rugby quedaban lejos de Liniers. Dos colectivos, un tramo en tren, algún amigo con el auto del papá. Los Beromamas se distribuían por el gran Buenos Aires cada martes y jueves de entrenamiento. Cada sábado o domingo de partido.
Disfrutaban de la ovalada, pero dentro de ellos seguía latiendo el espíritu de Palmar y El Rastreador. No les molestaba recorrer esas distancias. Hasta disfrutaban de la incomodidad. Era parte del juego y lo aceptaban de buena gana. Pero sentían que algo les faltaba. Que su identidad no era completa. Vivían una suerte de dulce exilio. Eran náufragos de Beromama.
Tenían nuevas amistades, pero siempre que podían se encontraban. La amistad de los Beromama era indestructible.
Las salidas de los sábados juntaba a muchos rugbiers en Bwana o Mau Mau. A comienzos de los años setenta cualquiera podía ver a Arturito Rodríguez Jurado en alguno de esos reductos de la noche porteña. Pero los náufragos preferían encontrarse en Pinar de Rocha o en Juan de los Palotes, legendarios boliches de Ramos. Ni hablar del mítico primer piso de Zodíaco en Juan B. Justo. Ahí no se cruzaban con sus compañeros de rugby de Hindú o de Olivos, pero se divertían entre ellos. Porque los Beromama eran de Liniers.
Pasaron los años y los amigos fueron dejando el rugby. La familia, los hijos, la profesión. La vida estableció prioridades.
Pero el latido interior no se detuvo. En cada reunión, en cada asado, siempre surgía una anécdota de la época de Beromama.
Un día de mediados de los ochenta, los náufragos tuvieron una idea y publicaron un aviso en el diario: “Si sos Beromama te esperamos el viernes a las 18 horas en el club Liniers”.
Querían hacer algo pero no sabían qué. Se conformaban con juntar veinte o treinta personas. Saber que había otros náufragos a la deriva. Les bastaba encontrarse con un grupito de nostálgicos para dar un primer impulso a alguna iniciativa. Alguno, pretencioso, soñó con refundar el club. Parecía una utopía.
Pero sorprendentemente ese viernes a las seis de la tarde el gimnasio del club Liniers estalló de entusiasmo ovalado. Más de quinientos Beromamas dijeron presente.
Los náufragos no estaban solos. Y la ilusión se puso en marcha.
Esta vez fue Mandi Scovotti el que llamó por teléfono a su amigo Malagoli, ausente de la reunión del Liniers por un viaje de trabajo: “¡Gordo, el Bero existe!”.
Empezaron a entrenar. En dos años habían formado plantel en todas las divisiones. Pero faltaba algo. Un lugar donde echar raíces. Porque Beromama siempre había jugado en canchas prestadas. Rifas, fiestas, aportes individuales, esfuerzos de los anónimos que nunca faltan en los clubes argentinos, y finalmente se consiguió el predio de González Catán. Los náufragos encontraron donde guarecerse. Ya tenían la casa propia. Se habían rescatado a sí mismos.
El primer club atorrante del rugby argentino ahora juega de local, y cuando Malagoli, Scovotti, Barlocco y todos los antiguos náufragos llegan a su casa en González Catán, lo primero que encuentran es el homenaje al patriarca, a la primera sílaba. Porque el gran cartel que preside la entrada al Club Beromama dice: “Bienvenidos al Campo de Deportes Beto Latorre”.
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