Loli Curto

Macrobiótica I


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      La energía nunca va a permanecer estática, de la misma forma que los seres humanos no podemos dejar de producir un movimiento continuo. La dificultad para comprender to­dos y cada uno de los movimientos de los diferentes niveles de energía que recorren nuestro organismo a través de la com­plejidad algorítmica de los circuitos o canales es la que nos impide saber cómo se genera en nosotros cada emoción.

      Emoción significa etimológicamente «mover hacia», «re­mover», «sacar», «retirar», y la más completa raíz de la pala­bra expresa «sacar de donde aparentemente no hay». Esta descripción alude a la sutileza de las dos energías que inter­vienen o dan vida a cada emoción. Se considera «donde no hay» porque, en realidad, aparentemente para cualquier ob­servador resultan inexistentes, ya que no se vinculan a ningu­na acción específica voluntaria. Emoción es igual a energía en movimiento.

      Cada emoción tiene una vibración y una frecuencia di­ferentes. ¿Qué es lo que hace que esta vibración y esta fre­cuen­cia sean distintas en cada momento y para cada persona? La respuesta según la medicina oriental es: los diferentes ali­men­tos y la forma personal de consumirlos. Estos actúan de for­ma bioquímica en nosotros y producen reacciones que ex­pe­rimentamos sin darnos cuenta de cuál es el origen que genera ese proceso, y tampoco nos percatamos de que esté relacionado con nuestra alimentación, ya que lo realizamos de forma automática, repetitiva e inconsciente. Esto dificul­ta la observación objetiva de dicho proceso, que además es una síntesis de otra síntesis.

      Las emociones son manifestaciones fisiológicas que se presentan de forma alterna a lo largo del día, son los tipos de cambios emocionales que tiene el ser humano. Además, se consideran también las respuestas objetivas del cerebro ante los estímulos ambientales externos que nos rodean en todo momento. En la terapia dietética macrobiótica orien­tal se utilizan los sabores de cada alimento para producir los cam­bios energéticos en los órganos que nos interesan, ya que se considera que los patrones electromagnéticos de los ali­mentos en realidad son los que producen todas estas reacciones.

      La emoción se produce con cada respiración, al unirse las sus­tancias sutiles que transporta el aire, como oxígeno e hi­dró­geno, y la síntesis de lo que llamamos en medicina orien­tal la «energía alimentaria», Gu Qi o síntesis de los ali­mentos. Esta energía es la que aporta el resultado final o sín­tesis de todos los procesos que realiza el organismo uti­lizando como base lo que hayamos comido unas horas antes. Al juntar los procesos bioenergéticos y electromagnéticos de la parte in­ferior del cuerpo físico con los de la parte su­perior que pro­ceden del aire, el sol y la luz, justo en ese mis­mo instante, al mezclarse y chocar esas dos energías a la altura del esternón, aparece una nueva energía que llama­mos emoción.

      Los alimentos entran por la boca y pasan al estómago, don­de se descomponen para pasar al bazo, que es el órgano encargado de transformarlos en energía Gu Qi. La energía del bazo asciende hacia el tórax, se mezcla con el oxígeno y se une a la respiración, aportando una síntesis de la calidad más pura de los nutrientes que hemos ingerido o de los an­ti­nu­trien­tes tóxicos, si es lo que hemos introducido en nues­tro es­tómago. A partir de esta síntesis en positivo o en ne­gativo se crea la emoción y pasa al corazón para formar la sangre, al jun­tarse con el Yuan Qi del riñón. Por eso la emoción está vinculada al corazón, no al cerebro. Y se producirán emo­cio­nes positivas si los alimentos ingeridos pueden crearlas, y ne­gativas cuando no ha habido absorción de nutrientes porque el alimento está desnaturalizado, es de mala calidad nutricio­nal o tóxico.

      Lo que de tu lengua sale del corazón proviene.

      MATEO 15,18

      Podemos experimentar que, al seleccionar mejor los ali­mentos que vamos a utilizar según nuestras necesidades, ex­cesos y deficiencias o desequilibrios, nuestras emociones cambian y se sostienen con cada respiración que realizamos. Las emociones se producen en el tórax al colisionar las dos energías, la de arriba o del cielo y la de debajo o de la tierra, de forma intermitente y constante.

      De alguna manera se puede afirmar que las emociones son y forman parte de los síntomas claros y contundentes de lo que llamamos nuestra salud física, tanto en positivo como en negativo, y se puede influir sobre ellas y modificar­las a nues­tra conveniencia si se analiza con detenimiento el estado del órgano específico que las genera y con el que están directa­mente relacionadas. Esas emociones o pensa­mientos pode­mos contrarrestarlos con una alimentación adecuada para producir e intervenir en esta situación de cam­bio a nuestro favor.

      Cada una de las emociones que experimentamos tanto en positivo como en negativo provienen de la relación direc­ta entre los alimentos que hemos seleccionado en nuestra dieta, la forma de procesarlos, el tropismo que llevan incorpo­rado, los mecanismos de termorregulación y el estado de cada uno de nuestros órganos, la calidad del agua que inge­ rimos y, por último, la calidad de la atmosfera del entorno que respiramos.

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      Un ejemplo es la necesidad y la utilización que hace la so­ciedad de los estimulantes o los psicotrópicos, como al­cohol, tabaco, café o cualquier otra droga. Para poder cam­biar sus emociones rápidamente, las personas necesitan esas sus­tan­cias, aun sabiendo que destruyen su salud, porque no en­cuen­tran otra forma de poder cambiar sus emociones. Estas sustancias, al igual que los alimentos que entran por la boca o la nariz, se unen a la respiración inmediatamente y, en cuestión de segundos, la emoción cambia totalmen­te. Sin te­ner que hacer nada más que ingerirlas, experimentamos emo­ciones de alegría que nos relajan, activan o evaden según nues­tras preferencias y necesidades. Por eso las consumimos y, sin saberlo, seleccionamos las que nos pro­ducen las emo­ciones que queremos experimentar. Esto de­muestra que las sustancias alimentarias o complementarias a los alimen­tos que ingerimos producen nuestras emociones.

      EL RESULTADO DE LAS EMOCIONES

      Cada emoción produce una reacción neuronal a la que nues­tra mente racional reacciona instantáneamente, y esta la in­terpreta inmediatamente con nuestro sistema cognitivo y le vincula un pensamiento, que en ese preciso instante es atraído por nuestro sistema neuronal, nuestra mente ra­cional, hacia nosotros por polaridad magnética. Es decir, un polo se halla dentro de nosotros y se ha generado con to­dos los re­sultados de lo que hemos comido unas horas an­tes actuan­do como captador, y fuera, en nuestro campo de respiración, se encuentran esas formas de pensamiento que nosotros pode­mos atraer en función del polo creado en nues­tro interior.

      Polo positivo atrae a polo negativo y a la inversa, así se funden en esa unión y los llamamos «nuestros» pensamien­tos, cuando en realidad lo único que es nuestro es la emoción que hemos creado sin saber cómo. Esta es la que da vida a ese tipo específico de pensamiento que atraemos hacia nosotros, a nuestro campo de respiración personal.

      Como conclusión, me gustaría indicar que la emoción da vida, atrae o crea el pensamiento, y no al revés. De forma cla­ra para la etiología oriental, primero existe la emoción y luego esta crea o atrae al pensamiento que le es afín o que está en sin­tonía con ella.

      Según la neurociencia, los millones de neuronas de nuestro cerebro configuran el esquema de nuestros pen­samientos, pero sabemos que, si no introducimos nuevos conceptos y formas de pensamiento, nuestro sistema tiende a la repetición y a la reducción de pensamientos en círculos cerrados. Esta es la situación más habitual porque siempre so­lemos consumir los mismos alimentos que nos gustan de la misma forma y a las mismas horas, creando así un circui­to cerrado sin posibilidad de cambio.

      Las sustancias bioquímicas llamadas neurotransmi­so­ras son las que realizan las conexiones. Es de vital impor­tancia el estado bioquímico correcto