Cao Xueqin

Sueño En El Pabellón Rojo


Скачать книгу

más guapo que la última vez que te vi —dijo Baoyu sonriendo—. Casi podrías ser hijo mío.

      —¡Qué barbaridad! —exclamó Jia Lian—. ¿Tu hijo? ¡Si tiene cuatro o cinco años más que tú!

      —¿Qué edad tienes? —preguntó Baoyu al muchacho con una sonrisa.

      —Dieciocho.

      Jia Yun, siempre atento, aprovechó la oportunidad para añadir:

      —Como dice el proverbio, «un abuelo en la cuna puede tener un nieto apoyado en un bastón». Puede que sea mayor que usted, pero «la montaña más alta no alcanza a ocultar el sol». Desde que murió mi padre no he tenido quien me instruya adecuadamente. Si no me considera demasiado estúpido para ser su hijo adoptivo, tío Bao, lo consideraría una gran fortuna.

      —¡¿Qué te parece?! ¡No es ninguna broma adoptar un hijo! —dijo Jia Lian riendo mientras entraba en la casa.

      —Si mañana no tienes nada que hacer, ven a visitarme —dijo Baoyu a Yun—. No te habitúes a sus tortuosas costumbres. Ahora estoy ocupado, pero puedes venir mañana a mi estudio; podremos hablar y te enseñaré el jardín.

      Se acomodó en la silla y sus pajes lo escoltaron hasta la casa de Jia She, donde descubrió que su tío sólo estaba aquejado de un catarro. Cuando hubo transmitido el mensaje de su abuela, presentó sus propios respetos. Jia She se incorporó para responder a las preguntas que hacía la Anciana Dama sobre su salud, y luego ordenó a un criado que llevara al muchacho a visitar a su esposa.

      Baoyu se encaminó hacia la parte posterior hasta llegar a los aposentos de la dama Xing, y cuando ella se hubo incorporado para transmitir sus respetos a la abuela en la persona del nieto, él hizo una reverencia. Luego, lo invitó a sentarse con ella sobre el kang y preguntó por el resto de la familia. Cuando terminaron de beber el té, entró Jia Cong a saludar a Baoyu.

      —¿Has visto alguna vez un mono igual? —preguntó la dama Xing.

      Y a Cong:

      —¿Es que ha muerto tu nodriza, que no te arregla un poco? Con esa cara tan sucia pareces un idiota, no el hijo de una familia culta.

      En ese momento llegaron a presentar sus respetos Jia Huan y su sobrino Jia Lan, a los que la dama Xing ofreció asiento en unas sillas. Pero a Huan le molestó tanto ver a Baoyu compartiendo el mismo lugar con su tía y recibiendo sus caricias que, al poco rato, hizo un gesto a Lan para partir. Éste tuvo que acceder, de modo que ambos se levantaron para despedirse. También Baoyu se incorporó para marcharse, pero la dama Xing lo retuvo con una sonrisa.

      —Quédate —le dijo—. Tengo que seguir hablando contigo.

      Baoyu volvió a sentarse, y ella dijo a los otros:

      —Transmitid mis saludos a vuestras madres. El escándalo que forman las muchachas me tiene un poco mareada; disculpad si no os pido que os quedéis a cenar.

      Los dos muchachos prometieron cumplir el encargo y a continuación se fueron.

      —¿Han venido todas las muchachas? —preguntó Baoyu—. ¿Dónde están?

      —Estuvieron aquí sentadas un rato, y después se fueron. Deben estar en la parte de atrás.

      —¿Qué tenía que decirme, tía?

      —Sólo quería pedirte que te quedaras a cenar. Y además, tengo algo divertido para ti.

      Charlaron hasta que llegó la hora de cenar. Luego se dispusieron mesa y sillas, y ambos cenaron con las muchachas. Baoyu se despidió de Jia She y regresó a casa con sus hermanas y primas. Todos dieron las buenas noches a la Anciana Dama, y se dispersaron por los cuartos.

      Pero volvamos a Jia Yun, que había ido a hablar con Jia Lian.

      —¿Ha encontrado ya un trabajo para mí? —le preguntó.

      —El otro día surgió uno, pero tu tía me suplicó que se lo cediera a Jia Qin. Sin embargo, me dijo que pronto se plantarían muchos árboles y flores en el jardín. Me ha prometido que ese puesto será tuyo.

      Después de un breve silencio, Jia Yun dijo:

      —Esperaré entonces. Por favor, no le diga a mi tía que he venido a pedir trabajo. Yo mismo se lo diré la próxima vez que la vea.

      —¿Por qué habría de decírselo? ¿De qué tiempo libre dispongo para dedicarme a los chismes? Mañana mismo, durante la quinta vigilia, tengo que partir a Xingyi y estar de vuelta el mismo día. Ven pasado mañana; para entonces ya te podré dar alguna noticia. Pero no vengas antes de la primera vigilia; sólo estaré libre después de esa hora.

      Dicho lo cual entró a cambiarse de ropa.

      En el camino de vuelta, Jia Yun tuvo una idea. Buscó a su tío materno, Bu Shiren [1] , que había salido un momento de su tienda de perfumes y se encontraba en su casa.

      —¿Qué te trae por aquí a estas horas de la noche? —preguntó, después de haber intercambiado saludos con su sobrino.

      —Tengo que pedirte un favor, tío. Necesito alcanfor de Borneo y almizcle. ¿Podrías darme a crédito unas cuatro onzas de cada cosa? Te pagaré sin falta durante la fiesta de los Faroles.

      —No me hables de créditos. —El tío sonrió fríamente—. Hace algún tiempo un dependiente le dio a un pariente suyo varios taeles de plata en mercaderías a crédito, y todavía no he visto un centavo. Tuvimos que compartir la pérdida, y desde entonces hemos acordado no volver a fiar a parientes o amigos so pena de veinte taeles como castigo. De todos modos, esas especias que me pides escasean. Aunque me dieras dinero en efectivo, un comercio pequeño como el nuestro no podría procurarte lo que pides y tendríamos que buscarlo en otro sitio. Además, es obvio que no llevas entre manos nada bueno, y que quieres esos productos para meterte en líos. ¡Y no vengas ahora a quejarte de que tu tío te encuentra defectos cada vez que te ve! Los jóvenes carecéis de juicio. ¡Cómo me gustaría que te limitases a pensar en la manera de ganar algún dinero para mantenerte bien alimentado y decentemente vestido!

      —Tiene usted razón, tío —respondió Jia Yun afablemente—. Al morir mi padre yo era demasiado pequeño para comprenderlo, pero más tarde mi madre me explicó cuánto le debíamos a usted por haber venido a encargarse de los asuntos de la casa y de los funerales. Usted sabe mejor que nadie que mi padre no me legó tierras ni fincas que yo haya podido dilapidar. Ni el ama más hábil puede hacer una cena sin arroz. ¿Qué espera que haga yo? Tiene suerte de que no sea de ese tipo de gente que andaría detrás suyo pidiéndole tres sheng de arroz hoy, dos de judías mañana… ¿Qué hubiera hecho en ese caso, tío?

      —Puedes disponer de todo lo que tengo, muchacho. Sólo tienes que pedirlo. Pero como le digo siempre a tu tía, lo que me preocupa es que no utilices la cabeza. La mejor carta que puedes jugar es la de la gran mansión. Has de ir allí. Si no consigues ver a los señores, trágate tu orgullo y halaga a sus mayordomos; tal vez ellos te consigan algún trabajo. El otro día, en las afueras, me encontré con el cuarto hijo de tu tercer tío, que iba montado en burro con cinco carretas detrás que llevaban a cuarenta o cincuenta novicias en dirección al templo del Umbral de Hierro. Debe tener la cabeza bien puesta sobre los hombros para conseguir un trabajo tan bueno.

      No pudiendo soportar durante más tiempo el sermón de su tío, Jia Yun se incorporó y se dispuso a partir.

      —¿Qué prisa tienes? —preguntó su tío—. Come un bocado con nosotros antes de marcharte.

      —¿Estás loco? —exclamó su mujer—. Ya te he dicho que no queda arroz. Sólo hay medio jin de fideos que estoy preparándote ahora. ¿Por qué te haces el rico? Si se queda a comer pasará hambre.

      —Compra entonces otro medio jin.

      —¡Yinjie! —La esposa llamó a su hija—. Ve y dile a la señora Wang de la casa de enfrente que nos preste veinte o