Leandro Bonnin

La locura de ser cura


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aquellas que rompen la armonía –cualquiera que ella fuese– sino de las que empiezan una nueva melodía y un ritmo nuevo.

      Siempre me llamaron la atención las trompetas. No como instrumentos musicales sino como voces potentes, capaces de dar una señal cuando todo es confuso –como sucede en un campo de batalla– o mover a la acción, ya sea de ataque o de estratégica retirada a cuartel.

      “Alza tu voz como una trompeta” leemos en Isaías 58, 1: Dios llama al profeta a ser una voz discordante. Si todos duermen, despiértalos; si olvidaron dónde está el enemigo, recuérdaselo tú; si por ahora deben retornar al cuartel y rehacer sus fuerzas, tú se lo dirás.

      Lo más “discordante” de las páginas que siguen, escritas por la pluma ágil de nuestro querido Padre Leandro Bonnin, es la convicción de que el sacerdote está llamado de un modo singular a vivir el misterio de Jesucristo. Cuando las voces de nuestro tiempo tienen prisa en recluir al cristianismo en el museo de las ideas fallidas y superadas, aparece este sacerdote reportando, no solo que el Resucitado está en magnífica salud, sino que de Él provienen los mismos dones y remedios que hoy más requiere el mundo: capacidad de servicio, alegría sincera, propósito en la vida, y lo que nadie esperaría amor que brilla en su pureza.

      Aquello de descubrir que en el nudo de nuestros problemas brilla el esplendor de la fe es algo que tomará por sorpresa a muchos. Es como si nos dijeran que la gran respuesta y la gran solución está –siempre estuvo– ahí, tan cerca, tan escandalósamente cerca, como el sagrario más próximo o la parroquia más cercana. No es magia, claro está: se llama conversión; se llama catequesis bien dada; se llama liturgia bien celebrada; se llama predicación bien estructurada, y en medio de todo ello, Jesucristo y sus sacerdotes.

      Debo decir, desde lo personal, que las palabras del Padre Bonnin me han interpelado saludablemente. Yo mismo he recibido la gracia inmerecida del orden sacerdotal y puedo reconocer sin dificultad que de todo sacerdote aprendo qué significa este ministerio, que hemos recibido un día pero que debemos aprender todos los días. Estoy seguro de que otros hermanos sacerdotes podrán corroborar mis palabras, a medida que las hojas de este sencillo libro se deslizan entre sus dedos.

      Quienes estén considerando una vocación de total entrega a Cristo van a sentir gratitud ante la frescura y sinceridad de los testimonios que aquí se encuentran. Las familias cristianas –estoy seguro– renovarán su gratitud frente al don de los sacerdotes y considerarán, ¿por qué no?, la bella posibilidad de que uno de sus hijos se consagre al Señor. Todos ellos, y muchos más, encontrarán agradable y útil la lectura de esta obra con la que el Padre Bonnin sigue acreciendo su aporte escrito para bien de la Iglesia.

      Y sin embargo, se me antoja que las mayores y mejores sorpresas, en el bien que traerán estas páginas, vendrán de parte de aquellos que yo llamo “víctimas” de la gris uniformidad actual, en lo que atañe a las opiniones sobre la Iglesia y sobre los curas. ¡Mucho me gustaría ver el rostro de aquellos que se sorprenderán de ver cuánta pasión, variedad, alegría y amor tiene el camino del sacerdocio! Y el autor estará de acuerdo conmigo en que, si uno de sus lectores sale de esa triste uniformidad de opiniones y empieza a ser otra voz “discordante,” el libro ha logrado su objetivo.

      Así lo conceda con su intercesión la Santa Virgen, de tan alto afecto para el Padre Bonnin y para este servidor.

      Fr. Nelson Medina, O.P.

      La llamada

      Hace unos años los obispos españoles hicieron un video vocacional que se llamaba: “Yo te prometo una vida apasionante”. La frase se refiere al sacerdocio, claro.

      Si ustedes –y los obispos españoles– me permiten, quiero decirlo yo también con todas las letras y con todo el énfasis posible: ser sacerdote es apasionante, la vida sacerdotal es una vida apasionante.

      ¿Por qué es apasionante?

      Podría decir tantas cosas, pero hoy me quedo con una: provoca impresión y es apasionante el misterio cotidiano de ser Jesucristo. Suena totalmente loco, y de hecho lo es, y, sin embargo, es verdad.

      Es imposible y a la vez cierto que nosotros, miserables hijos de Adán, somos llamados a ser Jesucristo Maestro, Sacerdote y Pastor.

      Ser Jesucristo Maestro, percibir cómo el Espíritu Santo cientos de veces habla por nosotros, e –incluso– a pesar de nosotros. A pesar de nuestra oscuridad, la Luz de la Palabra sigue obrando con eficacia, a veces con una eficacia imponente.

      Ser Jesucristo Sacerdote, tener la increíble certeza de que nuestras manos son sus manos, nuestros labios son sus labios, nuestra voz es su voz, cada vez que celebramos la Misa, confesamos, bautizamos o ungimos.

      Ser Jesucristo Pastor, ver con qué confianza las ovejas –pequeñas, crecidas, adultas, ancianas, formadas o recién iniciadas– vienen a nosotros buscando lo que solo puede darles Él, ¡pero nos lo piden a nosotros! Ovejas que vienen tantas veces lastimadas, confundidas, enredadas, y también ovejas que van cuesta abajo en el camino de la santidad. Misterio increíble de la confianza que brota de la fe, que lleva a tantas personas que no me conocen –a mí, a Leandro– a abrir su alma de par en par, porque esperan que así el Buen Pastor, a través de sus instrumentos, las cure, las oriente, las ilumine.

      Es un misterio que da vértigo de solo pensarlo, y que produce una sensación sobrecogedora al intentar vivirlo.

      Por eso es tan necesaria la oración por los sacerdotes que ya estamos en la cancha, y por los que están en las divisiones inferiores, esperando ansiosos que llegue el día de ponerse la camiseta del Buen Pastor, y comenzar a servir.

      Es importante la oración para que el semillero no se seque, para que cada familia rece y haga lo que deba hacer para que alguno de sus hijos descubra el llamado de Dios, le preste su persona, para prolongar su presencia en el mundo.

      –¡Escuchame, escuchame, te voy a decir algo!

      El Flaco, un personaje del barrio que tenía por costumbre no andar casi nunca sobrio, minutos antes, había tocado el timbre de la parroquia pidiendo si no tenía algo para comer. Cuando bajé a entregarle lo que encontré, y después de que lo reté porque nuevamente había estado tomando vino en exceso, me dijo:

      –Escuchame, escuchame, te voy a decir algo: cuidá a la Iglesia como oro.

      Y se tocó el corazón.

      –La Iglesia tiene que ser para vos como un diamante.

      Para cerrar, finalmente, con el clásico: “¿no tenés unos pesos que me puedas dar?”

      Gracias, Flaco querido, por recordármelo. Por traer a mi memoria este gran Misterio: Cristo me confía a la Iglesia, su Esposa, aquella por la cual Él se entregó en la Cruz, para que yo, indigno ministro, la cuide.

      Gracias Jesús: tu Iglesia vale más que el oro, más que un diamante precioso: vale tu Sangre Redentora.

      Me gusta mucho compartir mis vivencias como sacerdote, especialmente desde que Benedicto XVI nos alentó a los curas a usar las redes sociales. Pero al hacerlo, me doy cuenta de que algunas personas no lo toman o no lo comprenden bien.

      Piensan que quizá estoy alardeando, mandándome la parte, echándome incienso. En realidad, no es o no quisiera que fuera así: solo anhelo compartir la belleza del sacerdocio que recibí sin merecerlo.

      Así, se me ocurrió una comparación que puede ayudar a describir lo que siento en relación con este ministerio recibido como don.

      El sacerdocio, mi sacerdocio, es como una Ferrari que vale muchísima plata, que yo jamás hubiera podido comprar, que me regalaron sencillamente porque al dueño de la empresa se le ocurrió que yo la manejara. Había pilotos mucho más capaces pero nos tocó a nosotros.

      Cuando comparto algo, intento mostrar, no nuestras habilidades al volante –no soy Fangio,