Suelen ser las más jóvenes las que abren la puerta, pero están tan engreídas que ya no hay quien las soporte y no temen a nadie. Si hubiera pateado a una habría servido para asustar a las demás. La culpa es mía, por no permitir que ellas abrieran la puerta.
Para entonces ya había dejado de llover. Baoguan y Yuguan se habían marchado. Con el costado dolorido y sintiéndose la más desgraciada del mundo, Xiren no comió nada aquella noche, y cuando se desnudó para bañarse quedó aterrada por el hematoma, que tenía el tamaño de un tazón y estaba justo debajo de las costillas. El dolor siguió cuando se fue a la cama y, en sueños, se quejó.
A pesar de que no le había dado el golpe deliberadamente, el obvio malestar de Xiren inquietaba a Baoyu, y al oír sus quejas durante la noche comprendió el daño que le había hecho. Salió de la cama, cogió una lámpara y fue a verla. Cuando llegó, ella tosió, escupió un poco de flema y abrió los ojos boqueando.
—¿Qué hace? —preguntó sorprendida al verlo allí.
—Te quejabas en sueños. He debido hacerte mucho daño. Déjame ver.
—Estoy mareada y tengo en la boca un sabor dulce como de sangre. Por favor, alumbre el suelo.
Baoyu hizo lo que le pedía y, horrorizado, vio sangre al pie de la cama.
—¡Qué espanto! —exclamó.
A Xiren se le vino el alma a los pies al contemplar la sangre.
Mas para saber qué sucedió entonces, deben escuchar el siguiente capítulo.
Capítulo XXXI
Se desgarra un abanico para obtener
una sonrisa más valiosa que el oro.
Un par de unicornios sugiere la unión
matrimonial de dos estrellas [1] .
Al ver su sangre al pie de la cama, Xiren sintió que el alma se le iba a los pies. A menudo había oído decir que escupir sangre auguraba una muerte temprana o una enfermedad para toda la vida, ¡de modo que ahora se desvanecían como el humo todos sus sueños de honor y esplendor para el futuro! No logró contener las lágrimas. También a Baoyu le dolió el corazón.
—¿Cómo te sientes? —preguntó.
Ella se esforzó en sonreír.
—Bien.
Quiso llamar a alguien enseguida para que trajera unas píldoras Lidong, «sangre de cabra» [2] , y pusiera a calentar licor de Shaoxing [3] , pero Xiren se lo impidió.
—Si arma ese escándalo acudirá todo el mundo y entonces me criticarán por darme importancia —dijo—. En este momento no lo sabe nadie, y divulgarlo nos haría daño a los dos. En cuanto amanezca envíe a un muchacho a pedirle unas medicinas al doctor Wang de la corte. Seguro que eso será suficiente para reponerme. Más vale ser discretos.
Baoyu tuvo que admitir la sensatez de la propuesta, y trajo té para que Xiren se enjuagara la boca. Ella comprendió que estaba muy preocupado y, porque no despertase a los demás, se quedó tranquila y permitió que la atendiese.
Con las primeras luces del día Baoyu se vistió a toda prisa y, sin detenerse siquiera en su aseo personal, corrió en busca de Wang Jiren, al que abrumó con sus preguntas. Cuando el muchacho terminó de relatarle lo sucedido, el médico concluyó que se trataba de una simple contusión y recetó unas píldoras con las correspondientes instrucciones para su uso, que Baoyu llevó consigo de vuelta al jardín. Pero dejemos por ahora este asunto.
Ese día se celebraba la fiesta del Doble Cinco. De las puertas colgaban artemisas y espadañas, y toda la gente lucía un amuleto del tigre [4] . Al mediodía la dama Wang dio un banquete familiar al que fueron invitadas la tía Xue y su hija. Baoyu percibió la frialdad con que era tratado por Baochai a causa de lo ocurrido el día anterior. Su madre atribuyó el abatimiento del muchacho a la vergüenza que debía sentir por el episodio con Jinchuan, por lo cual decidió no prestarle atención. Daiyu, por su parte, supuso que la actitud desalentada del muchacho era el resultado de haber ofendido a Baochai, lo que por otra parte le desagradó mucho. En cuanto a Xifeng, que la noche anterior había oído de labios de la dama Wang la historia del incidente con Jinchuan, se abstuvo de hacer alarde de su habitual jovialidad, por deferencia al disgusto de su tía. Eso contribuyó a enrarecer todavía más el ambiente. Las demás muchachas de la casa Jia también se sintieron afectadas por el clima general, y la reunión no tardó mucho en disolverse.
Formaba parte del carácter de Daiyu preferir la soledad a la compañía. Éste era su razonamiento: «Después de la reunión sólo se puede esperar la separación. Cuanto más deleite encuentre la gente en los encuentros, más solitaria y desdichada se sentirá después de la despedida, de manera que es preferible evitar las congregaciones desde el principio. Lo mismo se aplica a las flores: su esplendor deleita a la gente, pero es tan doloroso ver cómo se marchitan que mejor hubiera sido que nunca florecieran». Por eso lamentaba Daiyu todo aquello que los demás gozaban.
Baoyu, en cambio, deseaba que las fiestas nunca tuvieran fin y que las flores nunca se marchitaran, a pesar de que le era imposible impedir el fin de una fiesta o la muerte de una flor. Cuando tales sucesos acaecían, él los lamentaba una y otra vez. Por eso, mientras Daiyu se marchaba indiferente al desánimo que había cundido entre los reunidos, Baoyu regresó a su cuarto con gesto sombrío y, una vez allí, no hizo sino suspirar interminablemente. Cuando Qingwen, que le estaba ayudando a cambiarse de ropa, dejó caer su abanico y lo rompió, él dijo con un suspiro:
—¡Qué estúpida eres! ¿Qué será de ti el día de mañana, cuando tengas tu propio hogar? Ciertamente entonces no podrás ser tan descuidada.
—¡Qué malhumorado está últimamente! —contestó ella con una risita—. Siempre anda haciendo sentir su peso por todas partes. El otro día le dio una patada a Xiren y hoy la toma conmigo. Ya sé que puede patearnos y golpearnos lo que le apetezca, pero ¿qué hay de horrible en dejar caer un abanico? Muchos floreros de vidrio y tazones de ágata se han hecho añicos delante de usted y nunca se ha enfurecido. Me parece gratuito armar tanto escándalo por un abanico. Si no está contento con nosotras siempre nos puede despachar y conseguir mejores doncellas. ¿Por qué no nos separamos pacífica y serenamente?
—Descuida —exclamó él, temblando de furia—. Tarde o temprano nos separaremos.
Xiren, que había escuchado la conversación, entró rápidamente.
—¿Por qué riñe de nuevo sin motivo? —preguntó a Baoyu—. ¿Ve como tenía razón cuando le dije que en cuanto me doy la vuelta aparecen los problemas?
—Si fueras tan hábil como presumes habrías previsto este berrinche del señor Bao y habrías venido antes —le respondió burlonamente Qingwen—. Hace mucho tiempo que cuidas de él, pero yo nunca lo he hecho. Y si a ti, que lo cuidas tan bien, ayer te dio una patada debajo del corazón, quién sabe qué castigo me espera a mí, que soy indigna de atenderlo.
Mortificada por el comentario de Qingwen, Xiren sintió la tentación de responder duramente, pero vio el rostro de Baoyu lívido de rabia, y, conteniéndose, se limitó a darle un empujón.
—¡Anda a divertirte fuera, buena hermana! —le dijo—. La culpa la tenemos nosotros.
Ese «nosotros», que se refería obviamente a Baoyu y a la misma Xiren, avivó todavía más los celos de Qingwen.
—No sé qué quieres decir con ese «nosotros» —exclamó con una risita desdeñosa—. No hagas que me sonroje por ti. Para mí no es un secreto lo que haces a escondidas con el señor, pero lo cierto es que todavía no has ganado el grado de Doncella Adicta