reafirmaba los lazos de amistad y consolidaba el amor por su tierra natal. Al finalizar la gira retornó a Inglaterra convencido de que algún día se afincaría definitivamente en el norte argentino. El fullback amaba esa zona del país.
Dos meses después de retornar a Cambridge se sorprendió al recibir una convocatoria al seleccionado inglés, y en 1949, con solo veinte años, fue el fullback titular del equipo de la rosa en los cuatro partidos del Cinco Naciones.
En esa época el Cinco Naciones era, para los argentinos, una competencia épica que se conocía por los cuentos de los pocos privilegiados que alguna vez habían presenciado un partido del torneo. El mito rodeaba a esos matches. ¡Y ahora un argentino era titular del representativo de los inventores del juego!
Solo sus amigos del Saint George’s se enteraron en la Argentina, pero en Europa miles de fanáticos se maravillaron con el juego del joven William. Sus actuaciones en los cuatro partidos fueron muy destacadas, sobre todo en el que Inglaterra le ganó 8-3 a Francia en Twickenham. Jugó tan bien que al finalizar ese Cinco Naciones los seleccionadores ingleses ya le habían asegurado un lugar para el torneo de 1950.
Pero él tenía firmes convicciones. Por eso no se deslumbró con las luces del Viejo Continente, y dos meses después, en mayo de 1949, decidió volver a la Argentina para radicarse definitivamente en el lugar donde había echado raíces. Su plan era casarse, jugar rugby en Old Georgian, y luego instalarse en Salta para trabajar como agrimensor. Parecía mucho para sus escasos veinte años, pero William Barry Holmes era dueño de una poderosa personalidad. Cuando retornó a la Argentina apenas jugó un par de partidos en su club y fue convocado al seleccionado. Nada lo detenía. Ni siquiera las quejas de esos franceses a los que había derrotado algunos meses atrás en Twickenham y ahora querían impedirle jugar con la camiseta de su país natal.
Las discusiones duraron algunos minutos y los franceses, verdaderos caballeros del deporte, terminaron aceptando que Holmes jugara el partido. Fue victoria francesa por un escaso 5-0 y gran actuación del fullback argentino.
El sábado siguiente, Barry Holmes fue titular en la revancha, luciendo orgulloso el yaguareté junto al corazón. Ese fue su último partido de rugby.
Un mes después de los inolvidables partidos ante Francia se casó y se radicó en Salta. Pero antes del final de ese inolvidable 1949, William Barry Holmes contrajo una fiebre tifoidea que lo llevó a la muerte en la ciudad del norte argentino. Tenía veintiún años, varios partidos jugados para Oxford-Cambridge, y test matches para Inglaterra y Argentina. Una vida de leyenda.
El ex alumno del Saint George’s era un elegido y sería un gran error decir que tuvo una vida corta, porque una hora en la vida de algunos elegidos es un año en la del común de los mortales.
William Barry Holmes tuvo una existencia intensa marcada por el rugby y por los afectos indestructibles y eternos como el del legendario pilar de Old Georgian, Norman Tomkins, un duro que no deja pasar un día sin recordar a su amigo, y que sigue soñando con la superproducción de Hollywood que cuente la vida del sensacional fullback que iluminó aquella tarde fría y gris de 1949 encandilando a los sorprendidos franceses.
8 Los náufragos de Beromama
Beto escribió en la pared. Roberto escribió en la pared. Mango escribió en la pared. Marcelo escribió en la pared. Y Oscar y Cacho y Pitu y muchos más. Todos esos pibes escribieron en la pared de la esquina de Palmar y El Rastreador, ahí en los pasajes de Liniers, en el barrio de las Mil Casitas.
Querían rubricar su ilusión. Ponerle la firma a sus ansias.
Y aquel día de fines de los años treinta sellaron una historia de amor al rugby. Una leyenda legítima, pura, eterna.
Eran chicos, ninguno pasaba los dieciocho años, pero sin saberlo habían encontrado la razón de su trascendencia.
Esos pibes no solo estaban fundando un club, también escribían las primeras líneas de una historia apasionante que iba a tener lugar treinta años después, la leyenda del viaje que empezó en naufragio.
Se habían robado una pelota de la cancha de Pacific, y con esa ovalada jugaban en las calles de Liniers, un barrio más habituado a la Pulpo de goma que a la guinda de cuero.
Un día quisieron hacer un club para jugar contra los pitucos de San Isidro. Y nada los paró.
El club nació sin sede, sin cancha, sin camisetas, pero con una ilusión poderosa.
Había que llamarlo de alguna manera, y los pibes de Liniers no encontraron mejor idea que identificar al club con sus propios nombres.
Porque ellos eran el club.
BEto Latorre, ROberto Pascual, MAngo Latorre, MArcelo Bogliette, CArlos Latorre, CUcho Noriega, MAlambo Gallardo. Todos escribieron las dos primeras letras de sus nombres o de sus apodos en la pared y la denominación del nuevo club de rugby quedó inmortalizada.
BEROMAMACACUMAOSPOBICHUCACOPRIPEJOPI
¡Precioso! Ningún equipo de rugby en el mundo tenía un nombre tan musical.
Los pibes estaban orgullosos y hasta habían pintado un cartel de chapa con las diecisiete sílabas. Pero un burócrata de esos que nunca faltan les aguó la fiesta. “¡Este nombre es muy largo!”, dijo un empleado de la Unión. “Es inaceptable”.
Entonces la identidad del nuevo club quedó reducida a sus cuatro primeras sílabas: BEROMAMA.
Entrenaban en los bordes de la General Paz, y si la pelota viajaba a la avenida no había problema. En esa época pasaba un auto cada diez minutos.
Un día quisieron impregnar de alcurnia al club y pusieron un aviso en el diario: “Se busca persona de ascendencia inglesa para presidente de club de rugby, presentarse en pasaje La Cautiva 499 (la casa de Chucruta Parodi, uno de los pibes)”. Tres días después un señor muy bien trajeado tocó el timbre y se presentó en casa de los Parodi mostrando el apellido inglés de su documento y antecedentes como ejecutivo de Duperial en su currículum. A la semana era el presidente de Beromama.
Y así, entre pelotas robadas y presidentes ingleses, el club de los pibes de Liniers fue creciendo hasta que en 1951 llegó a jugar en Primera. Beromama contra CUBA, Beromama contra CASI, Beromama contra Belgrano. ¡Qué partidazos!
Todos los encuentros con los grandes los perdieron… pero ahí nomás. A CUBA, el campeón del año, le hicieron mucha fuerza. Y contra Curupaytí fue la única e inolvidable victoria en Primera.
Para ese entonces, Beromama ya era conocido como el primer club atorrante del rugby argentino. A los pibes de la esquina, que ya eran adultos, les gustaba ese mote. Lo llevaban con orgullo.
Pero luego vinieron años flacos. Los malos resultados y los descensos minaron poco a poco el entusiasmo, y el rugby se fue alejando de Liniers.
En 1966, Beromama descendió a tercera.
El espíritu de los fundadores, de los dueños de esas sílabas legendarias, sufrió un duro golpe, y el libro de actas de la uar del año 1969, tal vez firmado por el mismo aguafiestas que treinta años antes les había achicado el nombre, decía: “… Clubes desafiliados: Beromama…”.
El club fundado por los chicos de la esquina de Palmar y El Rastreador ya no existía. Las derrotas deportivas habían erosionado el entusiasmo y los tiempos eran distintos. El tránsito por la General Paz ya era insoportable.
Una lágrima surcó la cara de Beto Latorre, el patriarca, el dueño de la BE.
Pero ya nada se podía hacer… Clubes desafiliados: Beromama…
Juan Carlos Malagoli, un pibe de dieciséis años que jugaba en la cuarta, llamó a su amigo Héctor “Mandi” Scovotti y le dio la noticia: “Nos tenemos que buscar club Mandi, el Bero no existe más”.
Distintos equipos de Buenos Aires recibieron a los jugadores de Beromama. Julio Barlocco fue a