seguí subiendo la apuesta en cuanto a la moda. Usaba vestidos de noche para ir a clases. Otros estudiantes, con sus jeans y playeras, me veían de soslayo. No me importaba. Vestirme en la mañana era algo positivo en mi día. Mi departamento se convirtió en mi atelier, donde yo estaba en control total. Al seleccionar mi ropa y mis accesorios volvía a la creatividad de mi infancia, mi sentido de diversión, de juego. Lo que alguien podría definir como vestimenta de poder, yo lo llamaba vestir mi dolor. Desde entonces he llegado a pensarlo como vestir desde el corazón. Lo único que sé es que, después de mi violación, me aferré a mi ropa como un niño pequeño a su osito de peluche, como alguien que se aferra a un bote salvavidas.
En una serie de entrevistas realizadas por investigadores para un libro titulado Appearance and Power, les preguntaban a los sobrevivientes de abuso sexual cómo elegían vestirse a raíz del ataque. Más de la mitad cambiaron su forma de vestir después del evento. Algunos se vestían para evitar llamar la atención, para protegerse a sí mismos, para impedir los comentarios sobre su apariencia. Pero otros cambiaron su estilo para comunicar un poder indomable.5 Ésa era yo. Años más tarde descubrí más investigaciones que describían este tipo de comportamiento y las analicé con la boca abierta, sintiendo que estaba leyendo mi propio maldito diario. En la Escuela de Negocios de la Universidad de Queensland en Australia, el conferencista de marketing, el doctor Alastair Tombs determinó que las mujeres asocian los sentimientos positivos con ciertos artículos de vestir y los pensamientos negativos con otros, con base en las experiencias emocionales previas y los recuerdos de cuando usaron esas prendas. Después de extensas entrevistas con treinta mujeres, Tombs concluyó que, como lo dijo al Sydney Morning Herald: “Los atuendos se eligen para combinar el estado de ánimo y como una forma de expresión personal, pero también hemos descubierto que la ropa se usa para controlar o enmascarar las emociones”.6 ¡Bam! Ahí estaba yo: controlando, enmascarando e intentando transformar mis emociones con mis atuendos. Y me ayudó un poco, en verdad que sí.
Llegué a definir este comportamiento como vestir para mejorar el ánimo: cuando usas la ropa para elevar u optimizar tu estado emocional, para animarte. Hay un dicho que dice: “No te vistas para el trabajo que tienes, vístete para el trabajo que quieres”. Bueno, podemos traducir esa idea en emoción. Con el vestir para mejorar el ánimo, te atavías para evocar los sentimientos que quieres sentir. Usar colores brillantes para darme alegría, tacones altos para sentirme poderosa y maquillaje para sentirme pulcra y articulada: todos estos eran actos de mejoramiento del ánimo. Era una manera de invertir en mí misma cuando alguien a quien quería y en quien confiaba me había demostrado que pensaba que yo no valía mucho. Se ha dicho que “verse bien es la mejor venganza”, lo cual hoy se ha convertido en el popular hashtag #RevengeBody. Pero yo no me estaba vistiendo para él. Ya no y nunca más. Me estaba apuntalando para enfrentar el mundo. Vestirme bien fue mi primer paso para recuperar mi vida.
Por supuesto, no fue suficiente. No necesitas ser un psiquiatra para saber que recuperarse de la violencia de un compañero íntimo requiere mucho más que una falda de tubo y sandalias con cordones. A lo largo de ese verano e invierno, mis looks se volvieron cada vez más extravagantes, pero irónicamente me volvía cada vez más introvertida, un cascarón de mi ser anterior. Mis profesores lo notaron. (Honestamente, por la forma en que estaba vestida, ¿cómo podían no darse cuenta?) En una serie de sesiones a puerta cerrada, reuniendo toda mi valentía, les conté todo. Y aunque estaban al tanto de mi situación, con el estigma de la salud mental de mi cultura incorporado en sus planes de estudio, en diciembre me aconsejaron que abandonara el programa. Habían determinado que yo “carecía de la empatía necesaria para ser terapeuta”.
Al mirar hacia atrás, creo que tal vez estaba sufriendo alguna clase de estrés postraumático, y era incapaz de conectarme por completo con los pacientes o con mis compañeros en mi vida cotidiana. Esto no es un pretexto de lo que sucedió. Simplemente para mí es importante clarificar que, en el fondo, debajo de la superficie, yo sabía que seguía siendo la persona empática, sensible e intuitiva que siempre he sido. Tan sólo estaba distanciada de esa parte de mí misma. Y al parecer no encontraba una forma de sacarlo y gritarlo a los cuatro vientos desde el fondo de la habitación. Estaba a sólo cinco créditos de obtener mi segundo título de maestría en educación para asesoramiento psicológico, cuando me expulsaron de Columbia. Salí con mi maestría en humanidades y oficialmente era una terapeuta certificada. Desde entonces, he soltado todo el resentimiento. Creo firmemente que cuando te enfrentas con una puerta cerrada, tienes dos opciones: darte por vencido o encontrar otra.
Así que ahí estaba, con veintitrés años y en medio de una crisis existencial y emocional absoluta. Había perdido la estructura de la escuela. Había perdido a mi prometido. No era una opción irme a casa a lamerme las heridas, aunque podría haber comprado el boleto para regresar a Ohio. Me sentía tan sola, como si mis entrañas hubieran sido vaciadas. Si sólo hubiera sabido que estaba bien acompañada. De acuerdo con una encuesta realizada en 2009 por la American Psychological Association, 87 por ciento de los graduados de psicología reportaron que experimentaron ansiedad y 60 por ciento, depresión. No por nada, se dice en broma que el estudio de la psicología es “la búsqueda de uno mismo”, porque es común que la gente que gravita en torno a las profesiones de la salud mental desea abordar sus propios problemas (mientras ayudan a otros).7 Y vaya que yo tenía problemas.
Y como sucede con muchas otras personas, descubrí que muchos de los temas que habían surgido en mi vida provenían de mi crianza. Como ya mencioné, mi papá trabajaba como conserje en una secundaria. Pero ésa no es toda la historia. De una manera similar a mi estilo de vida de estudiante de día y modelo de noche, mi papá también tenía una especie de doble identidad. Cuando yo tenía trece años, él fue condenado por narcotráfico y estuvo dos años en prisión. Los problemas de mi mamá con el abuso de drogas se agudizaron durante este tiempo. Desde entonces hemos alcanzado un final más o menos feliz. En los últimos años, mis papás entraron a la universidad. Esto me llena de un orgullo que las palabras no pueden expresar. Pero ese periodo nos afectó mucho. Al dejar Columbia padecí una depresión que no había experimentado desde mi adolescencia, cuando mi padre fue encarcelado. Y aun así ya no podía culpar a mis padres de mis problemas. El aprieto en el que me encontraba no era mi culpa, pero sólo yo podía resolverlo. Estaba en un territorio inexplorado.
En el pasado, mi reacción ante la tragedia, el desamor o los contratiempos siempre había sido trabajar aún más duro y me impulsaba a sobrepasar las expectativas. Mi misión era hacer que todos estuvieran orgullosos, robar el centro de atención y, por lo tanto, asumir la responsabilidad y compensar los tropiezos de mis padres. Aprendí desde pequeña que el trabajo duro podía ayudarte a salir casi de cualquier agujero. La hermana de mi papá fue la primera de su familia que emigró de Jamaica. Trabajaba como empleada doméstica limpiando pisos, y eventualmente ganó suficiente dinero para traer a mi papá a Estados Unidos. Fui la primera persona de mi familia que fue a la universidad, y no sólo eso: una de la Ivy League. Así que cuando las autoridades escolares me dijeron, en esencia, que yo no pertenecía ahí, fue un golpe bajo, no sólo para mí sino también para mi familia. ¿La reacción de mi papá? “Naciste aquí en Estados Unidos. Y nos estás retrasando dos, tres generaciones.” Me sentí como un fracaso. Se suponía que tenía que ser mejor. Iba a ser la que nos salvaría a todos. En vez de eso, mi desgracia irradió hacia fuera, como un efecto de ondas expansivas, manchando a mi frágil familia con la vergüenza. ¿Esta reacción era justa o merecida? ¿Quería seguir haciendo el papel de salvadora de la familia? Éstas son preguntas que sigo resolviendo en terapia hasta la fecha.
La ética de trabajo intransigente no fue lo único que heredé de mi familia. Me han contado que cuando mi abuela materna intentó hablar sobre su propio abuso sexual la internaron en un hospital psiquiátrico. Como grupo, las mujeres negras hemos contenido todo esto en nuestro interior —prejuicio racial brutal, violencia sexual, abusos o pequeñas agresiones cotidianas— a lo largo de generaciones. Es un legado devastador. Con razón explotamos. Con razón somos reticentes en pedir ayuda. Los científicos que trabajan en el campo de la epigenética exploran si heredamos el trauma y teorizan sobre si las heridas psíquicas pueden ser transmitidas genéticamente de una generación a la siguiente.8 El científico Lawrence V. Harper de la Universidad Davis en California escribió lo siguiente en el Psychological Bulletin,