María R. Box

Diez razones para amarte


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paradas.

      —Relájate, Lu, voy a estar vigilando.

      Mi pie no paraba de taconear el suelo del tren subterráneo.

      Cuatro paradas.

      —Lo sé, pero no puedo evitarlo. Me tiemblan las piernas. Parezco una maldita gelatina.

      —Tú solo relájate e intenta ser tú misma, sin contar aspectos de tu vida privada. —Naomi era la experta en este tipo de cosas, le haría caso.

      —Está bien. ¿Y si no es lo esperado?

      —En caso de que no sea quien esperas, se intente propasar o cualquier otra cosa, te rascas la oreja y llamo a la policía —dijo ella.

      —¿Y si me hago el pelo para atrás? ¡No confundas señas, Naomi! Te conozco.

      Tres paradas.

      —¿Estás insinuando que soy una despistada? —preguntó, haciéndose la ofendida.

      —Eres la persona más despistada que hay en la faz de la tierra.

      —Qué ataque más gratuito. —Naomi miró de nuevo su reloj—. Quedan diez minutos para tu cita con Aries88 —canturreó.

      —Eso, tú ponme más nerviosa —llevé mi mano a la coleta y comencé a toquetear las puntas de forma nerviosa. Era un acto reflejo, si me ponía nerviosa comenzaba a tocarme el pelo.

      —¡Déjate el pelo! —exclamó.

      Dos paradas.

      —Será mejor que nos levantemos para salir. —Naomi me ayudó a levantarme por los meneos que daba el tren por la velocidad.

      Acabé agarrada de una barra para no matarme. Otra cosa que me gustaba de estar en la capital era que nadie se fijaba en como ibas y si lo hacían, les importaba un rábano. No obstante, antes de poder divagar en mis pensamientos, me vi saliendo del metro hacia el restaurante en el que había quedado con Aries88.

      No pude evitar recordar su fotografía en el perfil de la web. ¿Sería el de la foto o no? Aún podía recordar sus rasgos masculinos, un hombre que no se comparaba a nada de lo que había visto hasta el momento.

      En pocos minutos la GIOIA se plantó bajo nuestros pies. Un restaurante muy elegante y costoso que tenía maître en la puerta de entrada. Tragué saliva, parando en seco justo antes de cruzar la calle.

      —¿Estás bien, Lu? —preguntó Naomi, agarrando mi mano con cariño.

      —Estoy muy nerviosa.

      —Lo sé, nena, pero tienes que relajarte. ¿Vale? Todo va a salir bien. —Naomi besó mi puño en señal de confianza.

      —¿Por qué a mí y no a otra de la web? —pregunté—. Había bellezones y entre ellas me escoge a mí...

      —Te infravaloras, Lu. Eres mucho más bella que esas chicas operadas de cabeza a pies.

      —¿Y si no consigo nada con esto? —Me mordí el labio.

      —Lo vas a conseguir, ahora, vamos, llegarás tarde.

      Dicho y hecho.

      Me planté delante del maître en menos que cantaba un gallo.

      —¿Cuál es su nombre, señorita? —preguntó el hombre mirando la lista.

      Me aclaré la garganta y le dije lo que Aries88 me había escrito.

      —Tengo una mesa reservada a nombre de Aries88.

      El maître me miró con las cejas alzadas, pero al volver a mirar la lista, pareció entenderlo todo.

      —Sígame, señorita.

      Miré hacia la otra esquina y me despedí de Naomi. Nerviosa, seguí al maître hasta una mesa en un pequeño reservado que daba a la calle, me senté justo frente a la ventana, viendo a Naomi sacar una bolsa de chucherías de su bolso.

      Estaba sola en la mesa, muy bien arreglada. Respiré varias veces, jugando con la punta del cuchillo que estaba envuelto en la servilleta. Miré el reloj que había en la pared del restaurante, fijándome en otras parejas que se encontraban cenando.

      «¿Y si ha sido todo una broma y no aparece?», me pregunto a mí misma mientras repaso el borde de la copa para vino con uno de mis dedos. ¿Qué haría? Necesitaba el dinero con urgencia si no quería quedarme sin estudios en el último año.

      Suspiré, mirando a Naomi a través del cristal. Sin embargo, una aterciopelada voz masculina hizo que el vello de mis brazos se erizara.

      —Disculpa la tardanza, he tenido una reunión de última hora.

      Miré a Naomi, que estaba con la boca exageradamente abierta.

      Mi corazón se aceleró y tragué saliva. Poco a poco, me giré para verlo. Me topé con su torso, bien definido, enfundado en una chaqueta del más sublime tejido. Subí la mirada y mi sorpresa se hizo notable en cada uno de mis rasgos.

      ¡Era él!

      Me quedé embelesada con sus ojos, que me miraban expectantes, de un tono verde con notas marrones. Me levanté de inmediato, avergonzada por haberme quedado como una tonta mirándolo.

      —No... No pasa nada.

      Aries88 era real y me daba cuenta de cuan masculino era. Debía medir bastante, quizá uno noventa y algo. Su pelo estaba echado hacia atrás y más corto en los lados, de un color que rozaba el negro, pero con reflejos más claros. Las cejas pobladas y bien arregladas, pestañas largas y rizadas, nariz de estilo romano y labios rellenos. La barba le quedaba muy bien y ni hablar del traje. Me encantaban los hombres en traje.

      —¿Llevas aquí demasiado tiempo? —preguntó, cediéndome la silla para que me sentase.

      —No, apenas cinco minutos —dijo.

      Me senté frente a él. ¿Os he dicho que nunca en mi vida había visto un hombre tan apuesto como él? Debía de ser modelo o actor.

      El maître apareció de inmediato con dos cartas, nos las dio y al ver el precio de los platos mis ojos saltaron de sus órbitas.

      —Puedes pedir lo que quieras. —Lo miré, estaba mirándome por encima de la carta y juraría que tenía una media sonrisa en sus labios.

      «Bienvenida al mundo de los hombres que hacen que mojes las bragas con solo una sonrisa», me dije a mí misma.

      —Eh... —tartamudeé—. Esto es demasiado caro.

      —No te preocupes, pago yo —dijo.

      Tragué saliva, asintiendo. Miré la carta de nuevo, sin parar de taconear el suelo. El corazón aún me iba a mil por hora, acelerado y basto pensaba que se me iba a salir del pecho.

      —Esto es un poco incómodo —dije, con la voz leve. Dejé la carta a un lado y subí la mirada para ver cómo Aries88 me miraba expectante y serio.

      ¿Desde cuándo llevaba mirándome de esa forma tan intensa?

      —¿Tú crees? —preguntó, dejando la carta a un lado.

      —Sí —respondí segura—. Ni siquiera sé tu nombre...

      —En eso tienes razón. —Y ahí, señoras, fue donde caí en que tenía una sonrisa cerrada de encanto, de esas que hace que te derritas tan solo mirarla—. Soy Alejandro, Alejandro Arias, encantado.

      Alejandro.

      Qué bien sonaba su nombre en mi mente...

      —Soy Lucía, Lucía Rodríguez. Aunque me llaman Luci o Lu.

      Alejandro me volvió a sonreír.

      —Bonito nombre, Lucía.

      ¿Podía enamorarme de una persona con solo verla? Alejandro poseía una voz aterciopelada que te encandilaba nada más escucharlo. Y esos labios... ¡Madre mía! Qué ganas de lanzarme a probarlos.