Cao Xueqin

Sueño En El Pabellón Rojo


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funcionarios oriunda de Huzhou [21] . Sus padres, que habían consumido el patrimonio familiar, murieron dejándolo solo en el mundo. Puesto que nada ganaba quedándose en casa encaminó sus pasos a la capital con la esperanza de lograr una posición y restaurar su fortuna. Hacía dos años que había llegado, y cuando hubo gastado todo su dinero decidió mudarse al templo, donde se ganaba precariamente la vida trabajando como pendolista. De ahí que Shiyin lo viera con frecuencia.

       Tras saludar a Shiyin le preguntó:

       —¿Qué mira parado en la puerta, señor? ¿Algo que ocurre en la calle?

       —Nada. Mi hijita lloraba, de manera que la saqué a jugar. Has llegado justo a tiempo, porque estaba empezando a aburrirme. Entra y ayúdame a pasar este largo día de verano.

       Ordenó a un criado que se llevara a la niña y condujo a Yucun a su estudio, donde un muchacho sirvió el té. Apenas habían intercambiado algunos comentarios cuando entró un sirviente para anunciar la llegada de un tal señor Yan.

       Shiyin se excusó diciendo:

       —Disculpa mi descortesía. ¿Te molestaría esperarme unos minutos?

       —Nada de formalismos, estimado amigo —dijo Yucun incorporándose—, soy un invitado habitual en su casa y no me importa esperar.

       Cuando Shiyin salió del cuarto, Yucun se dedicó a hojear algunos libros hasta que oyó a alguien toser en el jardín. Se acercó a la ventana y vio a una joven sirvienta recogiendo flores; tenía los ojos brillantes y las cejas llenas de gracia, y, aunque no era propiamente una belleza, su gran encanto hizo que Yucun la contemplara absorto. Cuando se disponía a marcharse con sus flores, la sirvienta levantó de pronto la mirada y vio a un hombre que, aunque mal vestido, era apuesto, con un rostro abierto de labios firmes, cejas como cimitarras, ojos como estrellas, nariz recta y mejillas agradablemente curvadas. Se volvió pensando: «A pesar de sus harapos es un hombre de buen porte. Debe tratarse de Jia Yucun, del que mi señor habla todo el día y al que con gusto ayudaría si se le presentase la ocasión. Sí, ciertamente debe tratarse de él, nuestra familia no tiene otros amigos pobres. Con razón dice mi señor que es el tipo de hombre que no permanecerá mucho tiempo en su situación». No pudo resistir la tentación de volver a mirarlo un par de veces, lo que llenó de júbilo a Yucun, quien pensó que la muchacha se había prendado de él y que tenía buen juicio y era una de las pocas personas que podían apreciar su valor más allá de su mísero aspecto.

       En ese momento volvió el sirviente e informó a Yucun de que el inesperado visitante se quedaría a cenar, lo que hacía inútil su espera. Se marchó por un corredor que conducía hasta la puerta lateral. Cuando también se hubo marchado el señor Yan, Shiyin no volvió a llamar a Yucun.

       Llegó la fiesta del Medio Otoño [22] y, tras la cena familiar, Shiyin hizo colocar otra mesa en su estudio y fue paseando bajo la luz de la luna hasta el templo para invitar a Yucun.

       Desde aquel día en que la doncella de los Zhen se volvió para mirarlo, Yucun se complacía pensando en su aprecio y le dedicaba sus pensamientos constantemente. Contemplando la luna llena, volvió a evocarla e improvisó el siguiente poema:

       No sé si ocurrirá lo que deseo;

       a menudo me toma la tristeza.

       Me frunce el ceño la melancolía,

       pues volvió su camino para verme.

       Sombra soy en el viento, y me pregunto

       si ella será quien me acompañe siempre.

       Si viene a tocarme la luz de la luna,

       que lleve mi amor a su pabellón.

       Cuando lo hubo recitado, Yucun se revolvió el cabello y, suspirando al pensar en lo mucho que faltaba para poder ver realizadas sus ambiciones, declamó el siguiente pareado:

       El jade del cofre quiere un buen precio alcanzar,

       el alfiler del joyero muy alto espera volar [23] .

       Shiyin, que llegaba en ese preciso momento, lo oyó con claridad y, bromeando, le dijo:

       —Veo que tienes grandes ambiciones, hermano Yucun.

       —Nada de eso, no aspiro a tanto —respondió Yucun algo incómodo—. Simplemente recitaba versos antiguos. ¿A qué se debe el placer de esta visita?

       —Esta noche es el Medio Otoño, comúnmente conocido como la fiesta de la Reunión, y pensé que te sentirías muy solo en este templo. En mi humilde casa tengo un poco de vino y me pregunto si aceptarías compartirlo conmigo.

       Yucun no necesitaba mayor aliento:

       —Oh señor, su bondad conmigo es excesiva. Nada me gustaría más.

       Y se encaminaron hacia el patio delantero, frente al estudio de Shiyin. Pronto terminaron con el té y pasaron a catar vinos y degustar platos selectos. Primero bebieron pausadamente, pero con la charla fueron elevándose sus espíritus y se volvieron audaces. De todas las casas del vecindario llegaban sonidos de flautas y cuerdas, y por todas partes se oían canciones. Y, sobre todo ello, la luna brillaba en todo su esplendor. Copa tras copa, fue creciendo la alegría de los dos hombres.

       Yucun, casi borracho, no pudo contener su euforia e improvisó un cuarteto a la luna:

       El día quince la luna llena

       baña con luz pura las balaustradas de jade.

       Cuando surca los cielos su luminosa esfera,

       alzan su mirada los hombres de la tierra.

       —¡Excelente! No creo que dure siempre tu actual pobreza. Estos versos tan buenos auguran un rápido progreso. Pronto estarás caminando sobre nubes. Permíteme felicitarte —exclamó Shiyin llenando otra copa.

       Yucun la bebió de un trago y después suspiró.

       —No crea usted que son incongruencias de borracho —dijo—. Estoy seguro de que si tuviera ocasión saldría airoso en los exámenes oficiales, pero no tengo dinero para el viaje y la capital está lejos. Mi trabajo de pendolista no me permite reunir bastante.

       —¿Por qué no me lo dijiste antes? —exclamó Shiyin—. A menudo he pensado en el asunto, pero ya que nunca lo mencionabas no quise ser yo quien abordase el tema. Ser un hombre de pocas luces no me impide saber lo que se le debe a un amigo. Afortunadamente las próximas oposiciones provinciales tendrán lugar este año; debes trasladarte a la capital cuanto antes y dar muestra de tus conocimientos en la prueba primaveral. Para mí será un privilegio correr con los gastos del viaje y aun con otros que puedan surgir.

       Y a renglón seguido mandó traer unos cincuenta taeles de plata y dos juegos de ropa para el invierno.

       —El diecinueve es un buen día para viajar [24] —prosiguió Shiyin—. Puedes alquilar un sampán y emprender el camino hacia el oeste [25] . ¡Qué feliz seré cuando te vuelva a ver el próximo invierno, alcanzadas ya las encumbradas cimas!

       Yucun aceptó el dinero y la ropa con unas reverencias formales de agradecimiento, y sin añadir más sobre el asunto siguieron bebiendo y conversando. Estuvieron juntos hasta la tercera vigilia [26] , momento en el que Shiyin despidió a su amigo y volvió a su cuarto, donde durmió hasta muy entrado el día. Al despertar recordó lo convenido durante la noche y se puso a escribir dos cartas de presentación de Yucun para algunos amigos funcionarios de la capital que podrían alojarlo.

       Mandó a un sirviente que avisara a Yucun, pero aquél volvió con el siguiente