Cao Xueqin

Sueño En El Pabellón Rojo


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a Daiyu desde el incidente y se sentía tan deprimido y lleno de remordimientos que no hubiera podido disfrutar del espectáculo, por lo que alegó estar enfermo para evitar comparecer a una reunión a la que no quería asistir.

      Daiyu no estaba realmente enferma; sólo afectada por el calor. Cuando supo que Baoyu no asistiría pensó: «Su debilidad son los banquetes y las óperas. Si hoy no asiste es porque todavía está enojado con el asunto de ayer, o porque sabe que yo no iré. Nunca debí cortar el cordón de su jade. Estoy segura de que no volverá a usarlo a menos que le haga otro». También ella se sentía culpable.

      La Anciana Dama había alimentado la esperanza de que sus ánimos mejorasen y ambos muchachos se reconciliaran mirando juntos las óperas. Por eso, cuando se enteró de sus negativas, se enfureció.

      —¿Qué pecados habré cometido en una vida anterior para tener que sufrir a unos niños tan difíciles? —se lamentó—. No pasa un día sin que surja una nueva preocupación. Cuánta razón encierra aquel proverbio: «Si no se enfrentan, no se unen». Cuando haya cerrado los ojos y exhalado el último suspiro, que peleen todo lo que quieran: ojos que no ven, corazón que no siente. Pero todavía no estoy en ese trance.

      Y se echó a llorar, desconsolada.

      Cuando las palabras de la Anciana Dama llegaron a Baoyu y a Daiyu, ambos, que desconocían el proverbio citado por la anciana, se dieron a meditar acerca de su significado con la cabeza agachada y los ojos anegados en lágrimas. Cierto que continuaban separados: una llorándole a la brisa en el refugio de Bambú, el otro suspirándole a la luna en el patio Rojo y Alegre; pero, a pesar de su separación, sus corazones eran uno.

      Xiren reprendió a Baoyu:

      —Es culpa suya. Antes criticaba a los muchachos que disputaban con sus hermanas, o a los hombres que reñían con sus esposas, y los consideraba demasiado estúpidos para comprender el corazón de las muchachas. Ahora es usted mismo quien se comporta de esa manera. Pasado mañana, el día cinco, se celebrará la fiesta, y si ustedes dos siguen lanzándose dardos con la mirada la Anciana Dama se enfadará aún más y nadie estará tranquilo. ¡Olvide su disgusto y pida perdón! Lo pasado, pasado está. ¿No sería mejor para los dos?

      Sabrán si Baoyu siguió o no el consejo de Xiren escuchando el siguiente capítulo.

      Capítulo XXX

      Recurriendo a un abanico, Baochai

      se burla de los dos primos.

      Dibujando el carácter Qiang, Lingguan conmueve

      profundamente a un tonto que la observa.

      Llena también de remordimientos después de su pelea con Baoyu, a Daiyu no se le ocurrió, sin embargo, ningún buen pretexto para hacer las paces con él, de modo que pasó todo el día y la noche desalentada y sin consuelo. Zijuan, que adivinó sus sentimientos, trató de amonestarla.

      —Lo cierto, señorita, es que actuó con mucha ligereza el otro día —le dijo—. Nadie conoce al señor Baoyu mejor que nosotras, y no es la primera vez que la emprende a golpes con ese jade.

      —De manera que te pones de su parte y me culpas a mí de lo sucedido… —replicó Daiyu escupiendo a la doncella—. ¿Por qué razón actué con mucha ligereza?

      —Si se pudo haber resuelto fácilmente el problema, ¿por qué cortó el cordón del jade? Ese gesto la hizo a usted más culpable que el señor Baoyu. Él siempre es paciente y amable con usted; en cambio, señorita, son sus enfados y la manera que tiene de retorcer las palabras lo que provoca discusiones.

      Antes de que Daiyu pudiera responder tocaron en la puerta.

      —Es la voz del señor Baoyu —dijo Zijuan sonriendo—. Vendrá a disculparse.

      —No lo dejes pasar.

      —Eso no estaría bien, señorita. Hace muchísimo calor fuera. No le vaya a dar una insolación.

      Y abrió la puerta, haciendo pasar a Baoyu con una sonrisa.

      —Pensé que nunca volvería a cruzar nuestro umbral —dijo la doncella—, y ya ve, aquí está de nuevo.

      —Tomas las cosas demasiado en serio —dijo él con una leve risa—. ¿Por qué no habría de volver? Incluso muerto, mi fantasma seguiría viniendo aquí a penar cien veces al día. ¿Está mejor mi prima?

      —De salud, sí; de sentimientos, no.

      —Yo sé lo que le pasa.

      Al entrar encontró a Daiyu sobre la cama presa de un ataque de llanto, producto esta vez de la emoción al verlo llegar.

      Él se le acercó jovialmente y preguntó:

      —¿Te sientes mejor?

      Daiyu no respondió, limitándose a enjugar sus lágrimas mientras él se sentaba al borde de la cama.

      —Sé que no estás realmente enfadada conmigo, pero si dejo de venir otros hubieran pensado que hemos vuelto a reñir y no tardarían en aparecer para terciar entre nosotros, como si tú y yo fuéramos extraños. Así que aquí estoy, pégame, insúltame o lo que quieras, ¡pero hazme caso, mi dulce, querida, queridísima prima!

      En efecto, ella había tomado la decisión de ignorarlo, pero el discurso que acababa de oír le demostraba que él la quería más que a nadie, y tantas dulces palabras acabaron por vencer su resistencia.

      —No es necesario que me halagues —dijo Daiyu entre sollozos—. Nunca volveré a ser tu amiga. Compórtate como si me hubiese ido.

      —¿Y dónde te irías? —preguntó él riendo.

      —A mi casa.

      —Te seguiría.

      —¿Y si muero?

      —Me haría bonzo.

      —¿Qué dices? —exclamó Daiyu frunciendo el ceño—. ¿Por qué dices esas tonterías? Piensa en todas tus hermanas y primas. ¿Tantas vidas tienes que puedes hacerte monje cada vez que una de ellas muera? A ver qué dicen las otras cuando se lo cuente.

      Baoyu tuvo la impresión de que había cometido un nuevo error imperdonable; avergonzado, dejó caer la cabeza sin pronunciar palabra, celebrando en su interior que no hubiese nadie más en el cuarto. Dominada por una furia que le impedía hablar, ella le clavó unos ojos indignados que le hicieron arder las mejillas. Entonces, apretando los dientes, presionó un dedo contra la frente de Baoyu.

      —¡Especie de…!

      Pero la exclamación concluyó con un sollozo y cogió un pañuelo para secarse las lágrimas.

      Baoyu sentía el corazón pesado y estaba avergonzado por haber hablado tan tontamente. Cuando ella le tocó la frente y se echó a llorar, a él también le acometió un ataque de llanto. Había olvidado traer un pañuelo y se secó los ojos con la manga. A través del velo de sus ojos anegados, Daiyu vio que vestía una túnica nueva de lino morado. Se volvió y sacó de la almohada un pañuelo de seda que le arrojó en silencio, para luego volver a cubrirse el rostro lloroso.

      Baoyu tomó el pañuelo y se secó las lágrimas; luego le tomó una mano.

      —Me estás partiendo el corazón con tus lágrimas —le dijo—. Vamos a ver a la Anciana Dama.

      —¡Quítame las manos de encima! —exclamó ella apartándose—. Ya no eres un niño, pero sigues actuando de una manera desvergonzada. ¿No puedes comportarte?

      La escena fue interrumpida por un grito:

      —¡Gracias al cielo!

      Ambos muchachos se volvieron. Era Xifeng, que entraba alegremente.

      —La Anciana Dama está tronando contra el cielo y la tierra. Insistió en que viniera para comprobar si habíais hecho las paces. Yo le dije: «No se preocupe, en menos de tres días volverán a ser amigos». Pero me reprendió por perezosa, así