—Anda —replicó él—, ve a visitar a las otras primas, joven dama. Este ambiente puede contaminar a la gente de sabiduría mundana como la tuya.
—No le diga esas cosas —intervino Xiren, y dirigiéndose a Xiangyun—: La última vez que la señorita Baochai le dio el mismo consejo él se limitó a gruñir y alejarse de ella sin la menor consideración hacia sus sentimientos. Se fue dejándola con la palabra en la boca, por lo cual ella, con el rostro enrojecido, no supo si continuar o no. Menos mal que se trataba de la señorita Baochai y no de la señorita Lin, porque ella sí que hubiera armado un terrible escándalo con lágrimas y sollozos. Pero, ¿ve?, ¡otra vez!, la señorita Baochai es admirable. Se limitó a sonrojarse y abandonar el lugar. Yo misma me sentí muy mal y estoy segura de que ella se ofendió, pero luego se comportó como si nada hubiese sucedido. Realmente tiene un buen carácter y es muy tolerante. Aunque no lo crea, es él quien se ha mantenido distante desde entonces.
Y le preguntó a Baoyu:
—Si tratara así a la señorita Lin, ¿cuántas veces tendría que disculparse después?
Baoyu contestó:
—¿Acaso alguna vez ha dicho la señorita Lin tonterías tan desagradables? Si lo hubiera hecho, hace tiempo que habría dejado de relacionarme con ella.
Xiren y Xiangyun se echaron a reír.
—¿Llamas a eso tonterías?
Ahora bien, Daiyu había descubierto el paradero de Xiangyun y sabía que Baoyu había regresado a toda prisa, seguramente para hablar de los unicornios de oro. Eso le hizo recordar que, en la mayoría de las novelas de amor que Baoyu había comprado recientemente, un joven letrado y una hermosa muchacha se encontraban y enamoraban en virtud de la mediación de patos, fénix, anillos de jade, colgantes de oro, pañuelos de seda, fajas bordadas y cosas por el estilo, de manera que la posesión por parte de Baoyu de un unicornio idéntico al de Xiangyun podía desembocar en un romance. Daiyu llegó a donde estaban ellos y, sin ser vista, pasó al interior para saber qué estaba ocurriendo y poder así evaluar los sentimientos de los dos. Llegó justo cuando Xiangyun hablaba de asuntos mundanos, y tuvo tiempo de oír la respuesta de Baoyu: «La señorita Lin nunca ha dicho tonterías tan desagradables. Si las hubiera dicho, hace tiempo que habría dejado de relacionarme con ella». Al oír aquello se sintió tan feliz como sorprendida y apenada: «Feliz porque no me había equivocado al juzgarte, pues ahora tú demuestras ser tan comprensivo como yo te he considerado siempre; sorprendida, porque has cometido la indiscreción de expresar públicamente tu preferencia por mí. Apenada, pues si tú confías en mí, yo también confío en ti, y la intimidad entre tú y yo debería hacer ocioso cualquier comentario sobre el casamiento del oro y el jade, y, si realmente es cierto, es a nosotros a quienes debería corresponder. ¿Por qué aparece entonces Baochai? Estoy afligida, pues mis padres han muerto demasiado pronto, y aunque tengo juramentos grabados en el corazón y los huesos, ¿quién podrá ayudarme a cumplirlos? Además, acabo de sufrir mareos y el médico me ha encontrado el aliento débil y la sangre pobre, y me ha diagnosticado una debilidad extrema. Aunque seamos el uno para el otro no podré esperar mucho tiempo, ¿y qué podrás hacer tú contra el destino, si me reserva una muerte temprana?». Tales pensamientos empujaron las lágrimas a correr por sus mejillas y, en vez de entrar, giró sobre sus talones y se marchó secándose los ojos.
Baoyu, que después de cambiarse de ropa había salido apresuradamente, vio a Daiyu caminando con paso lento mientras se frotaba los ojos.
—¿Dónde vas, prima? —le preguntó con una sonrisa—. ¡Cómo! ¿Otra vez llorando? ¿Quién te ha ofendido esta vez?
Daiyu volvió el rostro y vio quién era.
—Estoy bien —dijo con una sonrisa forzada—. No estaba llorando.
—No me mientas. Todavía tienes los ojos húmedos —respondió él mientras levantaba instintivamente una mano para secar sus lágrimas.
Pero ella retrocedió unos pasos.
—¿Estás loco? ¿No puedes guardar tus manos para ti?
—Lo hice sin pensar. —Baoyu se rió—. Estaba muerto para todo lo que me rodea.
—A nadie le importará cuando estés muerto de verdad, ¿pero qué será del amuleto y del unicornio de oro que dejarás detrás?
Ese comentario sacó a Baoyu de sus casillas.
—¡Otra vez con el amuleto y el unicornio! ¿Pretendes maldecirme o fastidiarme?
Recordando lo sucedido el día anterior, Daiyu intentó enmendar su error.
—No te pongas así —le suplicó—. ¿Por qué te indigna tanto una simple negligencia de la lengua? Tienes las venas de la frente hinchadas de ira, ¡y estás sudando a mares!
Y diciendo esto se adelantó sin pensarlo y alargó la mano para secar su rostro cubierto por el sudor. Baoyu la miró intensamente y, después de un momento, le dijo con tono suave:
—Libera tu corazón de esa inquietud.
Daiyu le devolvió la mirada en silencio.
—¿De qué inquietud hablas? No entiendo. ¿Qué quieres decir?
—¿De verdad no lo entiendes? —suspiró él—. ¿Es posible que todo lo que he sentido por ti desde que te conozco haya sido un error? Si no soy capaz de adivinar tus sentimientos, entonces tienes razón enfadándote conmigo todo el tiempo.
—Realmente no sé de qué inquietud tengo que liberar mi corazón.
—No te burles de mí, prima querida. Si realmente no sabes de qué hablo, entonces toda mi devoción por ti ha sido un desperdicio, y tus sentimientos hacia mí un esfuerzo inútil. La causa de tu mala salud es precisamente esa inquietud de la que no liberas tu corazón. Si no te tomaras las cosas tan a pecho, tu salud no iría empeorando día a día.
Esas palabras fulminaron a Daiyu como un rayo. Al reflexionar sobre ellas las sintió cada vez más próximas a sus más íntimos pensamientos, como si le hubieran sido extraídas del corazón. Había mil cosas que anhelaba decir, pero no pudo abrir la boca. Se limitó a mirar en silencio los ojos de Baoyu. Como él estaba en el mismo trance, también contemplaba silencioso a la muchacha. Y pasaron unos momentos de pasmo… Entonces Daiyu tosió sofocadamente y más lágrimas le surcaron las mejillas. Ya se volvía para marcharse cuando Baoyu la retuvo cogiéndole la mano.
—Espera. Déjame decirte una sola palabra.
Ella se secó las lágrimas y lo apartó de su lado.
—¿Qué queda por decir? Ya he comprendido.
Y se alejó sin volver la mirada. Baoyu quedó allí clavado, como en trance. Ahora bien, en su prisa por salir había olvidado su abanico y Xiren, al correr tras él para llevárselo, había asistido involuntariamente al encuentro de los dos muchachos. Apenas Daiyu se hubo marchado, la doncella se acercó a Baoyu, que seguía allí como si hubiera echado raíces.
—Olvidó su abanico —le dijo—. Afortunadamente me di cuenta. Aquí está.
Todavía demasiado perplejo para saber quién hablaba, él le tomó las manos.
—Nunca me he atrevido a desnudar ante ti mi corazón, querida prima —dijo—. Ahora que he reunido el valor necesario para hablar, moriré tranquilo. Estaba poniéndome enfermo por causa tuya, pero no me atrevía a decírselo a nadie y oculté mis sentimientos. No me repondré hasta que tú también mejores. No puedo olvidarte ni en sueños.
—¡Sálveme Buda! —exclamó Xiren consternada.
Y se puso a sacudirlo mientras le preguntaba:
—¿Pero qué clase de cháchara es ésta? ¿Es que ha caído en poder de algún espíritu maligno? ¡Váyase rápido!
Cuando Baoyu recobró el sentido y vio allí a Xiren se sonrojó, le arrancó el abanico de las manos y salió corriendo sin decir palabra.
Mientras