el equipaje e hicieran los preparativos para la jornada. Jia Zheng, mientras tanto, no cesaba de hacer koutou y suplicar vehementemente su perdón.
Pero mientras reprendía a su hijo, la Anciana Dama se preocupaba por su nieto, al que se acercó. La evidente severidad de la paliza aumentó su dolor y su furia. Abrazándolo, sé lamentó amargamente. A duras penas pudo Xifeng tranquilizarla. Algunas de las doncellas cogieron a Baoyu por debajo de los brazos intentando sacarlo de allí.
—¡Estúpidas! —gritó Xifeng—. ¿No tenéis ojos en la cara? ¿No veis que no está en condiciones de dar un paso? ¡Traed el canapé de mimbre!
Las doncellas hicieron inmediatamente lo que sé les ordenaba. Postrado sobre el canapé, Baoyu fue llevado hasta los aposentos de la Anciana Dama, acompañado por ella y por su madre. Como la Anciana Dama seguía encolerizada, Jia Zheng no se atrevió a retirarse y los siguió con la cabeza agachada; una mirada le reveló que esta vez la paliza había sido excesiva. Se volvió hacia su esposa, que ahora se lamentaba con más amargura.
—¡Mi niño! ¡Mi niño! —gemía—. ¿Por qué no moriste recién nacido en lugar de Zhu? Entonces tu padre no viviría tan amargado y todos mis desvelos no habrían sido en vano. ¡Si algo te sucede ahora, me quedaré sola! ¡No habrá nadie en quien pueda apoyarme en la vejez!
Esos lamentos, salpicados de los reproches de la Anciana Dama a «su indigno hijo» afligían a Jia Zheng y le hacían arrepentirse de haber golpeado a su Baoyu tan despiadadamente. Cuando intentó apaciguar a su madre, ésta se revolvió con lágrimas en los ojos:
—Déjanos en paz —le dijo—. ¿Qué haces dando vueltas por aquí? ¿No te quedarás tranquilo hasta que te hayas cerciorado de que ha muerto?
Jia Zheng se vio obligado a retirarse.
Para entonces ya habían llegado la tía Xue, Baochai, Xiangling, Xiren y Xiangyun. Xiren ardía de indignación, pero no lo podía expresar libremente. Y como Baoyu estaba rodeado de gente que le hacía beber agua o lo abanicaba, no parecía quedar tarea para ella, de manera que se escabulló hacia la puerta interior, desde donde mandó a unos pajes en busca de Beiming.
—No había señal de tormenta hace un rato, ¿cómo empezó todo esto? —le preguntó—. ¿Por qué no viniste antes a informar?
—Porque yo no estuve presente —explicó Beiming, fuera de sí—. Sólo me enteré cuando la paliza estaba ya avanzada. Inmediatamente pregunté cómo había empezado el problema. Parece que fue a causa de ese asunto de Qiguan y la hermana Jinchuan.
—¿Y cómo se enteró el señor?
—En lo de Qiguan parece que está detrás la mano del señor Xue Pan. Como no tenía manera de ventilar sus perversos celos consiguió que viniera alguien de fuera a decírselo a Su Señoría, y entonces se puso la sartén sobre las brasas. En cuanto a Jinchuan, fue el joven señor Huan quien se lo dijo a Su Señoría. O al menos así me lo han dicho sus hombres.
Ambas historias eran verosímiles y Xiren quedó convencida. Cuando regresó encontró a todas cuidando a Baoyu. Cuando ya no hubo más que hacer por él, la Anciana Dama ordenó que fuera cuidadosamente trasladado a su propio cuarto. Todas echaron una mano en el traslado al patio Rojo y Alegre, donde lo tendieron sobre su cama. Pasados unos momentos más de agitación se fueron dispersando poco a poco dejando que por fin Xiren lo atendiera.
Escuchen lo que se narra en el siguiente capítulo.
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