Cao Xueqin

Sueño En El Pabellón Rojo


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nube y de la lluvia. Cuando hubieron terminado, Xifeng lo condujo de vuelta a la salida del espejo y se despidió cariñosamente de él. Al abrir los ojos, de nuevo en su lecho, dio un grito de espanto: el espejo se le había caído de las manos y de nuevo mostraba el terrible esqueleto del reverso. Sudaba intensamente y se encontraba mojado de semen, pero el joven no se daba por satisfecho. Otra vez le dio la vuelta al espejo y se miró en su cara falaz; otra vez Xifeng volvió a llamarlo; otra vez acudió él. Cuatro veces más repitió la operación, pero cuando se disponía a despedirse de su amada por cuarta vez aparecieron súbitamente dos hombres que le pusieron cadenas de hierro en el cuello y las muñecas, y se lo llevaron a rastras.

      —¡Dejadme el espejo! —gritó desesperado.

      Ésas fueron sus últimas palabras.

      Los sirvientes, que estaban cerca de su cama cuidándolo en su enfermedad, habían observado varias veces como miraba el espejo y lo dejaba caer para luego, con ojos ansiosos, recogerlo de nuevo. Pero esta vez, cuando el espejo cayó de sus manos no hizo ningún esfuerzo por recuperarlo. Cuando se acercaron ya había exhalado su último suspiro, y bajo sus muslos, helado y viscoso, un charco de esperma empapaba la sábana.

      Enseguida lavaron el cadáver, lo vistieron y prepararon el féretro, mientras su abuelo se abandonaba a una pena incontrolable y maldecía al taoísta.

      —¡Este espejo del diablo! —gritaba Jia Dairu—. Hay que destruirlo antes de que siga haciendo daño.

      Y mandó encender una hoguera para fundirlo.

      En ese momento una voz clamó desde el espejo:

      —¿Por qué me miraron por delante? Han sido ustedes quienes han tomado lo falso por verdadero, ¿por qué he de ser yo el arrojado al fuego?

      Al mismo tiempo que el espejo decía estas palabras, entró el taoísta cojo dando grandes zancadas y gritando:

      —¿Quién pretende destruir el espejo mágico dé la brisa y de la luz de luna?

      Y, agarrándolo, desapareció de un salto como impelido por una ráfaga de viento.

      Jia Dairu dispuso inmediatamente los funerales de su nieto y anunció por todas partes su muerte, notificando que a los tres días del óbito se salmodiarían sutras y que el séptimo día tendrían lugar las exequias. El ataúd con el cadáver de Jia Rui permanecería en el templo del Umbral de Hierro hasta que pudiera ser llevado de vuelta a su lugar natal.

      Todos los miembros del clan llegaron a dar el pésame. Jia She y Jia Zheng, de la mansión Rong, contribuyeron a los gastos con veinte taeles de plata cada uno, y lo mismo hizo Jia Zhen, de la mansión Ning. Otros dieron tres, cuatro o cinco taeles, según las posibilidades de cada uno. Las familias de los compañeros de escuela de Jia Rui reunieron otros veinte. Con estas aportaciones, a pesar de que no disfrutaba de una posición acomodada, Jia Dairu organizó unos funerales lujosos.

      Y entonces, inesperadamente, ya hacia el final del invierno, llegó una carta de Lin Ruhai diciendo que se encontraba gravemente enfermo y que deseaba que su hija fuera devuelta a su casa, lo que aumentó la congoja de la Anciana Dama, que tuvo que hacer los preparativos para la marcha de Daiyu. Baoyu, por su parte, a pesar de la enorme aflicción que le produjo la noticia, juzgó que no podía ser un obstáculo entre una hija y su padre.

      La Anciana Dama decidió que Jia Lian acompañase a su nieta y la trajera de regreso sana y salva. No es preciso describir los espléndidos regalos de despedida que recibió Daiyu, ni los preparativos para la jornada. Se señaló un día para que Jia Lian y Daiyu se despidieran de todos y, por fin, acompañados por su séquito, emprendieron viaje a Yangzhou.

      Quien quiera saber lo que pasa, que escuche el próximo capítulo.

      Capítulo XIII

      Muere Qin Keqing y se nombra un capitán

      de la Guardia Imperial.

      Xifeng ayuda a administrar los asuntos

      de la mansión Ningguo.

      Ausente su esposo, que había emprendido con Daiyu su jornada a Yangzhou por expreso deseo de la Anciana Dama, la vida se le hizo tediosa a Xifeng; encaraba cada noche lo mejor que podía, y bordaba y charlaba con Pinger antes de retirarse desganadamente a dormir.

      Cierta noche, cansadas ya de bordar a la luz de una lámpara, Xifeng ordenó a su doncella que perfumara y caldease su manta bordada para irse a dormir. Los ruidos de la tercera vigilia sorprendieron a las dos mujeres calculando con los dedos el tramo del camino al que habría llegado Jia Lian. Poco después Pinger cayó rendida, y a Xifeng se le acababan de cerrar los ojos cuando, confusamente, creyó ver a Keqing entrando en la habitación.

      —¡Tía, cuánto le gusta dormir! —le dijo Keqing sonriendo—. Hoy vuelvo a mi casa, pero como usted no podrá acompañarme ni siquiera un trecho del camino no he querido partir sin despedirme antes; además, tengo una inquietud que sólo a usted me atrevo a confiar.

      —¿Qué inquietud es esa? —preguntó Xifeng, vagamente consciente.

      —Tía, ¿cómo usted, una mujer tan notable que ni los hombres de correaje y gorra oficial sede pueden comparar, ignora ese adagio que dice que la luna se llena para menguar, y el agua colma para rebosar; y aquel otro que avisa de que cuanto más alto sea el ascenso, más dura será la caída? Durante cien años nuestra casa ha prosperado sin cesar y mantenido su esplendor. Pero si un día, en la cima de la buena fortuna, el árbol cae y los monos se desbandan, ¿qué será de esta antigua y culta familia?

      Xifeng, asombrada, captó rápidamente el sentido de las palabras de Keqing.

      —Sin duda tus temores tienen fundamento. Pero ¿cómo conjurar un peligro tan grande?

      —Qué ingenua es usted, tía —contestó Keqing con una risa helada—. Desde tiempo inmemorial, la fortuna ha seguido a la calamidad y la desgracia a los honores, y no está en manos de los hombres poder mantener siempre la misma condición. Lo único que se puede hacer es abastecerse en los buenos tiempos, en previsión de la decadencia futura. Ahora todo marcha bien, salvo dos cosas; encárguese de ellas, tía, y no habrá que lamentar la desgracia en el futuro.

      Xifeng le preguntó cuáles eran esas dos cosas, y Keqing contestó:

      —A pesar de que cada estación se realizan sacrificios en las tumbas dé nuestros antepasados, nunca se hacen sobre ingresos fijos; y a pesar de que existe una escuela familiar, carece de una financiación segura. Mientras la prosperidad resida en esta casa no habrá problemas para mantener los sacrificios y la escuela, pero ¿de dónde se sacará el dinero cuando lleguen los años de escasez? Le sugiero que, mientras disfrutemos de abundancia, compremos granjas y fincas próximas a las tumbas de nuestros antepasados; así solucionaremos el problema de los sacrificios. En cuanto a la escuela familiar, debería ser trasladada al mismo lugar Que todos los miembros de la familia, viejos y jóvenes por igual, establezcan reglas por las cuales cada rama se turne anualmente en la administración de la tierra, de sus ingresos y de los sacrificios. Los tumos impedirán disputas y maniobras desleales, hipotecas y ventas. De esa manera, incluso en el caso de que la familia fuera confiscada, sólo podrían arrebatarnos nuestras pertenencias personales, pero no las fincas que produjeran el grano destinado a las ofrendas. Si llegasen tiempos de penuria, los jóvenes podrían retirarse allí a estudiar y trabajar la tierra. Ellos tendrían algún respaldo y no habría necesidad de interrumpir los sacrificios. Sería propio de una visión muy corta no pensar en el futuro creyendo que nuestra actual buena fortuna ha de durar eternamente. Pronto ocurrirá algo maravilloso que echará aceité al fuego y añadirá flores al brocado, pero no será sino un destello, un segundo pletórico. Pase lo que pase, tía, no olvide usted el viejo proverbio: «Siempre se acaban los festines, por abundantes quesean». Piense en el futuro antes de que sea demasiado tarde.

      —¿Pues qué cosa maravillosa va a suceder? —preguntó Xifeng, cada vez más asombrada.

      —Los secretos del cielo no deben ser divulgados, pero en nombre del amor que nos une le recitaré unos versos que no deberá usted olvidar: