Luis Diego Guillén

La alquimia de la Bestia


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Le daría un digno cierre a mi caso y pasaría al asunto de por qué había llegado a las costas del país por la ruta de la pólvora, dejando tras de mí los restos en llamas de un buque destruido, con un importante encargo imperial limpiamente hurtado y más de cincuenta marinos flotando en trocitos alrededor del pecio.

      Pero tenía un buen guión a mi favor. Mestanza y Antonio me lo confirmaban. Intenté salvar a la niña, me agredieron, preso de la angustia las creí muertas a ella y a su nodriza, pues a pesar del uniforme y el mosquete, seguía siendo un zonzo petimetre de catorce años. Aterrado busqué ayuda pero no encontré a mi madre. Gumersindo, el criado de confianza que era íntimo de los delincuentes, aumentó mi angustia: Probablemente, se asustó por la eventualidad de verse descubierto y aprovechando mi confianza en él, me sugirió escapar por Matina, llevándome con la aviesa intención de fugarse y ajusticiarme en la playa. Allí unos bucaneros nos atraparían, matándolo a él por pobretón pero llevándome como joven rehén a la Mosquitia, no sin dejar mi ropa esparcida y ensangrentada por los brutales rigores de la captura.

      Interceptados por zambos mosquitos en un campamento en la playa, lograría huir con algunos sobrevivientes que me llevaron a Río Tinto. No me importaba gran cosa lo que pudieran averiguar de mi vida allí. Río Tinto era un gran hoyo anárquico en el mapa del Imperio, más preocupado este de defenderse en Europa que de amamantar a sus crías caribeñas. Tanto hubiera podido decir que administraba un lupanar como que había erigido una ermita para catequizar indios. Todo hubiera sido igualmente falso y todo hubiera sido igualmente difícil de desacreditar. El mismo Francisco vivía al margen de la ley y en cuanto a Nicolás Salgado, ni un solo documento fue emitido para probar mi identidad. Podía inventar a placer allí. Abandonado solo a mis recursos, me haría infante de marina y me iría a Cuba para hacer carrera defendiendo al Católico Imperio de las ratas que lo asediaban, con la permanente añoranza de volver a mi tierra a la menor oportunidad.

      A la vuelta de los años, se me confiaría la secreta misión de acompañar como capitán de guerra un importante cargamento de azogue venido de España, desde Cartagena de Indias hasta Nueva España. Y en este punto, el diario hablaba por sí solo. Las evidencias del sabotaje en el sistema de timón desaparecieron al volar la carlinga con el primer disparo de la cañonera. Solo tenían el casco frontal y los papeles, y ellos eran cómplices fieles del torpe embuste de los corruptos burócratas a quienes se les confió la misión. En cuanto a la remotísima posibilidad de que algún perezoso fiscal, a la vuelta de luengos años, se le ocurriese inquirir en La Habana sobre mi coartada, mis superiores –de seguro embarrados hasta la coronilla en la transacción–, defenderían a capa y espada la veracidad de la fraudulenta evidencia, la cual también los eximía de todo mal.

      Todos los cómplices y testigos habían muerto. Las francachelas se justificarían lastimosa y compungidamente como un error militar de gente traumatizada por una aterradora travesía y que en mi enfermedad no tuve la fuerza para impedir. Nada que temer pues por ese lado. Me quedaba solo una tarea pendiente: vencer la desconfianza que les inspiraba. Debía demostrarles que era confiable. De nada valía argumentar que había sido un manso gatito. Las marcas en mi piel demostraban que el minino sabía arañar. Tenía que vender la idea de que el retorno al hogar era un acto de voluntad divina, que me había marcado profundamente. Y en este punto, ganada la confianza de mis compatriotas, tenía que demostrarles que yo era un hombre útil para la provincia. Debía haber algo que ellos necesitasen y que yo pudiera proveer. Debía otear la más mínima oportunidad de desplegar el toldo y mostrarles mis truculentas mercancías.

      Me faltaba solo la estrategia. ¿Cómo inspirarles confianza? Ante todo, debía ser paciente, debía demostrar que era un carnero predecible y razonablemente arrepentido. ¿Y por dónde empezar? Fácil: por mi obsecuente primo. Antonio me veneraba con una devoción henchida por lo que lo que él no dudaba en llamar un milagro. Sospeché que sus criados, empezando por el cholo Manuel, no le irían a la zaga. El franciscano rector desconfiaba completamente de mi estampa, bastaba verlo en su mirada. Y no lo culpo. Para él yo era una lacra de mar, ante quien los mercaderes del templo no eran más que inocentes párvulos jugando a la rayuela. Pero advertí el fuerte vínculo entre él y mi primo, digno de padre e hijo. Debía ganarlo por allí; ya Antonio cabildeaba a mi favor, saltaba a la vista. No estaba de más también el intentar hacer migas con los religiosos del Convento, los cuales debían de conocer y apreciar a Antonio. Cuando le tocase el hombro al fraile en jefe, ya tendría una muy buen aura entre sus acólitos. Apostaría a lo seguro.

      Granda era un hombre lento y flemático, seguro de su autoridad de Gobernador pero quizás no tanto de su fuerza para hacerla valer. Adivinaba extramuros de este convento, una fuerte aversión de mis paisanos al mandato del achacoso gobernante. Por ello, debía ser simplemente deferente, respetuoso y no crearle complicaciones. Mención aparte era Joaquín de Mestanza. Se adivinaba a leguas un hombre práctico, metódico hasta la pared de enfrente, inexorablemente eficaz y ante todo, un inteligente militar profesional en ciernes, no en declive como Granda. Era mi aliado natural en potencia, alguien ambicioso y escrupuloso a quien la vida de molicie en la mediocre aldea debía de hacérsele harto insufrible. Era menester ganarme su confianza como colega, pues percibía en él al intelecto capaz de decidir para donde mover los engranajes de la provincia.

      Y en cuanto al pueblo llano, ¿qué hacer? Por lo pronto, ya era yo una leyenda fuera de los ladrillos del convento. Intuía que la guardia a la entrada no solo era para prevenir mi huida, cosa insensata dado mi deplorable estado y mi desconocimiento de las posibilidades del terreno, sino también para espantar fisgones. Debía demostrarles que el resucitado, efectivamente, había vuelto, pero para bien, sumisamente convencido de que el designio divino me había traído para empezar de cero y limpiar mis culpas. Una tenue claridad se coló por las rendijas del postigo en la ventana, indicándome que había gastado toda la noche preparando la puesta en escena. Respiré tranquilo. Tenía cavada la trinchera y podía darme el lujo de esperar la embestida. Y en cuanto a mis alucinaciones, no eran más que los diablos del pasado hablando a través de la fiebre, alimentados con la mortal supresión del opio. Ni por la mente se me ocurrió pensar en las sombrías premoniciones de unas oscuras montañas que habían despertado en angustia al sentir la llegada del fuego que había precedido a la formación del mundo, el advenimiento de la serpiente emplumada.

      IV

       Usekara

      Debo reconocerlo. Juzgué muy mal al cholo Juan Manuel de primera entrada. A pesar de su adormilado descuido conmigo en su primera noche de brega, ningún emperador o resucitado fue asistido en la forma en que Juan Manuel me sirvió en los días venideros. A su particular manera, niño grande e ingenuo como también lo era mi primo, daba rienda suelta con cortés y admirable candor a su lengua, en un español jaspeado por las vetas de la jerga materna, respondiendo imprudente a cada una de mis cándidas preguntas sin medir el efecto o las consecuencias de lo parloteado. Nativo de las montañas y en desarraigo desde muchos años atrás, había crecido en la reducción de Cot, amancebado sin tomar en cuenta clan o casta, velando por el sustento de su mujer y sus dos pequeñas mellizas. Por él terminé de ponerme al tanto de las vicisitudes de mi pueblo en la treintena de años acaecida desde mi partida.

      Gracias al cholo me enteré que don Lorenzo Antonio de Granda y Balbín era un solterón contumaz al borde de la indigencia, sin más arraigo a la provincia que su salario, el cual, tradicionalmente, se lo atrasaba la Real Caja de Granada. Por ello debía siempre ser socorrido por sus influyentes amigos de Guatemala, entre los cuales contaba a concejales y comerciantes de no poca importancia. Pletórico de conflictos con mis inconvivibles paisanos, la enfermedad se cebaba en su cuerpo, empezando por devorar su habla, tal y como una boa deglute lentamente a su presa.

      Don Joaquín de Mestanza era de otra pasta. Vigoroso y resuelto, encarnaba la fuerza que al anciano Gobernador le faltaba por momentos. Moralista e intransigente con el vicio y la vagancia, perseguía sin denuedo a trasnochadores, jugadores y mujeriegos, atando a los infractores al cepo y a las transgresoras a sus piedras de moler, haciendo funcionar en suma el día a día de la capital, en lo que esto fuera posible. Si bien el cholo no supo explicarme el porqué del nervioso retorcer de dados en su mano, logré averiguar que era un apasionado dibujante y cartografista en sus ratos libres, cuyos mapas y bosquejos de caminos, tierras y comarcas remotas de