Cao Xueqin

Sueño En El Pabellón Rojo


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su estudio no había sido más que el gesto cortés del hijo de un noble y rico duque, y por tanto se olvidó de él con rapidez. Al volver aquella noche del palacio del príncipe de Pekín, presentó sus respetos a su abuela y a su madre, y se retiró al jardín, donde se despojó de su traje ceremonial y esperó su baño.

      Resultó que a Xiren la había llamado Baochai para que la ayudase a trenzar unos botones; Qiuwen y Bihen habían salido a urgir a los criados para que trajeran el agua; Tanyun había pedido permiso por ser el aniversario de su madre, y Sheyue estaba enferma en su casa. Las otras doncellas, que hacían las tareas más pesadas, no habían esperado que las llamaran y habían salido en busca de sus amistades. Por un momento, Baoyu quedó completamente solo, y ése fue el momento en el que le apeteció beber té. Llamó varias veces hasta que llegaron dos o tres amas, a las cuales despidió inmediatamente diciendo:

      —No las necesito.

      Las ancianas tuvieron que retirarse.

      Como no estaba ninguna de las muchachas, Baoyu tomó él mismo un tazón y se dirigió hacia la tetera.

      —No se vaya a quemar, señor Bao. Déjeme hacerlo a mí —dijo una voz a sus espaldas.

      Una muchacha se adelantó y cogió el tazón. La súbita aparición de la chica asustó a Baoyu.

      —¿De dónde has salido tú? —preguntó—. ¡Vaya susto me has dado!

      Entregándole el té, ella contestó:

      —Estaba en el patio trasero. ¿No me oyó entrar, señor Bao?

      Baoyu la observó mientras sorbía el té. Su ropa no era nueva, pero se veía sumamente dulce y bella, con su hermoso cabello negro recogido en un moño, su rostro ovalado y su estampa esbelta y armoniosa.

      —¿Trabajas aquí? —preguntó él con una sonrisa.

      —Sí.

      —¿Y cómo no te he visto nunca?

      La doncella rió con tono burlón.

      —Usted no nos ha visto a muchas de nosotras. No soy la única. ¿Cómo me iba a conocer? Yo no le llevo o le traigo cosas ni lo atiendo personalmente.

      —¿Y por qué?

      —¡Vaya pregunta! Pero tengo que informarle de algo, señor. Ayer vino a verlo un caballero llamado Yun. Le dije a Beiming que lo despidiera, ya que usted estaba ocupado, pero le pedí que volviera esta mañana. Cuando vino, usted ya había salido a visitar al príncipe de Pekín.

      En ese preciso momento llegaron tambaleándose Qiuwen y Bihen, riendo y charlando, sosteniendo en alto sus faldas y cargando entre las dos un balde del que salpicaba el agua. La otra doncella corrió a ayudarlas.

      —¡Me has mojado la falda! —dijo Qiuwen a Bihen, quejándose.

      —¡Y tú me has pisado el pie! —replicó Bihen.

      Al mirarla reconocieron a la doncella que había aparecido tan bruscamente: era Xiaohong. Sorprendidas, dejaron el balde y entraron corriendo en el pabellón. Les molestó mucho encontrar solo a Baoyu. En cuanto le hubieron preparado el baño y desnudado, cerraron la puerta y fueron a la parte de atrás en busca de Xiaohong.

      —¿Qué hacías allí? —le dijeron increpándola.

      —No estuve adentro —protestó ella—. Había perdido mi pañuelo y lo buscaba por la parte de atrás cuando oí al señor pedir té. Como ninguna de vosotras estaba allí, fui yo misma a servírselo. Justo en ese momento aparecisteis.

      —¡Putilla desvergonzada! —la insultó Qiuwen escupiéndole a la cara—. Te dije que fueras a urgir a los que debían traer el agua, pero tú me dijiste que estabas ocupada y nos hiciste ir a nosotras. Entonces aprovechaste la oportunidad para atenderlo tú misma. Estás escalando posiciones, ¿no? ¿Piensas que no somos competencia para ti? Pues mírate en el espejo. ¿Acaso eres digna de servir el té al señor Bao?

      Bihen intervino:

      —Mañana diremos a las otras que si el señor necesita té, agua o cualquier otra cosa, no necesitamos movernos: ella se encargará.

      Seguían turnándose los insultos y los exabruptos cuando llegó una vieja ama con un mensaje de Xifeng: «Mañana vienen unos jardineros a plantar árboles, así que debéis tener cuidado. No pongáis vuestra ropa al sol ni dejéis las faldas por cualquier sitio. Todas las colinas artificiales serán cubiertas con biombos, y nadie debe andar por allí».

      —¿Quién va a supervisar el trabajo de los jardineros?

      —El señor Yun, el de la calle de atrás.

      El nombre no les dijo nada ni a Qiuwen ni a Bihen, que siguieron preguntando; pero Xiaohong supo enseguida que debía tratarse del caballero que había conocido el día anterior en el estudio.

      Aunque su apellido era Lin y su nombre de infancia Hongyu [4] , a Xiaohong, que ese año cumplía los dieciséis, la llamaban así para evitar el carácter Yu que también figuraba en los nombre de Daiyu y Baoyu. Su familia había servido a los Jia durante generaciones, y su padre estaba a cargo de varias haciendas y propiedades. Cuando fue destinada al jardín de la Vista Sublime se le asignó el patio Rojo y Alegre, que había sido un lugar agradable y tranquilo hasta que Baoyu y sus doncellas ocuparon aquellos aposentos. Xiaohong, en su simpleza, se propuso escalar posiciones en el mundo valiéndose de su buena apariencia, y durante mucho tiempo había tratado de llamar la atención de Baoyu; sin embargo, las otras doncellas le impedían destacar. Aquel día consideró que había llegado su oportunidad, pero la malévola intervención de Qiuwen y Bihen había hecho que sus esperanzas se desvanecieran. Se sentía muy mal cuando en eso llegó el ama anunciando la venida de Jia Yun y los jardineros. La noticia le metió en la cabe za una nueva idea y, desalentada, regresó a su cuarto a madurarla. Mientras daba vueltas en la cama, una voz la llamó suavemente por la ventana.

      —¡Xiaohong! He encontrado tu pañuelo.

      Salió corriendo a ver de quién se trataba. Era Jia Yun.

      —¿Dónde lo encontró, señor? —preguntó turbada.

      —Ven aquí y te lo diré —contestó Jia Yun riéndose.

      Y acto seguido intentó atraparla. Ella se dio la vuelta y echó a correr, pero al tropezar en el umbral despertó de pronto. ¡De manera que sólo había sido un sueño!

      Si quieren saber lo que pasa se explicará en el siguiente capítulo.

      Capítulo XXV

      Dos cuñados son poseídos por cinco demonios

      invocados mediante ritos de brujería.

      En un sueño reparador, el Jade Precioso

      se encuentra con los dos inmortales.

      Sumida en sus ensueños de amor, Xiaohong dormitaba. Cuando Jia Yun intentó atraparla ella huyó, pero al tropezar en el umbral despertó bruscamente y comprendió que todo había sido un sueño. Se pasó la noche dando vueltas en la cama sin poder dormir hasta que, al amanecer, otras doncellas la llamaron para que ayudase a barrer los cuartos y traer el agua. No se aseó ni maquilló; sólo se lavó las manos y se alisó descuidadamente el cabello ante el espejo. Luego se ciñó un cinturón y salió a trabajar.

      Al verla el día anterior Baoyu se había sentido impresionado, aunque se abstuvo de reclutarla inmediatamente para su servicio personal por no desairar a Xiren y las otras doncellas. Por otra parte, no había manera de saber cómo se comportaría la muchacha. Habría actuado bien si el comportamiento de Xiaohong resultaba satisfactorio; pero, en caso contrario, despedirla resultaría penoso. Así pues, se levantó de mal humor y allí se quedó, cavilando sobre el asunto, sin preocuparse de su aseo personal.

      Se abrieron los postigos y, a través de la gasa de las ventanas, pudo ver claramente a unas doncellas barriendo el patio. Allí estaban