Leandro Bonnin

La locura de ser cura


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y emoción se siente al usarla. Intento describir la potencia que encierra, el gozo indecible de haberla recibido y poderla utilizar.

      Jesús nos pide que la cuidemos, sin llegar al extremo de tenerla siempre guardada en el garage. Nos dice que seamos delicados, porque si la usamos mal podemos hacer mucho daño a otros y perdernos a nosotros mismos.

      Lamentablemente, algunas veces lo hacemos: ensuciamos, manchamos, abollamos o rayamos el regalo del sacerdocio. Cada cierto tiempo, alguno de nosotros destroza la Ferrari, y es noticia. Algunos piensan que es por defecto de fábrica, se enojan con el donante. Pero no, no es Él el culpable: somos nosotros.

      Por eso también quiero pedir perdón: porque con nuestra impericia, desprestigiamos su fábrica. Aún así, y aunque no sean noticia, hay Ferraris cada día funcionando bien.

      Por eso damos gracias. De tal manera que, todo sea para gloria del donante, diseñador y mecánico, del que la pensó tan genial y tan enorme, del derrochón que, con tanta audacia, la pone en tan torpes manos.

      Años atrás recibí un mensaje de texto donde el remitente me contaba acerca de un retiro espiritual en el que participaron alrededor de cincuenta jóvenes.

      Entre las cosas bellas y alentadoras que narraba, me quedó dando vueltas una expresión referida al estilo y los frutos del retiro:

      “Algunos aprendieron a desmarcarse –despacito– de espiri-tualidades fláccidas y sentimentalistas y otros –también despacito– de asfixiantes sistemas gélidos y rígidos... Unos y otros anduvimos juntos por la transversal del péndulo hasta perforar la napa de la Tradición”.

      Y aunque no estoy totalmente seguro de comprender la metáfora tomada de la física, entiendo que hay una enorme intuición en ese andar por la transversal del péndulo. Pienso que así es, efectivamente, toda la vida cristiana, y especialmente la vida sacerdotal.

      Andar por la transversal del péndulo es el anhelo del equilibrio –que no es tibieza–, es la comprensión de la vida cristiana como un cosmos en el cual todo debe estar en su sitio, donde es necesario mantener unidos en su justa proporción aspectos diferentes, pero no contrapuestos ni irreconciliables.

      El problema es que en la vida concreta siempre nos resulta más fácil elegir uno de los extremos del movimiento pendular. Pero así nos perdemos de la verdadera belleza del pensamiento y de la concepción católica de la realidad. Nos perdemos el tesoro que de modo casi imperceptible ha constituido y nos ofrece la Tradición.

      En algunas ocasiones pueden surgir falsas opciones en la presentación del ideal cristiano, y especialmente del ideal sacerdotal que son parciales e inconclusas. Opciones preferenciales que al absorber de un modo excesivo la atención, terminan resecando la vida interior del ministro y volviendo a este incapaz del gozo de la totalidad, de lo católico. Por ejemplo, como si no le fuera posible a un cura:

      Defender con todas las fuerzas y por todos los medios la ortodoxia, y amar con todas las fuerzas y por todos los medios a quienes están en el error.

      Vivir en la pobreza y la austeridad respecto de las propiedades personales, y buscar lo mejor para Dios en la Liturgia.

      Amar el latín, el griego y el riguroso pensamiento teológico, y disfrutar y admirar la experiencia sencilla de fe de quienes tal vez no saben leer el castellano, pero han leído e interpretado el lenguaje de Dios.

      Ser personas de una intensa vida de oración y contemplación, y dedicar horas a estar gustosamente con los fieles, hablándoles y mostrándoles al Amado.

      Cultivar una honda devoción al Dios Uno y Trino, al Misterio del Verbo encarnado, combinada con sencillos gestos de cariño a María y a los santos.

      Amar con pasión a la Iglesia Católica deseando que todos lleguen a ser parte de ella, y respetar y valorar a quienes aún no están; y que en algunos casos tal vez no lleguen nunca a su seno.

      Ser penitentes, sufrir y afligirse por los pecados propios y ajenos; ser un espíritu reparador de los agravios hechos al Divino Corazón, y a la vez cultivar el sentido del humor, la alegría continua y los placeres lícitos como una buena comida o bebida.

      Ser claros e inequívocos en el anuncio de la Verdad moral y las exigencias del Evangelio, al mismo tiempo que ser mansos, delicados y cordiales para poner aceite y vino sobre las heridas de las personas.

      Defender con pasión y verba encendida al nasciturus, y consolar con corazón de padre a la madre que llora al hijo que abortó.

      Admirar el gregoriano y la polifonía sagrada, y disfrutar con las modernas producciones de música cristiana, cada una en su ámbito.

      Saber decir que no, cuando sea preciso, con el rostro sereno, la mirada franca y transparente.

      Ser personas de una fe intensamente formada, y, a la vez, cultivar la inteligencia, el razonamiento y el sentido común sin ningún temor de que estos hagan menguar la obediencia a Dios.

      Practicar la excelencia en tareas pastorales tan diversas como las cátedras filosóficas o teológicas, la atención de los enfermos, la atención en el confesionario, la visita a los barrios, los medios de comunicación y la dirección espiritual, la adoración eucarística y las marchas provida, los retiros espirituales y la administración parroquial… el goce de un Oratorio de Bach y del partido de básquet del equipo preferido. Sin tener la necesidad de elegir exclusivamente una sola opción o, en todo caso, si existe una vocación de especial consagración a un único aspecto pastoral, que sea alabando y apoyando todo lo demás.

      En esa búsqueda andaremos, hasta el fin, por la transversal del péndulo.

      Aquel 4 de agosto, fiesta del Santo Cura de Ars, fue muy especial, sobre todo porque por la mañana despedimos a un hermano en el sacerdocio, el padre Raúl.

      Reconozco que tengo gustos exóticos, pero debo admitir que las misas exequiales, las misas de cuerpo presente, y en especial las de los sacerdotes, me encantan.

      Será tal vez porque en el seminario despedimos a varios curas mayores, velándolos durante toda la noche, cantando y rezando, celebrando la Eucaristía con su cuerpo exánime en el mismo sitio donde nosotros, pichones, estábamos todavía gestando nuestra consagración.

      La procesión llevando el cuerpo del difunto por el camino de pinos hasta el cementerio sacerdotal, las últimas palabras de despedida, la paladita de tierra que cada uno arrojaba sobre el ataúd, el Más cerca oh Dios de ti y la Salve Regina, todo tiene como un sabor mágico y misterioso, como un sabor a eternidad.

      Esta mañana despedíamos al padre Raúl quien, con casi setenta años, jubilado ya de sus tareas en el obispado castrense, había dicho “SÍ” al pedido del Obispo con la disponibilidad de un recién ordenado. Cuando la mayoría de los hombres y mujeres van dejando sus tareas, su júbilo fue ejercer el sacerdocio hasta que la enfermedad mortal se apoderó de su cuerpo, aunque no de su alma de sacerdote.

      Mientras miraba su rostro pálido y sus manos inertes estrechando la cruz pensaba en cuántas veces esos labios habían pronunciado las palabras de la Cena y de la Absolución, y cuántas veces esas manos habían ungido y bendecido.

      La inmensa mayoría de las personas a las cuales él ayudó en su ministerio no estaban físicamente allí. Sin embargo, flotaba en el ambiente, en ese ambiente de serena y alegre congoja, la sensación de que todos sus hijos espirituales, de una u otra manera, se hacían presentes.

      En fin, flotaba la serena y luminosa certeza, la esperanzada certeza, de que ninguna de sus acciones hechas por amor –como las de todo cristiano– habían caído en saco roto. No. Todas habían caído en el Libro de la Vida, el Corazón de Dios.

      Morirse luego de haberse dado hasta el final es, sin duda, una enorme alegría.

      Pero, a la vez, descubría esta mañana que hay una alegría mayor que la de amar y darse: la alegría de SER AMADOS y ELEGIDOS, sin mérito de nuestra parte. Es una alegría