Dr. John E. Sarno

La mente dividida


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artículo en la edición de mayo del 2004 de la revista Natural History ilustra claramente las limitaciones de los hallazgos de laboratorio. El autor, Robert M. Sapolsky, profesor de biología y neurología, citaba un estudio publicado en la revista Science que consideraba extremadamente importante. Los investigadores siguieron a un grupo de niños de Nueva Zelanda desde los tres años hasta la edad adulta, identificando la incidencia de la depresión y comprobando que una proporción del grupo estudiado poseía un gen regulador de la serotonina conocido como 5-HTT. El papel de la serotonina en la depresión es bien conocido debido al extendido uso de medicamentos como el Prozac. Los investigadores correlacionaron la incidencia de dos variantes del gen 5-HTT con la depresión y encontraron que el hecho de heredar estos genes solamente aumentaba el riesgo de sufrirla. El gen «malo» no producía depresión en las personas que no habían padecido grandes tensiones y estrés. El autor concluía afirmando que «todos tenemos la responsabilidad de crear en­tornos que interactúen de manera benéfica con nuestros genes».

      Otro aspecto de este problema fue señalado por Stephen J. Gould, quien escribió en Natural History: «Un desafortunado pero infelizmente común estereotipo sobre la ciencia divide a la profesión en dos ámbitos de distinto estatus. Por un lado tenemos las ciencias ‘‘duras’’ o físicas que se ocupan de la experimentación y la predicción, y que funcionan con precisión numérica. Por otro lado, las ciencias ‘‘blandas’’, que se encargan de los complejos asuntos de la historia, deben suplir estas virtudes con una ‘‘mera’’ descripción sin números sólidos, y esto en un mundo confuso en que, en el mejor de los casos, tenemos la esperanza de explicar lo que no podemos predecir. La historia de la vida encarna todo el desorden de este segundo e infravalorado tipo de ciencia».

      Justo cuando este libro estaba siendo preparado para su publicación, en la edición de septiembre del 2005 de Proceedings of the National Academy of Sciences, apareció un estudio médico muy importante. Un equipo de investigadores de la Universidad de Wisconsin fue capaz de relacionar las zonas del cerebro implicadas en las emociones con un proceso inflamatorio que causa síntomas de asma. Como he mantenido que el asma es un trastorno mente-cuerpo, y un equivalente del SMT, ésta es una prueba importante de que las emociones pueden ser un factor crucial en la producción de trastornos mente-cuerpo. Pretendo comenzar un estudio similar, ya que es altamente probable que los cerebros de las personas con SMT presenten el mismo tipo de cambios.

      La neurociencia puede desempeñar un importante papel en identificar cómo funcionan los procesos mente-cuerpo. Si las emociones inconscientes pudiesen ser identificadas y medidas de manera objetiva, contaríamos finalmente con lo que serían considerados datos fidedignos para respaldar nuestras observaciones clínicas.

      El mundo de la mente inconsciente, como la historia de la vida, no puede ser estudiado exclusivamente por las ciencias duras. ¿Cómo puede uno identificar y cuantificar objetivamente los rasgos de la personalidad y las emociones que residen, por decirlo de alguna manera, en el inconsciente? La idea de que poderosas emociones inconscientes son las responsables de los trastornos mente-cuerpo está basada en el historial médico, en el conocimiento de la psique, en exámenes físicos, en deducciones lógicas y en experimentaciones terapéuticas. El éxito en el tratamiento le otorga validez al diagnóstico si uno está seguro de que no existe ningún efecto placebo.

      En lugar de ocuparse de esta caótica realidad, la ciencia médica contemporánea simplemente ha descartado todo el concepto de la medicina mente-cuerpo. Prefiere ocuparse de realidades mecánicas, mensurables y químicas antes que de los abstrusos fenómenos de la psicología. No quiere saber que son las emociones las que controlan las manifestaciones químicas y físicas que han identificado, y tiene la peligrosa idea de que el hecho de tratar la parte química va a corregir el trastorno. Este tratamiento puede en efecto modificar los síntomas, pero eso no es lo mismo que curar el trastorno.

      Además, uno tiene que hacer una distinción entre la investigación médica y la medicina clínica. Ambas disciplinas no están correlacionadas necesariamente. La investigación médica, sea cual sea su objeto de estudio, funciona según ciertas reglas. Por otro lado, la medicina clínica suele ser menos objetiva y sigue tendencias terapéuticas y de diagnóstico, pese a la falta de evidencias que confirmen su validez.

      Aunque los médicos deberían dar ejemplo de buen juicio y objetividad, a menudo son víctimas de los mismos prejuicios y de la misma ignorancia que tienen los legos sobre asuntos relacionados con la psicología. El grado de su ingenuidad psicológica, incluyendo el conocimiento inadecuado de su propia psique, es sorprendente, y produce un cierto miedo.

      Las consecuencias de este fracaso médico han sido catastróficas. Ha contribuido a producir las enormes epidemias descritas anteriormente y ha fomentado otras menores que antes casi no existían, como el latigazo cervical, el dolor de rodilla, el dolor de pie y el dolor de hombros. Se han desarrollado nuevas y costosas prácticas terapéuticas e industrias para tratar estos trastornos, haciendo improbable que se produzca un cambio hacia posiciones más ilustradas en el futuro próximo.

      Quiero dejar claro que conozco bastantes médicos que se preocupan mucho por sus pacientes y realizan un trabajo maravilloso, incluyendo los cirujanos. Son las estrellas del firmamento médico. Pero, debido al clima imperante en la medicina actual, la mayoría de ellos no puede hacer ni hará un diagnóstico psicosomático. La medicina mente-cuerpo es un mundo aparte y cuenta con muy pocos profesionales.

      Como señalé antes, la psiquiatría oficial no ha aceptado a la medicina psicosomática desde hace muchos años. El propio término psicosomático ha sido eliminado del Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disor­ders, Fourth Edition (DSM) (Manual de diagnóstico y estadística de los trastornos mentales) y sustituido por el término somatoforme. Es informativa la forma como el DSM trata este asunto. El párrafo introductorio define somatoforme de la manera siguiente:

      Las características esenciales de este grupo de trastornos son síntomas físicos indicativos de algún trastorno físico (de ahí la palabra somatoforme) para el cual no existe ningún hallazgo orgánico ni ningún mecanismo fisiológico conocido, pero sí claras evidencias, o una fuerte presunción, de que los síntomas estén relacionados con factores o conflictos psicológicos. A diferencia de los trastornos ficticios o de los fingimientos, la producción de síntomas en los trastornos somatoformes no es intencional, es decir, la persona no siente que controla su producción. Aunque los síntomas de los trastornos somatoformes son «físicos», los específicos procesos patofisiológicos implicados no son comprensibles o demostrables mediante los existentes procedimientos de laboratorio y son conceptualizados mediante construcciones psicológicas. Por esta razón son clasificados como trastornos mentales.

      Lo que es particularmente perturbador de este párrafo es que lo que afirma puede aplicarse muy bien a los síntomas histéricos, pero no a los trastornos psicosomáticos. Dos fragmentos son especialmente importantes: «síntomas físicos indicativos de algún trastorno físico (de ahí la palabra somatoforme) para el cual no existe ningún hallazgo orgánico ni ningún mecanismo fisiológico conocido» y «los específicos procesos patofisiológicos implicados no son comprensibles o demostrables mediante los existentes procedimientos de laboratorio» (la cursiva es mía).

      Estas dos afirmaciones nos llevan a la esencia del problema porque representan una opinión de la comunidad psiquiátrica y no una teoría científica. Para decirlo claramente, las opiniones de la psiquiatría respecto a la existencia o la inexistencia de los trastornos psicosomáticos son irrelevantes. Los psiquiatras no poseen los conocimientos necesarios en el campo de los trastornos físicos para poder opinar sobre si un determinado conjunto de síntomas representa un trastorno producido estructuralmente o uno psicosomático. La gente con síntomas físicos como el dolor de espalda o el reflujo gastroesofágico no va al psiquiatra. De modo que uno no alcanza a comprender cómo los que han escrito el DSM se han otorgado la prerrogativa de decidir que los trastornos psicosomáticos no existen, como lo han hecho en las últimas ediciones de esta obra de referencia tan consultada. Tiene tan poco sentido como que los dermatólogos decidieran arbitrariamente emitir opiniones sobre los trastornos neurológicos.