Cao Xueqin

Sueño En El Pabellón Rojo


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error. Se sintió llena de vergüenza y, muy nerviosa, se puso a sollozar.

      —Que también me destruyan el cielo y la tierra si te deseo algún mal —dijo—. ¿Por qué me hablas así? Ah, ya sé. Cuando ese taoísta habló ayer de matrimonio tú temiste que impidiera la unión para la que estás felizmente predestinado, y ahora estás desahogando conmigo tu amargura.

      Baoyu siempre había sido deplorablemente extravagante. Más aún, su intimidad con Daiyu venía de la infancia y ambos compartían ideas y sentimientos. Por eso, ahora que sabía un poco más y había leído algunos libros eróticos sentía que ninguna de las maravillosas muchachas que había visto en casas de parientes o amigos era rival digna de ella. Hacía tiempo que su corazón la deseaba, pero a la vez se negaba a admitirlo. Por eso, entre su alegría y su tristeza, recurrió a todos los medios para ponerla secretamente a prueba.

      Por otra parte Daiyu, en su correspondiente excentricidad, también ocultaba sus sentimientos para probarlo a su vez a él.

      Así es como, para ponerse a prueba mutuamente, ambos escondían sus verdaderos sentimientos. «Cuando lo falso encuentra a lo falso, la verdad se manifiesta», dice el viejo proverbio, y por ello era inevitable que en el proceso de manifestación de la verdad las querellas fuesen frecuentes y triviales.

      Ahora Baoyu estaba pensando: «Puedo perdonar a otros que no me comprendan, pero tú deberías saber que eres la única para mí, y en lugar de consolarme te limitas a provocarme. Es inútil que piense en ti cada minuto del día: no hay lugar para mí en tu corazón». Lo pensaba, sí, pero era incapaz de decir en voz alta algo parecido.

      En cuanto a Daiyu, estaba pensando: «Sé que tengo un lugar en tu corazón y que no tomas en serio todas esas paparruchas del oro que se empareja con el jade, pero cada vez que saco a relucir el tema tú deberías tomarlo con absoluta normalidad para demostrarme que nada significa para ti esa tontería. En vez de eso armas un escándalo cada vez que lo menciono, lo cual demuestra que piensas en ello todo el tiempo y temes que, al mencionarlo, yo sospeche algo. Por eso montas toda esa farsa de la molestia y del enfado, que en realidad no tiene otro objeto que mantenerme engañada».

      Ciertamente ambos corazones eran uno, pero cada uno de ellos era tan sensible que sus anhelos de estar juntos culminaban en el distanciamiento.

      En ese momento Baoyu se estaba diciendo: «Nada me importa mientras tú seas feliz. Con gusto moriría por ti en este preciso instante, lo sepas o no. Así al menos podrás sentir que estás cerca, y no lejos, de mi corazón».

      Mientras tanto, Daiyu pensaba: «Cuídate. Cuando tú eres feliz, también yo lo soy. ¿Por qué habrías de sentirte mal por mi culpa? Deberías saber que tu malestar es el mío, pues cuando ocurre no me dejas estar cerca de ti».

      Con lo cual, la preocupación que cada uno sentía por el otro no hacía más que acrecentar la distancia entre ambos, pero como es difícil describir sus íntimos pensamientos habremos de contentarnos con dar cuenta de sus acciones.

      Oyendo a Daiyu hacer alusión a una unión «para la que él estaba felizmente predestinado», Baoyu se enfureció. La rabia le impidió articular palabra, pero se arrancó el jade del cuello y lo arrojó al suelo.

      —¡Objeto inmundo! —gritó rechinando los dientes—. Te haré añicos y así acabaré de una vez con este asunto.

      Pero el jade no sufrió el menor daño. Entonces, mientras él buscaba desesperadamente algo con que hacerlo pedazos, Daiyu sé echó a llorar.

      —¿Por qué quieres destruir ese mudo objeto? —dijo entre sollozos—. Mejor destrúyeme a mí.

      Zijuan y Xueyan entraron a terciar en la disputa. Al ver a Baoyu dándole martillazos al jade intentaron arrebatárselo, pero no lo consiguieron; y como el problema era más serio que de costumbre, tuvieron que llamar a Xiren, que entró corriendo y logró rescatar la piedra.

      Baoyu sonrió amargamente.

      —¿Acaso ya ni siquiera puedo destrozar lo que me pertenece? ¿Qué más os da a vosotras?

      Xiren no lo había visto nunca tan airado, con el rostro tan lívido y convulso.

      —Una disputa con su prima no es motivo para destruir el jade —le dijo Xiren tomándole una mano en un intento de persuadirlo—. Imagine lo mal que se habría sentido ella si llega a destruirlo.

      Eso conmovió a Daiyu, pero inmediatamente la entristeció aún más la idea de que Baoyu la tenía menos en cuenta que a Xiren, de manera que arreció su amargo llanto. Tan pesarosa se sentía que vomitó la medicina de hierbas que había ingerido un momento antes.

      Zijuan le trajo corriendo un pañuelo que pronto quedó empapado, y Xueyan empezó a darle masajes en la espalda.

      —¡No importa lo molesta que se sienta, señorita, piense en su salud! —le pidió Zijuan—. Ya empezaba a sentirse mejor después de haber tomado la medicina; ha sido todo este lío con el señor Bao lo que le ha producido náuseas. Imagínese lo mal que se sentiría el señor Bao si usted cae enferma.

      Eso conmovió a su vez a Baoyu, pero también le hizo pensar que la consideración que le tenía Zijuan era mayor que la de Daiyu. Ésta ya tenía las mejillas inflamadas y rojas. Llorando y ahogándose, con el rostro surcado de sudor y lágrimas, parecía terriblemente frágil, y verla así compungió intensamente a Baoyu.

      «Nunca he debido discutir con ella poniéndola en semejante estado —se reprendió a sí mismo—. Ni siquiera puedo sufrir en su lugar.» Y con estos pensamientos, él también se echó a llorar.

      A Xiren le dolía el corazón de ver a los dos muchachos llorar tan amargamente. Tocó las manos de Baoyu: estaban heladas. Quiso pedirle que dejara de llorar, pero temió que en ese momento no le sentara bien que lo refrenaran; por otra parte, consolarlo hubiera parecido una desatención a Daiyu. Consideró que las lágrimas podrían servir para calmar a todo el mundo, de modo que ella también se echó a llorar.

      Zijuan, que ya había limpiado todo y abanicaba suavemente a Daiyu, se sintió tan afectada cuando vio a los tres llorando en silencio que ella también acabó llevándose un pañuelo a los ojos.

      Y los cuatro siguieron llorando hasta que Xiren, forzando una sonrisa, dijo a Baoyu:

      —Sin tener en cuenta más motivos, sólo el cordón de su jade debería impedirle pelear con la señorita Lin.

      Olvidando sus náuseas, Daiyu se abalanzó sobre ella y le arrancó el jade de las manos, asió unas tijeras y, con rápidos movimientos, cortó el cordón que había trenzado con sus propias manos. Xiren y Zijuan intentaron impedírselo, pero llegaron demasiado tarde.

      —Todo mi trabajo en vano —sollozó Daiyu—. No lo aprecia. Tiene quien le haga uno mejor.

      Xiren, apresuradamente, le arrebató el jade.

      —¿Por qué hace eso? —protestó la doncella mientras se lo quitaba—. Es culpa mía. Debí quedarme callada.

      —¡Córtalo en pedacitos! —retó Baoyu a Daiyu—. De todos modos no pienso volver a usarlo, así que no me importa.

      Durante la conmoción, unas viejas amas habían salido sigilosamente a informar a la Anciana Dama y a la dama Wang de aquel desaguisado, pues al oír a Daiyu llorando y vomitando, y a Baoyu amenazando con hacer añicos su jade, no quisieron hacerse responsables de cualquier percance que pudiera resultar. Su vehemente informe alarmó tanto a la Anciana Dama y a la dama Wang que ambas se trasladaron corriendo al jardín a ver qué horrible cosa había sucedido. Xiren estaba fuera de sí, acusando a Zijuan de haber molestado a las señoras, mientras Zijuan responsabilizaba a Xiren de lo propio.

      Cuando la anciana y la dama Wang descubrieron que los jóvenes estaban tranquilos y reinaba la calma entre ellos, descargaron su furia sobre las dos doncellas principales.

      —¿Por qué no los cuidáis bien? —les dijeron—. ¿Es que no podéis hacer nada cuando empiezan a discutir?

      Ambas doncellas tuvieron que soportar dócilmente