Loli Curto

Macrobiótica I


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patología concreta, la adoptan como la manera habitual de alimentarse, bus­cando así el equilibrio que necesita el organismo. Es similar a practicar un método, una medicina preventiva o, mejor aún, una sana y armónica forma de pensar y comprender nuestra existencia dentro del proceso universal, así como un estilo de vida y nutrición.

      La Macrobiótica es una síntesis que engloba varios mé­todos: la filosofía oriental, la medicina oriental, el yin y el yang, los cinco elementos, el diagnostico morfológico, téc­nicas de ejercicio y respiración como do-in y shiatsu, y la die­tética oriental o la alimentación equilibrada. Esto último hace mención a si entendemos como equilibrio el justo ba­lan­ce entre el ácido y alcalino en el pH de la sangre, como diríamos en Occidente, o en el concepto oriental el ying y el yang de la energía. La cocina equilibrada está basada en to­dos los criterios anteriores unificados y llevados a la practica en tres áreas:

      a) El conocimiento de la constitución original de cada persona, es decir, la herencia genética que marca la dinámica de sus estructuras.

      b) La condición adquirida por la climatología del lugar más la alimentación llevada a cabo hasta el momento presente.

      c) La dieta que compensa y mantiene los excesos y deficien­cias producidos en nuestro sistema anterior hasta el mo­mento de iniciar el cambio propuesto aquí.

      Muchos de los problemas de salud que padecemos tienen su origen en la errónea selección, combinación, procesos de elaboración y cocción/preparación de los alimentos que uti­li­zamos, así como en la pobre digestión y no absorción o asi­milación de los alimentos, además de los procesados y adi­tivos químicos, tóxicos, que suelen llevar incorporados sin que nos demos cuenta. Como puedes ver, la cadena de erro­res que podemos llegar a cometer por desconocimiento es muy larga.

      Nuestro organismo desarrolla mecanismos y procesos para compensar esta mala nutrición, que conocemos como «enfermedades» o desequilibrios. Por tanto, cualquier medi­camento o producto, sea cual sea su origen, poco puede hacer contra ellas si no se soluciona el problema de base, es decir, la «causa» que los produce y que inicia todos esos procesos en negativo, en contracorriente de la bioenergía que circula por todos nuestros canales o Qi. Lo que comemos es, de he­cho, la fuente y el origen de la energía que hace mover todas las áreas de nuestro cuerpo, nuestras emociones, nuestra men­te y la totalidad de nuestro ser. El combustible del cuerpo es el Qi.

      Para la medicina oriental tradicional, la enfermedad fí­si­ca es la última manifestación sintomática de antiguos desequilibrios, deficiencias, estancamientos o bloqueos y otras dis­funciones crónicas en el sistema o mapa energético que recorre el organismo humano. Solo se resuelven restauran­do el fluir de la energía por la red de canales, como si de un sistema eléctrico se tratara, de acuerdo con el entorno electromagnético que dinamiza la energía.

      Es importante saber que al hablar de desequilibrios no solo nos referimos a aquellos elementos que afectan físicamente al cuerpo, pues según este concepto taoísta, el cuerpo físico es el vehículo que aglomera varias estructuras energé­ticas que llamamos pensamientos o cuerpo mental, emocio­nal o astral, espiritual…

      Todos los niveles o cuerpos, de abajo arriba o a la inver­sa, están interconectados, unidos por puntos de fusión que los vinculan, y se autorregulan, retroalimentan y dependen unos de otros, aunque no seamos conscientes.

      Además de todo lo anterior, tenemos otro método que po­demos aplicar de manera sencilla para saber si lo que se dice es cierto o no: probándolo y observando los resultados. Pero, como he dicho antes, no todos estamos predispuestos a re­nunciar a nuestros hábitos y a probar disciplinas nuevas. Lo más fácil es creer ciegamente a los personajes públicos por los que tenemos simpatía, que carecen de formación, expe­riencia y conocimiento del tema, pero que nos proponen productos facilísimos de conseguir. Esas propuestas son una publicidad que los beneficia y no hay ningún rigor científico detrás de ellas.

      Pondré un ejemplo: un batido de plátano con leche para desayunar, con la coletilla añadida de que tiene muchas vi­ta­minas y demás, y de que «va bien» para tal o cual cosa. Yo te reto a probarlo una temporada y a comprobar los resultados.

      A veces solo con observar los objetivos, estos ya nos ha­blan de la fuente. Lo primero que deberíamos hacer es co­no­cer cuál es la intención de lo que nos están recomendando: vender un producto, hacer publicidad de un personaje, ven­der un libro sobre alimentación escrito por un autor no ex­per­to, rellenar un espacio publicitario… Saber cuál es el objetivo nos dará la respuesta para deducir qué tipo de in­for­mación nos están trasmitiendo y comprobar su fiabilidad. En los últimos años todo el mundo habla de alimentación y salud sin tener ni idea, ya que está de moda.

      Otra pauta clave que siempre debes tener en cuenta es que el buen profesional te dirá lo que debes abandonar o evi­tar por producir una reacción agre­si­va para tu salud, mientras que el aficionado, por su parte, siempre te re­co­mendará o ven­derá algo. Puedo decir que el organismo humano casi siem­pre mejora cuando le quitas lo que no funciona más que cuando incorporas un producto recomenda­do para todos, que seguramente tampoco funciona. En este caso, como en la mayoría de ellos, «menos es más».

      Una de las causas que ha añadido más «caos» en la informa­ción es la existencia de internet. La facilidad con la que cual­quier persona, sin necesidad de ser profesional, puede acceder y dedicarse a dar consejos es una parte importante de este maremágnum. En la red podemos encontrar cualquier tipo de información, puesto que prácticamente está todo, aunque también es cierto que hay muchos temas y disciplinas de los que no hay nada publicado todavía.

      La información de fácil acceso, que aparece a la primera sin tener que buscar, suele ser estándar y proceder de la in­dustria alimentaria. En el campo de la salud, la alimentación y la medicina, se presenta siempre como una teoría genérica estandarizada sin ninguna precisión particular, que parte de unos valores también genéricos. No puede funcionar porque ningún organismo presenta una situación idéntica a la de otro. Sin previo sondeo o diagnóstico, nadie puede saber lo que te conviene a ti en particular.

      La información más contrastada y de mayor fiabilidad sue­le estar más oculta, ser de más difícil acceso, por lo que tie­nes que saber del tema para localizarla. Y si buscas la más fiable, según mi experiencia, puedes pasarte horas e incluso días batallando en internet hasta dar con ella. Suelen ser tra­bajos de investigación rigurosamente presentados, cuyos tí­tulos son relativos a la química y la bioquímica, referentes a sustancias concretas. Se trata de tesis elaboradas por grandes profesiona­les que han experimentado al máximo sobre un tema específico y que publican hasta el más minucioso deta­lle de sus resultados..

      Como conclusión, cuando hayamos encontrado una in­formación correcta, para poder diferenciar al profesional del que no lo es hemos de decidir si nos lanzamos a probar esas propuestas o no. Sobre todo, porque, aunque la información sea correcta y de primera categoría, no deja de ser muy ge­neralizada y no sabemos si nosotros en particular tenemos esa necesidad. Pero también tenemos que saber si nuestro or­ganismo está capacitado para recibir esos alimentos o pro­ductos sin alterarse. No conocemos previamente cuál va a ser la reacción de nuestro estómago, hígado, páncreas, intestino…, si realmente les va a aportar beneficios o, por el con­trario, les va a perjudicar. Esa es la clave: saber si nos hace falta o no un alimento, producto, suplemento o medicamen­to; poder saber previamente si nos beneficia o perjudica en particular, no al resto del mundo.

      Por eso incluyo en este libro un capítulo centrado en los antinutrientes, es decir, todas las restricciones que hoy sabe­mos de forma segura, concreta y demostrada científicamen­te acerca de las sustancias tóxicas que llevan incorporadas de forma natural la mayoría de alimentos, por no decir todos. También añadiré a la lista de propiedades de algunos produc­tos macrobióticos el concepto de contraindicaciones