la suya con la mirada fija en el suelo, echando chispas por el mal trato, cuando tropezó con un borracho. Jia Yun se sobresaltó, y a su vez el tipo maldijo:
—¡Jode a tu madre! ¿Es que estás ciego para darme semejante empellón?
Jia Yun quiso apartarse a un lado, pero, antes de que pudiera hacerlo, el borracho ya lo había agarrado. Al observarlo más de cerca, Yun reconoció a su vecino Ni Er, un rufián que vivía de la usura y de sus ganancias en los garitos. Siempre andaba bebiendo y metido en broncas. Precisamente acababa de cobrar los intereses a un moroso y regresaba a su casa tambaleándose cuando tropezó con Jia Yun. Con ganas de camorra, levantó un puño amenazador.
—¡Detente, viejo! —exclamó Yun—. ¡Soy yo!
La voz le resultó familiar al borracho, que, a través de sus ojos turbios, reconoció a Yun y lo soltó sin dejar de tambalearse.
—¡Pero si es el señor Jia! —exclamó—. ¡Merezco que me parta un rayo! ¿Dónde va?
—No me hables. ¡No me he sentido tan despreciado en toda mi vida!
—¡No hay problema! Dígame quién lo ha maltratado, que yo le ajustaré las cuentas. Si hay alguien, en cualquiera de las tres calles o los seis pasajes, que se atreva a ofender a un vecino del Diamante Borracho, yo mismo me ocuparé de que sus parientes sean diezmados y arrasado su hogar.
—Cálmate, viejo, y escúchame.
Jia Yun le describió el trato que había recibido de su tío Bu, y Ni Er se indignó mucho.
—¡Si no se tratara de su tío, puede estar seguro de que no me limitaría a maldecirlo! Pero no se preocupe. Tengo aquí unos cuantos taeles de plata; si quiere comprar algo, cójalos, pero le pondré una condición: hemos sido vecinos durante todos estos años, y todo el mundo sabe que soy un prestamista; a pesar de eso, usted nunca ha venido a pedirme nada. No sé si es que no quería ensuciarse las manos tratando con un rufián como yo, o si temía verse atrapado en el pago de unos intereses demasiado altos. Si se trata de eso, no quiero ningún interés por este préstamo. Ni tampoco un pagaré. Ahora bien, si teme rebajarse aceptando mi dinero abandonaré la pretensión de prestárselo y seguiremos cada cual nuestro camino.
Y diciendo esto se sacó del bolsillo un paquete de plata.
Jia Yun pensó: «Ni Er es un bribón, pero tiene fama de dadivoso y de apoyar resueltamente a sus amigos. Sería un error disgustarlo rechazando el dinero que me ofrece. Lo tomaré y más tarde le devolveré el doble.» Y le dijo:
—Yo sé que eres una buena persona. En realidad, varias veces estuve a punto de ir a verte, pero temí que no hicieras caso a un inútil como yo, puesto que todos tus amigos son gente resuelta y capaz, y pensé que si te pedía un préstamo me lo negarías. La generosidad que demuestras me impide rechazar tu ofrecimiento. En cuanto llegue a mi casa te haré llegar un pagaré.
—¡Qué bien habla! —dijo Ni Er retorciéndose de la risa—. Pero yo no estoy dispuesto a seguir escuchando semejantes despropósitos. Usted acaba de pronunciar la palabra «amigos». ¿Cómo podría cobrarle intereses a un amigo? Basta de cháchara. Como usted no me desprecia y estos quince taeles con treinta centavos son una suma irrisoria, tómelos para comprar lo que necesite. Si insiste en firmarme un pagaré, entonces no le regalaré el dinero, sino que lo prestaré a otros que sí me pagarán intereses.
—De acuerdo —dijo Jia Yun aceptando el paquete de plata—. No volveré a hablar del pagaré, así que no te enojes.
—¡Éstas sí que son palabras dignas de usted! Ya ha oscurecido, así que no le invitaré a un trago porque tengo asuntos que atender. Será mejor que vuelva a su casa. Le pido que se tome la molestia de decirle a mi familia que cierre temprano y se recoja, que no iré a dormir esta noche. Si surgiera algún asunto urgente, que mi hija me busque por la mañana. Me encontrarán con Wang Piernas Cortas, el tratante de caballos.
Dicho lo cual, continuó su vacilante marcha.
Perplejo por su golpe de suerte, Jia Yun pensó: «¡Qué personaje este Ni Er! Pero ¿qué sucederá si tanta generosidad sólo es producto de la borrachera? Supongamos que mañana, cuando esté sereno, me pide un interés del cien por cien…». La idea le preocupó por unos momentos, pero luego decidió: «Bah, no importa; en cuanto consiga ese cargo en la mansión Rong podré pagarle el doble».
Llevó la plata a un cambista para que la pesara, y descubrió con alegría que Ni Er era honesto y que, en efecto, allí había quince taeles con treinta y dos centavos. Corrió a transmitir el mensaje de Ni Er a su esposa y luego se encaminó a su casa, donde encontró a su madre aspando hilo sentada sobre el kang.
—¿Dónde has pasado el día? —le preguntó.
Para no irritarla, obvió la visita a su tío Bu.
—Estuve en la mansión del Oeste esperando al tío Lian —le contestó—. ¿Ya ha cenado?
—Sí, y he guardado para ti.
Ordenó a la doncella que le trajera la cena. Ya era la hora de encender las lámparas, y Yun se fue a la cama en cuanto acabó de comer.
A la mañana siguiente, apenas se hubo levantado y vestido, fue a una perfumería extramuros de la puerta sur y compró almizcle y alcanfor de Borneo que luego llevó a la mansión Rong. Se aseguró de que Jia Lian no estaba, y se dirigió a la parte de atrás, donde se ubicaba el patio de sus aposentos. Unos pajes estaban barriéndolo con unas escobas de mango largo. En ese momento apareció la esposa de Zhou Rui.
—No barráis más —dijo a los pajes—. Ya va a salir la señora.
Dando un paso adelante, Jia Yun preguntó:
—¿Dónde va la segunda tía?
—La ha mandado llamar la Anciana Dama —contestó la señora Zhou—. Supongo que cortarán juntas algunas telas.
Inmediatamente apareció Xifeng rodeada por un tropel de criadas. Informado de su debilidad ante el halago y las ceremonias, Jia Yun avanzó respetuosamente, la saludó con gran boato y preguntó por su salud. Pero Xifeng apenas le dirigió la mirada, preguntándole de corrido cómo estaba su madre y por qué ella nunca visitaba la mansión.
—No se encuentra muy bien, tía. A menudo piensa en usted y le entran ganas de venir, pero luego no consigue salir de casa.
Xifeng se echó a reír.
—¡Qué embustero eres! Nunca habrías dicho eso si yo no hubiera preguntado por ella.
—¡Que me parta un rayo si me atrevo a mentir a mis mayores! —protestó Jia Yun—. Anoche mismo estuvo hablando de usted. Me dijo: «Tu tía es tan delicada… pero mira todo el trabajo que le cae encima; no sé de dónde saca las energías para administrarlo todo tan bien. Cualquier persona menos eficiente quedaría agotada».
Como era de esperar, una sonrisa de delicia iluminó el rostro de Xifeng, que detuvo su paso.
—¿Y a cuento de qué, si se puede saber, os dedicáis tu madre y tú a hablar de mí a mis espaldas?
—Hay una razón, tía —contestó Yun—. El caso es que uno de mis mejores amigos, propietario de una tienda de perfumes, se ha hecho con un cargo de subprefecto asistente y acaba de ser destinado a un puesto en las inmediaciones de Yunnan. Como se marcha allí con toda su familia ha decidido cerrar el comercio, y en los últimos días ha estado revisando su almacén, regalando algunas cosas, vendiendo otras muy baratas, y reservando lo más valioso para sus parientes y amigos. Así es como me hice con un poco de almizcle y de alcanfor de Borneo. Mi madre y yo hemos coincidido en que su venta no nos reportaría una ganancia adecuada, ya que no hay gente dispuesta a gastar tanto dinero en estas cosas. Hasta las familias más ricas pedirían como mucho unos cuantos gramos. Y aunque decidiéramos regalarlos, no se nos ocurrió nadie que mereciera utilizar perfumes tan valiosos. Puede incluso que alguien llegara a venderlos a bajo precio. Pero entonces pensé en usted, tía, y recordé los montones de dinero que en otro tiempo gastaba en estas