarlo con un mediante la presente paquete de toallas y jabones. Pero las toallas están sucias, usted tendría que perdone lavarlas. Saludos cordiales. Seguimos en contacto. A ver cuándo nos tomamos un café.

      A veces, ante la duda, cuando la confusión lo nubla todo y no hay faro que oriente, me pregunto cómo procedería un adolescente alcoholizado en mi situación. Luego, actúo.

      # 3

      [Imagen de postal: Noche de muertos en Ciudad Pantano. Tradición en que la gente del pantano sale a la feria y el Cartel del Nuevo Emprendurismo los acribilla mientras intentan atinar el aro en un molde en el que no cabe].

      Íbamos a toda velocidad, engullendo kilómetros en el auto descapotado de Chuchofedrón, recorríamos cual balas perdidas la Avenida Malecón, y su única costa eran barrios grises, y sus palmeras, signos en aerosol. Lo más extraño es que había una peluquería en cada cuadra. La mitad de los negocios, además de ser expendios de alcohol o talleres mecánicos, operaban como salones de belleza.

      Mi guía insistió en que tenía que conocer uno de los parajes icónicos de la ciudad y en efecto, tal cual advirtió, el sitio desbordaba turistas, eran cientos tomándose fotos junto a lo que resultó ser colosal estatua de paloma, cubierta en plata, sitiada por palomas vivas y sus excreciones.

      Fue ahí donde conseguí las postales que ahora recibes. Me acordé de ti, nos vi en la arena con dos mulatas mudas que estaban ahí a modo de decoración, mientras tú y yo hablábamos indetenidos, y pensé que hubieses bautizado el sitio como el Monumento a la Humanidad. Luego nos imaginé o nos recordé, no sé, sentados en el pasado, en la alfombra voladora de la juventud, bebiendo ron con Bustrofedón, especulando sobre todas las estatuas que le hacían falta a la civilización occidental. En términos conceptuales, para ser congruentes: al autoengaño, a la prepotencia, al miedo a la humillación. En términos ideales: a la duda, a la curiosidad, a la travesura. En términos mitológicos: la caja de Pandora, la caverna de Platón. En términos figurativos: la estatua–agujero.

      Por el contrario, cada idea que Chuchofedrón arrojaba me parecía una versión accidentada de lo que hubiese podido ser una frase de Bustrofedón.

      —Yo también soy escritor, ¿sabes? Ahora mismo trabajo en un musical de doscientas páginas sobre mi pene.

      No tan lejos de ahí se hallaba el arco que conmemora una efeméride histórica y marca el inicio de los viejos barrios. Al parecer, en el año de 1874, de improviso, a causa de la confusión, impulsados por el discurso de un hombre que pretendía vender el primer telégrafo a la población pantanense, quisieron independizarse del resto del país.

      A ese arco del triunfo se le conoce como el Monumento a la Reversa y no, no es un homenaje al culo, como bien podría serlo en una sociedad con moral más avanzada que la pantanense. Esta construcción conmemora el día en que el ejército, en un acto de honor sin igual, emprendió la retirada caminando hacia atrás pero mirando hacia el frente. Esto resultó desafiante en demasía para los altos mandos que montaban a caballo. Decenas de honorables guerreros y héroes patrios fallecieron en el trayecto.

      # 4

      [Tríptico para turistas: «Experimente las vacaciones de sus sueños. Elija entre uno de nuestros fabulosos destinos invernales: Plantón a favor de los plantones (Ciudad Pantano), marcha ecologista por la supervivencia de los mosquitos (Ciudad Pantano), huelga de hambre contra los terremotos (Ciudad Pantano). ¡¡¡Adéntrese en el folclor del país y su rica tradición marchante!!! Y por esta ocasión, reciba un bono de acarreado. Disfrute esta experiencia familiar formativa, y comparta una tienda de campaña con un agremiado ¡sin cargos criminales!»].

      Una vez concluido el paseo, nos dirigimos a comer con autoridades del Instituto de Estudios Pantanenses. En la mesa aguardaban los mismos personajes de siempre, los mismos devotos de estos rituales de formalidad. De un lado tenía a un investigador de cine; del otro, un doctor en literatura. En las cercanías, un escritor profesional de poesía, su esposa, y el rector. Por cierto, ninguno de ellos conocía a Chuchofedrón y la idea de que el Instituto tuviese tales cortesías les pareció ridícula.

      —A mí me encanta el trabajo de Lira Ornelas —comentó el doctor en literatura—, es muy bueno.

      —Yo diría que es bastante bueno —refutó el poeta—, pero no tan bueno como podría serlo.

      —Me recuerda un poco a lo que está haciendo Sosa Críado, que también es muy bueno.

      —¡Sí! Es exactamente la impresión que tuve cuando lo leí.

      —Lo que más me gusta de su obra es que es muy buena.

      —¡Ajá! ¡A mí también!

      —A diferencia de Clara Partida, que me parece un tanto malo.

      —Sí, lo leí a profundidad por años y concluí que es malo.

      —No como Paredes Ferraz, que es una chingonaza.

      —¡Es una chingona!

      Era una conversación para anestesiar elefantes hasta que, en el segundo de cinco tenedores, la polémica se desató, es decir, se levantó de su letargo, se paró sobre la mesa, usó la ensaladera como casco de batalla, sin siquiera tocar el tema de las inminentes elecciones. Unos y otros y yo, que solo llevaba la contraria para darle una tunda al aburrimiento, no lográbamos ponernos de acuerdo en la más trivial de las cuestiones.

      —Es un honor tenerlos a todos reunidos para celebrar la presencia del señor Silvestre, distinguido escritor, estudioso del cine y de la noche.

      —Hey, pensé que estábamos aquí para festejar mi nuevo libro: El viento, las aves y lo febril —refutó el poeta, aporreando copa—. Tenía una coreografía preparada para la hora del postre pero veo que he sido víctima de un engaño.

      —Y no ha sido usted el único —irrumpió el doctor en literatura—. Yo llegué bajo el entendido de que recibiría un ascenso o mínimo habría oportunidad de difamar a alguien hasta el despido.

      —A mí me dijeron que podía repartir tarjetas, así que no hay problema —agregó el artista.

      —Yo sugiero —dije segundos antes de incomodar a la concurrencia— que esta velada sirva de ocasión para celebrar la existencia de los ancianos que regañan a desconocidos en la calle. Si no fuese por los ellos, francamente, ¿qué sería de nosotros?

      —Concuerdo con el señor Silvestre —agregó la esposa del poeta—. Yo misma estoy agradecida con ellos y algún día aspiro a ser así.

      La polémica zapateaba sobre el mantel de la tatarabuela, así que, para aliviar la tensión, se me ocurrió desafiar al rector a un trabalenguas.

      —Escuche, este es uno que le encantaba a mi abuela y dice así: Chango chino rechiflado que a tu china changa chiflas, ¿por qué chiflas chango chino rechiflado a tu china changa?

      —Oh. No sé, a mí lo que se me da es firmar documentos burocráticos en cantidades industriales.

      —No sea tímido, señor.