seguir dormida. Cuando Baoyu se dispuso a darle la vuelta, el ama de la muchacha y otras dos mujeres mayores le dijeron:
—Su prima duerme, señor. Ya le avisaremos cuando despierte.
En ése momento Daiyu se dio la vuelta bruscamente y se incorporó con una carcajada.
—¿Pero quién duerme aquí? —exclamó.
Las tres ancianas sonrieron.
—Nos equivocamos, señorita.
Llamaron a Zijuan para que atendiera a la joven señora, y después se retiraron.
—¿Qué manera es esa de entrar cuando la gente está dormida? —dijo Daiyu a Baoyu con una sonrisa desafiante mientras se alisaba el cabello sentada en la cama.
La visión de sus mejillas suaves y sonrojadas y de sus ojos relucientes, ahora algo nublados, transportó a Baoyu, que se hundió sonriente en una silla.
—¿Qué decías hace un momento?
—No decía nada.
—Claro que sí. Te he oído.
En ese momento apareció Zijuan.
—Por favor, Zijuan —dijo Baoyu—, sírveme una taza de ese té tan bueno.
—¿De qué té bueno habla? —replicó ella—. Si quiere beber buen té, será mejor que espere la llegada de Xiren.
—No le hagas caso —dijo Daiyu a la doncella—, ve primero y tráeme un poco de agua.
—El señor es un huésped, así que debo servirle el té antes que a usted el agua.
Cuando hubo partido a cumplir el encargo, Baoyu exclamó:
—¡Buena chica!
Si algún día con tu dulce dueña
comparto la cortina nupcial,
¿cómo podré yo, indiferente,
contemplarte disponiendo el lecho?
Al oír aquello, el rostro de Daiyu se endureció súbitamente.
—¿Qué acabas de decir? —preguntó realmente enfadada.
—No he dicho nada —repuso Baoyu con una risita.
Daiyu rompió a llorar.
—¡De manera que éste es tu nuevo entretenimiento! —sollozó—. Ahora te dedicas a repetirme todas las inmundicias que oyes fuera, y te burlas de mí citándome cualquiera de esos libros puercos que lees. ¡Ahora me he convertido en el hazmerreír de los caballeros!
Y de un salto salió de la cama y se alejó llorando. Baoyu, alarmado, la siguió.
—Prima, prima querida —le suplicaba—, perdóname, ¡merezco la muerte por esta tontería! ¡Por favor, no vayas a decir nada! ¡Que la boca se me vuelva una ampolla y que se me pudra la lengua si vuelvo a decir cosas semejantes!
En ese preciso momento entró Xiren.
—Rápido, vaya a cambiarse de ropa —le dijo—. El señor quiere verlo.
La llamada de su padre llegó a los oídos de Baoyu como un trueno terrible. Olvidándolo todo, fue corriendo a mudarse y salió del jardín a galope tendido. Junto a la puerta interior lo esperaba Beiming.
—¿Para qué quiere verme mi padre? —le preguntó Baoyu jadeando—. ¿Lo sabes?
—Corra, señor —dijo el paje—. De todos modos tiene qué acudir. Ya sabrá lo que quiere cuando llegué.
Llegaron al salón principal. Baoyu tenía el alma en vilo cuando, de pronto, oyó un estallido de risa a la vuelta de una esquina y apareció Xue Pan dando palmadas.
—Si no hubiera dicho que tu padre quería verte, nunca habrías venido tan rápido —declaró.
La risa hizo a Beiming caer de rodillas.
Baoyu, aturdido, tardó unos instantes en comprender que le habían gastado una broma pesada. Xue Pan, por su parte, se inclinó para pedir disculpas levantando las manos juntas.
—No culpes a ese bribón —le dijo, refiriéndose a Beiming—. Yo lo obligué a hacerlo.
—No me molesta que me engañen —dijo Baoyu, a quien no le quedó sino sonreír—. ¿Pero por qué decirme que se trataba de mi padre? ¿Acaso debo acudir a tu madre y preguntarle qué piensa de tu conducta?
—Ay primo querido, te tenía que ver con tanta urgencia que olvidé el tabú [3] . Otro día te podrás desquitar pretendiendo que mi padre me busca a mí.
—¡Eres un miserable! —exclamó Baoyu—. ¡Merecerías morir dos veces!
Y volviéndose a Beiming:
—¡¿Y tú, jodido traidor, qué haces de rodillas?!
El paje hizo un koutou y se incorporó inmediatamente.
—No te hubiera molestado —explicó Xue Pan— de no ser porque el día tercero del quinto mes será mi aniversario y resulta que, vete a saber cómo, Cheng Rixing, el vendedor de antigüedades, ha conseguido una raíz de loto fresca y brillante así de larga y así de gruesa, una inmensa sandía así de grande, un esturión fresco así de largo y un gran cerdo ahumado con cedro fragante llegado cómo tributo desde Xianluo. ¿No te parece que semejantes regalos se salen de lo común? El pescado y el cerdo no pasan de ser costosas extravagancias, pero quién sabe cómo ha conseguido una raíz de loto y una sandía de ese tamaño. Enseguida le di una parte a mi madre y luego envié trozos a la Anciana Dama y a tus padres, pero todavía me queda un poco. Me acarrearía mala suerte comérmelo todo, así que, después de pensarlo, concluí que eras la única persona digna de compartir conmigo esas cosas. Por eso vine especialmente a invitarte. Por casualidad también ha aparecido un joven cantante. ¿Por qué no convertimos el de hoy en un día memorable?
Entretanto, habían llegado al estudio de Xue Pan, donde encontraron a Zhan Guang, Cheng Rixing, Hu Silai y Shan Pingren, así como al joven cantante. Una vez intercambiados los saludos y bebido el té, Pan ordenó que sirvieran el festín. En un santiamén la mesa quedó rodeada de pajes y, una vez dispuesto todo, la gente pasó a ocupar su sitio.
Baoyu vio que la raíz de loto y la sandía eran, en efecto, fenomenales.
—No te he enviado un presente de aniversario, pero heme aquí disfrutando a tu costa —comentó con una sonrisa.
—Así es —dijo Xue Pan—. ¿Qué piensas regalarme?
—En realidad no tengo nada. El dinero, la ropa, la comida que hay en mi casa no me pertenecen y por tanto no puedo regalarlos. Lo único que podría obsequiarte sería un rollo de caligrafía o una pintura.
—Hablando de pintura —interrumpió Pan con una sonrisa—, recuerdo una pintura erótica que vi en casa de alguien hace unos días. Era realmente soberbia. No leí detenidamente toda la inscripción, pero pude discernir el nombre del artista: Geng Huang. Una pintura maravillosa.
Baoyu conocía los trabajos de muchos calígrafos y pintores pasados y contemporáneos, pero nunca había oído hablar de un artista llamado Geng Huang. Caviló unos momentos y finalmente soltó una carcajada. Pidió un pincel y escribió dos caracteres sobre la palma de su mano izquierda.
—¿Estás seguro de que el nombre era Geng Huang? —preguntó a Xue Pan.
—Por supuesto.
Baoyu extendió la mano.
—¿No serían estos dos caracteres los que leíste? En realidad no son muy distintos.
Al ver que había escrito Tang Yin [4] todos declararon entre risas:
—Sin