Javier L. Ibarz

La Biblioteca de Ismara


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y sus amigos tiraron los vasos a la basura y se encaminaron al metro. Habían bajado ya las escaleras cuando se oyeron unos gritos saliendo del centro comercial y la gente empezó a correr hacia los andenes.

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      Un encapuchado que blandía una espada cubierta de sangre salió corriendo de los multicines, se dirigió a la barandilla de la mezzanine y la saltó por encima; cayó al vacío tres pisos más abajo y aterrizó sobre una mesa, destrozándola. Acto seguido rodó sobre sí mismo, se enderezó, dudó una milésima de segundo y corrió hacia los aparcamientos.

      Todo el mundo estaba atónito. Los guardias de seguridad salieron corriendo tras él pero al poco regresaron con cara decepcionada. Alguien aplaudió y unos cuantos le siguieron, pensando que era un espectáculo promocional de la película que se estrenaba esa tarde, pero había tres heridos y demasiado desconcierto para ser algo programado. Y pronto se oyeron gritos de angustia saliendo de los multicines.

      Había una mujer decapitada en la sala tres, fila diez, centrada.

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      La curiosidad sustituyó al pánico y pronto todos en el centro comercial y en el vestíbulo de la estación sabían que alguien había muerto.

      Pero solo Clara tenía la certeza de que conocía a la víctima.

      Iba a contárselo a todos, que la había visto entrar, que el monje gris la había seguido, que no podía ser casualidad… Y entonces enmudeció. Porque si fuera verdad, si no fuera una terrible coincidencia, entonces su propio tío, el hermano de su padre, su tutor; el hombre con el que estaba compartiendo su casa, podía ser el responsable.

      La profesora había visitado a su tío y ahora estaba muerta, Clara soñaba con un encapuchado, y oía a su tío hablar de Fernando el mismo día de su muerte. No podía ser por azar. No, su tío estaba relacionado con los asesinatos, eso era innegable. Y si no escapaba inmediatamente de esa casa, ella y sus amigos serían las próximas víctimas. O se lo estaba inventando todo y comiéndose la cabeza. Demasiadas películas.

      Su móvil sonó. Era Óscar; había oído las noticias, sabía que ella estaba en el centro comercial y temía que le hubiera pasado algo. Le pedía que fuera a casa enseguida.

      —Estoy bien, Óscar —lo tranquilizó Clara—. Iré a casa, pero ahora necesito… no sé, cualquier cosa menos encerrarme en un piso.

      —Clara, lo entiendo, pero tienes que volver ahora mismo. Si quieres, voy yo a buscarte, pero tienes que venir.

      Clara asintió, a regañadientes. Estaba demasiado alterada para discutir. Se despidió de todos y entró en el metro, sin darse cuenta de que un hombre la seguía a una prudente distancia. Era Óscar.

      Salieron los dos en Alonso Martínez y cuando la muchacha llegó al portal de su casa, Óscar la llamó:

      —¡Clara! —Ella se volvió sorprendida— Espera, que entro contigo.

      Clara sonrió aliviada al reconocerlo y retuvo la puerta.

      —He salido a comprar —se justificó él, mientras entraba en el patio. Clara se encogió de hombros y subieron juntos al piso.

      VI

      LA HUIDA

      1

      Cuando entraron en casa las cosas estaban revueltas. Tal cual. Gabriel estaba organizando maletas y, en cuanto la saludó, empezó a darle instrucciones:

      —Por fin estás aquí. Elige un abrigo, dos camisetas, o blusas…, lo que te pongas en la parte de arriba; dos pantalones, o faldas, o lo que sea…, un par de zapatillas y otro de zapatos y tres complementos. Y el bolso que prefieras. El resto lo compraremos cuando lleguemos.

      —¿Cuando lleguemos a dónde? —Clara no entendía nada. Quiso preguntar de todo, pero Gabriel no le dejó.

      —Ya lo sabrás a su debido tiempo —contestó él—. Han asesinado a dos personas de tu instituto y este no es el lugar donde quiero que te eduques.

      Clara no daba crédito.

      —Está todo organizado y decidido —prosiguió Gabriel, sin dejarle abrir la boca—, así que no, no puedes despedirte de nadie y tienes que hacer la maleta ya. Saldremos ahora mismo.

      —¿Cómo que no puedo despedirme? ¿Y mis amigos…?

      —Lo siento. Tenemos que irnos.

      —¿A dónde? Me estás pidiendo que cambie mi vida entera para irme a… ni siquiera me lo puedes decir. Pues no, no quiero marcharme. No puedo dejarlo todo sin más. Tengo mi vida, a mi gente, mi corazón está aquí… —Vale, eso había sido muy melodramático, pero lo sentía de verdad. Si se iba de Madrid se moriría de nostalgia. No podía imaginarse la vida sin sus amigos, sin las calles, plazas y parques donde vivía, el ruido, la contaminación, todo… No quería irse, y menos porque…— ¿Por qué nos vamos? De verdad.

      —Ya te lo he dicho, Clara; porque tu instituto no es un lugar seguro.

      —¿Para quién? —escupió, furiosa—. ¿Para mí o para ti?

      —No te sigo.

      —Sé que conocías a Fernando y también a María, y está claro que te has enterado de su muerte antes que nadie.

      Se quedó mirándolo, los labios apretados, esperando una respuesta.

      —Clara —empezó Gabriel, algo condescendiente—, vale que te encante escribir y que tengas mucha imaginación, pero no es el momento. Lo que pasa es que dos profesores de tu instituto han muerto de la misma forma. No quiero que tú estés cerca. No quiero que te suceda nada. Tienes derecho a una vida normal en un instituto normal, sin que haya asesinos corta cabezas merodeando.

      —Yo vivía en un instituto normal hasta que apareciste tú. Así que no me cuentes que esto es por mi bien.

      Gabriel encajó el golpe. Clara vio que le había dado en lo más hondo y se alegró. Él no podía hacerle esto. No podía salir de la nada y trastocar su vida un día sí y otro también, todo porque era un asesino (vale, tal vez en eso estaba exagerando) o porque le daba miedo que le pasara algo o… Seguro que nadie iba cambiando a sus hijos de instituto por eso.

      Se equivocaba. Mientras Clara tenía esa discusión con Gabriel, en otras muchas familias la conmoción era similar. El Instituto debía hacer algo; todos se merecían una explicación. Algo que les ayudara a comprender cómo habían decapitado a dos profesores con apenas una semana de diferencia. Los rumores de una secta satánica entre los docentes, una facción masónica o un grupo de fanáticos religiosos (dependiendo del color de los críticos) no contribuían, precisamente, a calmar los ánimos. En lo que todos coincidían era en pedir una investigación a fondo y depuración de responsabilidades.

      2

      —No quiero ser frívola —dijo Noe Rodríguez, la forense, mientras recogía pruebas en la sala tres de los multicines de Príncipe Pío—, ¿pero habéis visto cómo está el tapizado?

      Señaló el asiento sobre el que yacía el cadáver de María.

      —Como si lo hubieran estrenado hoy —respondió su ayudante—. Pero los de al lado no; se les ve maqueados. Lo habrán cambiado hace un par de días.

      —¿Y cambiarían el tapizado solo en una parte del asiento? —Noe señaló el límite a partir del cual el terciopelo era igual de viejo que el resto de la sala—. ¿Conoces algún tapicero capaz de cambiar solo una parte de la tela sin que se noten las costuras? Pero mira la madera. Pasa exactamente lo mismo. Es como si algunas zonas estuvieran protegidas por una especie de barniz.

      —Doctora,