Cao Xueqin

Sueño En El Pabellón Rojo


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      Unos pajes salieron en busca de Baoyu. El muchacho supo que tenía problemas en el mismo momento en que recibió de su padre la orden de esperar, pero nada sabía del infundio transmitido por Jia Huan. Estaba deambulando de un lado al otro del salón, ansioso por que apareciese alguien que transmitiera el suceso a los aposentos interiores, pero nadie llegaba. Incluso Beiming había desaparecido. Miraba ansiosamente a su alrededor cuando apareció por fin una vieja ama. Se abalanzó sobre ella y la agarró como si se tratase de un tesoro.

      —¡Vaya adentro, rápido! —exclamó—. Dígales que el señor me va a apalear. ¡Aprisa! ¡Es urgente!

      Estaba tan aterrorizado que no podía hablar con claridad, de modo que la anciana, algo dura de oído, confundió «urgente» con «ahogada» [1] .

      —Fue ella quien tomó esa decisión —le dijo el ama con tono consolador—. ¿Qué tiene que ver con usted?

      Su sordera enfureció a Baoyu.

      —¡Dígale a mi paje que venga! —suplicó.

      —Ya pasó. Todo está consumado. La señora ya les ha dado ropa y dinero. ¿Para qué seguir lamentándose?

      Baoyu zapateaba de desesperación cuando llegaron los criados de su padre y se vio obligado a acompañarlos.

      Al ver a Baoyu, los ojos de Jia Zheng se inyectaron en sangre. Ni siquiera le preguntó por qué andaba jugueteando fuera de la casa e intercambiando regalos con actores, o por qué dentro de ella descuidaba sus estudios y trataba de forzar a la doncella de su madre.

      —¡Amordazadlo! —rugió—. ¡Apaleadlo hasta que muera!

      Los sirvientes no se atrevieron a desobedecer la orden de su señor. Tendieron a Baoyu sobre un banco y le propinaron una docena de varazos, pero Jia Zheng, considerando los golpes demasiado flojos, apartó de un puntapié al que blandía la vara y tomó su lugar. Con los dientes apretados, crispado y fuera de sí, golpeó ferozmente a Baoyu docenas de veces. Sus secretarios, previendo serias consecuencias, decidieron intervenir, pero Jia Zheng se negaba a escuchar.

      —Preguntadle a él si su conducta merece perdón —rugía—. Vosotros sois quienes lo habéis envanecido, ¿y todavía intercedéis por él? ¿Seguiréis haciéndolo cuando haya matado a su propio padre o al emperador?

      El discurso les hizo comprender que la furia había sacado de sus cabales a su señor, y se alejaron persuadidos de que debían hacer llegar a los aposentos interiores la noticia de lo que allí estaba ocurriendo. La dama Wang no se atrevió a transmitir el suceso inmediatamente a su suegra. Se vistió aprisa y corrió al estudio de Jia Zheng sin tomar en cuenta quién pudiera estar allí. Criados y secretarios se apartaban confundidos de su camino.

      La llegada de su esposa avivó todavía más la ira de Jia Zheng, que maltrató a su hijo con más intensidad. Los dos sirvientes que sujetaban a Baoyu se retiraron inmediatamente, pero el muchacho apenas se podía mover ya. Antes de que su padre pudiera emprender una nueva tanda de golpes, la dama Wang agarró la vara con ambas manos.

      —¡Esto es el fin! —bramó Jia Zheng—. ¡Hoy se ha decidido que yo muera!

      —Sé que Baoyu merece una paliza —sollozó la dama Wang—, pero no debes cansarte de esa manera. Hace un día sofocante y la Anciana Dama no se encuentra bien. Que tu hijo muera carece de importancia, pero sería muy grave que le ocurriera algo a tu madre.

      —Ahórrame tanta cháchara —replicó Jia Zheng con una risita desdeñosa—. Engendrando a este degenerado he demostrado que soy un hijo indigno. Cuando intento someterlo a disciplina todos lo protegen. Mejor será que lo estrangule ahora mismo y así evitaré mayores problemas.

      Dicho lo cual pidió una soga. La dama Wang se arrojó sobre él abrazándolo y gritando:

      —¡Haces bien velando por la educación de tu hijo, pero apiádate de tu esposa! Ya he cumplido los cincuenta y este bribón es el único hijo que han merecido mis pecados. No me atreveré a disuadirte si insistes en hacer de él un ejemplo, pero si matas significará que también deseas mi muerte. Si estás dispuesto a estrangularlo, toma esa soga y estrangúlame a mí primero. Ni madre ni hijo te lo reprocharán, y así tendré al menos algún apoyo en el otro mundo.

      Y acto seguido se arrojó sobre Baoyu y empezó a llorar con grandes gritos.

      Con un largo suspiro, Jia Zheng se sentó. Las lágrimas caían de sus ojos como la lluvia. Abrazada a Baoyu, la dama Wang vio que tenía lívido el rostro, débil el aliento y la ropa interior de lino verde empapada de sangre. Constató horrorizada, al apartarla, que las nalgas y las piernas estaban molidas y que cada pulgada de su carne estaba sangrando o amoratada.

      —¡Ay mi pobre niño! —gimió.

      Y mientras lloraba recordó a su primer hijo y pronunció su nombre: Jia Zhu.

      —Si aún vivieras no me importaría que murieran otros cien hijos —murmuró sollozando.

      La apresurada partida de la dama Wang había causado un enorme revuelo en los aposentos interiores, y tras ella habían llegado corriendo Li Wan y Xifeng, Yingchun y Tanchun. El nombre del hijo muerto, pronunciado sin fuerza por su madre, no afectó tanto a los demás como a Li Wan, su viuda, a la que arrancó un terrible sollozo. Con el coro de lamentaciones arreció el llanto del propio Jia Zheng.

      Y en medio de toda esa conmoción una doncella anunció de pronto la llegada de la Anciana Dama que, desde el otro lado de la ventana, gritó con la voz quebrada:

      —¡Matadme a mí primero! ¡Así acabará todo esto!

      Espantado y desconsolado, Jia Zheng se incorporó para saludar a su madre, que entró, intentando recobrar el aliento, apoyada en el brazo de una doncella. Al entrar la anciana, él hizo una respetuosa reverencia.

      —¿Por qué se molesta, madre, viniendo en un día tan caluroso? Si necesita algo sólo tiene que enviar en busca de su hijo.

      La Anciana Dama se detuvo jadeando.

      —¿Me hablas a mí? —le preguntó duramente—. Sí, tengo órdenes que transmitir, pero por desgracia no he parido un hijo digno al que poder dirigirme.

      Fulminado por las palabras de su madre, Jia Zheng cayó de rodillas con lágrimas en los ojos.

      —Madre, si su hijo castiga al suyo es por el honor de nuestros antepasados —arguyó—. ¿Cómo soportar sus reproches?

      La Anciana Dama le escupió con desagrado.

      —No soportas una palabra mía, ¿verdad? ¿Y cómo soporta mi nieto tu vara mortal? Dices que castigas a Baoyu por el honor de tus antepasados, pero ¿cómo te disciplinó a ti tu padre?

      Y los ojos se le inundaron de lágrimas.

      —Madre, no llore —suplicó Jia Zheng—. Hice mal en enfurecerme. Nunca volveré a pegarle.

      La Anciana Dama resopló.

      —No es preciso que te desahogues conmigo. Es tu hijo y no me compete impedir que lo golpees. Supongo que ya estás harto de todos nosotros, y que será mejor que nos vayamos para evitarte problemas.

      Y ordenó a los criados preparar sillas de manos y caballos, con estas palabras:

      —Vuestra señora y el señor Bao regresan a Nanjing conmigo en este preciso instante.

      Los asistentes se inclinaron acatando sus órdenes, y la anciana dijo volviéndose a su nuera.

      —No llores más. Baoyu es todavía un niño y tú lo amas, pero cuando crezca y sea un alto funcionario puede que sea irrespetuoso hasta con su madre. No lo ames demasiado ahora, y luego evitarás penas.

      Dándose por aludido, Jia Zheng empezó a darse golpes con la cabeza contra el suelo.

      —¿Qué lugar me queda sobre la tierra, madre si me hace esos reproches? —gimió.