y dijo:
—Conozco muy pocos poemas, pero afortunadamente recuerdo un verso de un pareado que leí ayer mismo y que casualmente coincide con un objeto que hay sobre la mesa.
Y después de apurar su copa cogió de la mesa una flor de osmanto y recitó:
Cuando la fragancia de las flores atrapa a los hombres
sabemos que el día está templado [13] .
Todos dieron el verso por bueno y el juego concluyó, pero Xue Pan se levantó de un salto.
—¡Has ido demasiado lejos! —gritó dirigiéndose a Jiang Yuhan—. Tienes que pagar. Has mencionado un tesoro que no está aquí.
Yuhan, perplejo, preguntó:
—¿A qué tesoro te refieres?
—No intentes negarlo. Repite otra vez esa cita.
El actor obedeció.
—¿Acaso no es Xiren un tesoro? —preguntó Xue Pan—. Si no me crees, pregúntale a él.
Y señaló a Baoyu que, incómodo, se incorporó.
—¿Cuántas copas beberás en pago por esto, primo Xue? —preguntó a Xue Pan.
—¡De acuerdo, de acuerdo, lo merezco! —Y llevando la copa a sus labios la despachó de un trago.
Feng Ziying y Jiang Yuhan, que no entendían nada, pidieron explicaciones, y cuando Yuner les dijo quién era Xiren, el actor se incorporó y pidió disculpas.
—No es culpa tuya —le dijeron los demás—. Tú no lo sabías.
Baoyu sintió deseos de orinar y dejó el cuarto, y entonces Yuhan lo siguió para reiterarle sus disculpas en el corredor. A Baoyu le conmovió el apuesto porte del actor, y apretándole fuertemente la mano le dijo:
—Ven a verme cuando tengas tiempo. Ah, y tengo algo que pedirte. En tu compañía hay un actor, conocido en todo el país, que se llama Qiguan. Yo nunca he tenido la oportunidad de verlo actuar.
Jiang Yuhan sonrió.
—Ése es mi nombre profesional —dijo.
—¡Qué suerte! —exclamó Baoyu—. Verdaderamente haces justicia a tu reputación. ¿Cómo podría marcar nuestro primer encuentro?
Lo pensó un instante, se sacó de la manga el abanico, cogió el colgante de jade y se lo entregó al actor.
—Por favor, acepta esta humilde baratija como muestra de mi amistad.
—¿Qué he hecho yo para merecer esto? —dijo Qiguan sonriendo—. Está bien. Llevo puesto algo que estrené esta mañana. Es bastante nuevo. Que sirva como minúscula muestra de mi devoción.
Y se levantó la túnica para desatar la faja escarlata que llevaba ceñida a la cintura y entregársela a Baoyu.
—Esta faja forma parte del tributo de la reina de Qianxiang —explicó—. Si uno la lleva puesta en verano, perfuma su piel y le impide sudar. Ayer mismo me la regaló el príncipe de Pekín y esta mañana me la puse por primera vez. No se la hubiera dado a ninguna otra persona. ¿Sería mucha molestia pedirle que me dé a cambio la suya, señor?
Con el mayor de los placeres, Baoyu tomó la faja escarlata y después se quitó su propia faja de color verde pálido entregándosela al actor. Ambos estaban ajustándose sus fajas intercambiadas cuando oyeron un grito:
—¡Con las manos en la masa! ¡Os he cogido con las manos en la masa!
Era Xue Pan, que de un salto agarró una mano de cada uno.
—¿Qué os traéis entre manos? —exclamó—. ¡Dejáis el licor en la mesa y os escabullís del banquete! A ver qué tenéis ahí.
Cuando le contestaron: «Nada», él se negó a creerlos y no les dejó partir hasta que llegó Feng Ziying. Entonces volvieron a sus, respectivos lugares alrededor de la mesa y siguieron bebiendo hasta la caída del sol, cuando la reunión se deshizo.
De vuelta en el jardín, Baoyu se quitó la ropa de visita para beber té, y Xiren, observando que no llevaba el colgante del abanico, indagó por su destino.
—Se me habrá perdido cabalgando.
Pero cuando el muchacho se metió en la cama, la doncella vio la faja de color sangre que llevaba en la cintura y columbró, más o menos, lo sucedido.
—Ahora que tiene una faja nueva, ¿me devolverá la mía? —le preguntó.
Sólo entonces recordó Baoyu que la faja de color verde pálido pertenecía a Xiren y que nunca debía haberse desprendido de ella. Lo lamentó mucho, pero no pudo explicarle lo sucedido.
—Te conseguiré otra —le prometió.
—Ya me imagino sus últimas andanzas —dijo ella con un suspiro mientras meneaba la cabeza—. No tiene derecho a regalar mis cosas a esas criaturas de baja estofa. Ya debería saberlo.
Como Baoyu estaba achispado, no quiso seguir más allá, temerosa de su reacción, y se fue también a dormir.
Al despertar a la mañana siguiente lo primero que vio fue a Baoyu que le sonreía.
—No te enterarías ni de la llegada de un ladrón durante la noche —le dijo—. Mira tu cintura.
Xiren bajó la mirada y vio que la faja que él había llevado el día anterior ahora la llevaba ella. Al darse cuenta de que Baoyu había efectuado el cambio durante la noche se la quitó inmediatamente.
—No me interesa semejante basura. Llévesela.
Pero él le suplicó hasta que ella accedió a usarla. Sin embargo, en cuanto el muchacho abandonó el cuarto ella volvió a quitarse la faja, la arrojó a un cajón vacío y se colocó otra. Cuando Baoyu regresó no se percató de nada.
—¿Sucedió algo ayer? —preguntó él.
—La señora Lian vino a recoger a Xiaohong. La chica quiso esperar a que usted regresara, pero no me pareció necesario, de manera que asumí la responsabilidad y la despaché.
—Muy bien. Ya lo sabía. No era necesario que esperase mi vuelta.
—Vino también el eunuco Xia, enviado por la consorte imperial, con ciento veinte taeles para que sean gastados en ceremonias, representaciones y sacrificios en la abadía Etérea durante los tres primeros días del mes que viene. Quiere qué el señor Zhen lleve a todos los caballeros a quemar incienso y rezar a los budas. También mandó regalos para la fiesta de la Barca-Dragón [14] .
Xiren ordenó a una doncella más joven que trajera los regalos: dos finos abanicos de la corte, dos sartas de cuentas rojas perfumadas con almizcle, dos cortes de seda de cola de fénix y unos petates de bambú con dibujos de lotos.
A Baoyu le gustaron mucho todos los regalos, y preguntó si los demás también habían recibido presentes parecidos.
—La Anciana Dama ha recibido además un cetro ruyi de sándalo y un cojín de ágata; y el señor Zheng, la dama Wang y la dama Xue un cetro de sándalo cada uno. Usted ha recibido lo mismo que la señorita Xue. La señorita Lin y las otras tres damas jóvenes recibieron abanicos y cuentas. La señora Li Wan y la señora Xifeng recibieron cada una dos cortes de gasa, dos rollos de seda, dos bolsas perfumadas y dos píldoras de palacio.
—¿Cómo puede ser? —preguntó Baoyu—. ¿Por qué la señorita Xue recibió lo mismo que yo, y no la señorita Lin? Debe tratarse de un error.
—Imposible. Cada regalo llegó ayer con el nombre puesto. El suyo fue a los aposentos de la Anciana Dama, y, cuando fui a recogerlo, ella misma me dijo que debía ir usted mañana a palacio durante la quinta vigilia a presentar sus agradecimientos.
—Sí,