Los humanos no podemos nada contra él, ya que su mal es repentino y no hay remedio que lo cure. Debe ser la voluntad del Cielo, y en manos de esa voluntad habrá que dejar la conclusión.
Pero su consejo cayó en el vacío, pues Jia She se negaba a dejar de afanarse aunque no hubiera mejoría.
Al tercer día, los enfermos se encontraban ya al borde de la muerte y toda la casa lloraba. Perdida toda esperanza, comenzaron los preparativos del funeral. La Anciana Dama, la dama Wang, Jia Lian, Pinger y Xiren lloraban con más amargura que el resto de los moradores de la mansión. Sólo la concubina Zhao y Jia Huan se regocijaban secretamente.
En la mañana del cuarto día, Baoyu abrió los ojos.
—Voy a abandonarlas —dijo a su llorosa abuela—. Deben darse prisa y prepararme para la partida.
Ella sintió que las palabras del muchacho le arrancaban de cuajo el corazón.
—No se preocupe demasiado —le dijo la concubina Zhao—. El muchacho ya está prácticamente muerto. Más vale amortajarlo y dejar que acabe su miseria. Si insiste en retenerlo, no logrará exhalar su último suspiro y eso no hará sino causarle sufrimientos en su próxima vida…
Antes de que pudiera terminar, la Anciana Dama le escupió en la cara.
—¡Perra, que se te pudra la lengua en la boca! ¿Quién ha pedido tu opinión? ¿Cómo sabes que ha de sufrir en su próxima vida? ¿Por qué dices que más le vale irse? ¿De qué te servirá a ti si muere? ¡Estás delirando! Si él muere, yo te haré pagar. Tú eres la culpable de todo esto, obligando al niño a estudiar y quebrándole el espíritu para que la sola visión de su padre le aterre como al ratón el gato. Sois vosotras, perras malditas, las que habéis precipitado su muerte. Pero no os alegréis demasiado, porque todavía os habréis de enfrentar a mí.
Demasiado afectado para escuchar con serenidad los sollozos y maldiciones de su madre, Jia Zheng ordenó apresuradamente a su concubina que se marchase, y trató de calmar a la Anciana Dama. Pero justo en ese momento entraron dos criados para anunciar que los dos ataúdes estaban listos y que sólo faltaba la inspección. Eso reavivó las brasas de la ira de la anciana.
—¡¿Quién ha ordenado disponer ataúdes?! —chilló—. ¡Traed aquí a los carpinteros! ¡Que los apaleen hasta que mueran!
En su furor, se disponía a alterar cielos e infiernos cuando en esto llegó a sus oídos el leve sonido de las tabletas de madera de un bonzo.
—Confiad en Buda, que libera a los hombres pecadores —recitaba el monje a lo lejos—. Podemos sanar a los afligidos, desconsolados, amenazados o poseídos por espíritus malignos.
Inmediatamente, la Anciana Dama y la dama Wang ordenaron traer al bonzo a su presencia. A pesar de su desacuerdo, Jia Zheng no pudo oponerse a los deseos de su madre. También le causaba extrañeza que la voz del budista llegase tan claramente hasta el interior de la casa, y dio orden a los criados de que lo hicieran pasar. Entonces hicieron su entrada un bonzo de cabeza tiñosa y un taoísta cojo. ¿Que cómo era el bonzo?
La nariz como la hiel, colgando; las cejas, pobladas;
los ojos, estrellas de luz preciosa.
Harapiento, calzado de paja, cabeza tiñosa.
Una visión lamentable, en verdad,
era este bonzo vagabundo.
¿Y el taoísta?
Larga una pierna, corta la otra.
Empapado y cubierto de barro.
Si le preguntáis de dónde viene
responderá: «De las islas Penglai,
que están el oeste del mar Ingrávido».
Jia Zheng quiso saber de qué monasterio procedían.
—¿Para qué quiere saberlo, señor, si no hay necesidad? —dijo el bonzo sonriendo—. Ha llegado a nuestros oídos que hay enfermedad en su casa, y hemos venido a curarla.
—Sí, hay dos miembros de la familia que están embrujados —informó Zheng—. ¿Conocen ustedes, quizás, algún remedio milagroso?
—¿Por qué pide un remedio? —replicó el taoísta—. Ya existe en su casa un rarísimo tesoro capaz de sanarlos.
Sobresaltado, Jia Zheng captó inmediatamente el comentario.
—Cierto es que mi hijo nació con un trozo de jade en la boca, y que la inscripción en él grabada dice que puede expulsar espíritus malignos. Pero ha resultado ineficaz.
—Señor, usted no comprende los poderes milagrosos de ese precioso jade. Si no ha sido eficaz es porque está desconcertado por la música, la belleza, la riqueza y el lucro. Tráigamelo y restauraré sus poderes con unos encantamientos.
Jia Zheng retiró el jade del cuello de Baoyu y se lo entregó a los monjes. El budista lo depositó reverentemente sobre la palma de su mano.
—Trece años han pasado como un parpadeo desde que te dejamos al pie del Pico de la Cresta Azul —dijo con un suspiro dirigiéndose a la piedra—. ¡Qué rápido pasa el tiempo en el mundo de los hombres! Sin embargo, tú ya estás lleno de deseos mundanos. ¡Ay, cuánto mejor estabas antes!
Ni cielo ni tierra te imponían límites;
en tu corazón no había dolor ni alegría.
Luego te dotó de espíritu el fuego,
y a este mundo llegaste buscando discordias.
»¡Y en qué deplorable estado te encuentras ahora!
Los afeites han empañado tu lustre;
día y noche los pasas en los lujosos aposentos de las muchachas.
Pero has de despertar de tu dulce sueño;
saldadas sus deudas, los desdichados amantes se deben separar.
»Ha recuperado su poder —prosiguió—, pero no debe ser profanado. Mantengan a los dos enfermos en un solo cuarto; cuelguen el jade sobre la puerta y que nadie entre, salvo su madre y las personas más cercanas. Garantizo que en el plazo de treinta y tres días se habrán recuperado completamente.
Dicho lo cual, el bonzo y el taoísta giraron sobre sus talones y echaron a andar.
Jia Zheng se abalanzó tras ellos para pedirles que tomaran asiento y algo de té, pues quería ofrecerles alguna remuneración, pero los dos hombres se habían esfumado. Cuando la Anciana Dama envió criados para que les dieran alcance, éstos no encontraron ni rastro de la pareja.
Luego, siguiendo las instrucciones del monje, el jade fue colgado sobre el umbral del cuarto de la dama Wang, donde ambos enfermos yacían. Ella misma montó guardia para evitar que alguien entrara.
Llegó la noche, y ambos pacientes recobraron lentamente el sentido y dijeron que estaban hambrientos. La Anciana Dama y la dama Wang no cabían en sí de gozo. Se mandó preparar unas gachas de arroz, y después de comerlas se sintieron mejor. Los demonios que los habían poseído empezaron a retroceder. Finalmente, todos pudieron respirar mejor. Li Wan, las tres Primaveras, Baochai y Daiyu aguardaban junto a Pinger y Xiren en el cuarto de fuera, cuando fueron informadas de que los pacientes habían vuelto en sí y comido unas gachas. Antes de que las demás pudieran decir nada, Daiyu exclamó:
—¡Alabado sea Buda!
Baochai se volvió a mirarla y dejó escapar una carcajada que pasó inadvertida para todas, menos para Xichun.
—¿De qué te ríes, prima Baochai? —preguntó.
—Pensaba en cuánto más ocupado está Buda que los humanos. Además de explicar la verdad y salvar a las criaturas vivientes, ha de cuidar a los enfermos y devolverles la salud, como ha hecho con Baoyu y la hermana Feng, que ya están mejorando. Además, también tendrá que ocuparse de la boda de la señorita Lin. ¡Piensa en lo ocupado que está! ¿No te parece