indagar sobre las cuestiones emocionales y/o espirituales lo podemos atribuir a que las demandas que las personas realizan están plagadas de cargas emocionales que, de no ser contempladas, pueden convertirse en un verdadero obstáculo para la efectividad de la intervención. Por su parte, las cargas emocionales que poseen los/las Trabajadores/as Sociales a partir de la intervención, parecen ser también tema de interés de los/las colegas. Se hace referencia a la identificación cada vez mayor de secuelas como: el agotamiento mental, síndrome de fatiga crónica (o surmenage), depresión relacionada al ámbito laboral, mobbing, estrés, y numerosas patologías clínicas, que para nuestro entender, al igual que en los sujetos de atención, no son más que manifestaciones físicas y emocionales de incertidumbres más profundas que valen la pena explorar y así hacer de los procesos de intervención experiencias más efectivas y afectivas para ambas partes.
Dice Mike Boxhall (2012) en su libro “La silla vacía”, cuando uno identifica una emoción, como por ejemplo la desesperación, “puedes, si lo deseas, convertir esto en una verdadera oportunidad de expandir tu conciencia, si entras en contacto con ese sentimiento y con su localización en el cuerpo. Al ubicarlo, lo conviertes en algo con lo que puedes trabajar. Es un sentimiento y no representa quién eres, sino, más bien, algo con lo que puedes trabajar y después dejar ir, si no te resulta útil. Esto te da inmediatamente la oportunidad de ser proactivo, en lugar de ser la marioneta de tus sentimientos. En vez de que actúe el sentimiento, puedes actuar tú a partir de él. Y esta es una afirmación muy diferente”.
Es así, que en un principio surgieron los siguientes interrogantes: ¿En nuestras intervenciones profesionales, tomamos en cuenta qué nos sucede emocionalmente? ¿Qué hacemos frente a los sentimientos de angustia o frustraciones, que son causados en el transcurso o luego de la finalización de las intervenciones? Es decir, cuando las situaciones no se modifican cómo planeamos o proyectamos, cómo nos dejan estos sentimientos… ¿Buscamos o generamos espacios para poder canalizar estos sentimientos y emociones?
¿Cómo valoramos la expresión de lo emocional y la espiritualidad de los sujetos de intervención en nuestros procesos de abordaje? ¿Resultan significativos a la hora de problematizar y de construir alternativas de intervención? ¿Resultan significativos en todos los casos? ¿Generamos mecanismos para tomarlos en cuenta en los procesos de investigación diagnóstica o por el contrario propendemos a su invisibilización?
Desde el trabajo con el/a otro/a, con las personas con las que intervenimos, ¿pueden ser posibles nuevos perfiles de intervenciones, donde lo espiritual y lo emocional de las personas sean tomadas en cuenta, y donde a su vez nos permita la auto-observación permanente de nuestras propias emociones y espiritualidad?
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