Elyse Fitzpatrick

Venciendo el Temor, la Preocupación y la Ansiedad


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de la nación de Israel, un hombre llamado Saúl se convirtió en el primer rey. Desde el principio la vida de Saúl estuvo marcada por el temor. Cuando el sacerdote Samuel fue primero a ungir a Saúl como rey, ¿puedes adivinar dónde estaba? ¿Estaba Saúl en oración, humillándose ante Dios? ¿Estaba sirviendo a pueblo al que iba a dirigir? No, Samuel encontró a Saúl ocultándose por miedo entre algunos carros y carretas.

      Saúl tenía miedo de hacer lo que Dios lo había llamado a hacer. Sentía que no estaba a la altura de la tarea. Ciertamente, asumir una posición de gran responsabilidad puede ser intimidante. Pero Saúl se había encontrado con Dios. Samuel también le había dicho a Saúl que esto era idea de Dios... y aun así Saúl se ocultó. Tal vez como Adán, neciamente pensó que podía ocultarse de Dios e ignorar Su plan.

      Más tarde, cuando Saúl fue a la guerra contra los enemigos de Dios, otra vez cedió a su temor pecaminoso. En una ocasión se impacientó porque Samuel no llegaba para ofrecer las oraciones y los sacrificios por la victoria del pueblo en la batalla, así que quebrantó la ley de Dios y él mismo ofreció los sacrificios. En otra ocasión, cuando se suponía que tenía que matar a todos los enemigos de Dios, incluyendo el ganado, desobedeció a Dios porque tuvo miedo del desagrado de los israelitas. He aquí cómo se justificó cuando Samuel lo confrontó:

      • “Porque vi que el pueblo se me desertaba...me esforcé, pues, y ofrecí holocausto” (1 Samuel 13:11-12).

      • “Yo he pecado; pues he quebrantado el mandamiento de Jehová y tus palabras, porque temí al pueblo y consentí a la voz de ellos” (1 Samuel 15:24)

      Saúl desobedeció dos veces los mandamientos de Dios porque temió al pueblo. Al ceder a sus temores, Saúl estaba representando sus verdaderos pensamientos sobre Dios —si podía confiar, obedecer o depender de Él. Saúl nunca dijo que pensaba que Dios era un mentiroso o alguien en quien no se podía confiar; no, sólo actuó como si así fuera. El relato de la vida de Saúl es una de las historias más tristes de toda la Biblia. Al final se suicidio porque temía lo que sus enemigos le pudieran hacer.

      Saúl luchó con muchos tipos de miedo, pero sobre todo con el temor al hombre. Este miedo es un problema muy común casi para todos. Es la razón por la que sentimos “mariposas” en nuestro estómago cuando tenemos que hablar frente a una multitud. Es la razón por la que nuestras manos sudan y nuestra boca se seca. Es la razón por la que olvidé mi diálogo y avergoncé a mis compañeros de clase. El temor al hombre es un problema común que muchos enfrentan, incluyendo muchas personas de la Biblia. Tomemos un momento para ver otro ejemplo que involucra al apóstol Pedro.

      “¿Jesús?... ¡No Conozco al Hombre!” —Pedro

      De todos los personajes del Nuevo Testamento, Pedro es con quien más me identifico. Siempre listo para dar su opinión, hablar antes de pensar y confiar en su fidelidad, puedo ver que estamos cortados con la misma tijera. Cometió muchos errores, pero hubo un incidente en particular que probablemente nunca dejó de entristecerlo cuando pensaba en él.

      Cada día Jesús se volvía más y más popular entre las multitudes. Parecía que lo amaban tanto que lo harían su rey. Por otro lado, los líderes religiosos de Israel estaban más y más resueltos en su odio y envidia hacia Él. Estaban decididos a matar a Jesús—todo lo que tenían que hacer era encontrar la manera.

      En la noche que Jesús fue traicionado, Jesús y sus amigos iban de camino a orar al Huerto de Getsemaní. “Todos vosotros os escandalizaréis de mí esta noche,” Él dijo. Pedro, típico de su carácter, protestó, “Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré... aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré,” (Mateo 26:33, 35).

      Todos sabemos cómo se desarrolló esta historia, ¿no? Esa noche Jesús fue arrestado y enviado a la casa del sumo sacerdote para ser interrogado. Mientras Pedro trataba de calentarse afuera en el fuego, una pequeña criada lo acusó de ser uno de los seguidores de Jesús. Vencido por el miedo, Pedro dijo, “No sé lo que dices.” Más tarde lo vio otra criada y dijo: “También éste estaba con Jesús el nazareno,” pero él negó otra vez con juramento: “No conozco al hombre.” Poco después, acercándose los que estaban por ahí, dijeron: “Verdaderamente también tú eres de ellos, porque aún tu manera de hablar te descubre” (Mateo 26:73). Esta vez Pedro estaba decidido a detener el cuestionamiento así que entonces comenzó a maldecir, y a jurar: “No conozco al hombre” (Mateo 26:74). El miedo de Pedro fue tan fuerte que lo llevó a negar al Salvador que amaba.

      La oscuridad de esa noche y su fracaso sin duda extendieron su tristeza como una mortaja sobre el corazón de Pedro por tres días hasta que escuchó sobre la resurrección. ¿Puedes imaginar el tormento de su alma al recordar la bondad de su Señor y la vergüenza de sus horrendas acciones? ¿Puedes imaginar cuántas veces debió haber repasado sus palabras cobardes en su mente— ¡No conozco al hombre! ¡No conozco al hombre!? Y después allí estaba la mirada que se cruzó entre él y Jesús después de la tercera negación. La Biblia registra este significativo intercambio de una manera muy simple, “Vuelto el Señor, miró a Pedro” (Lucas 22:61). Pedro experimentó toda la fuerza de las consecuencias de su miedo y, si no hubiera sido por la resurrección, el perdón y la restauración de Jesús, nunca se habría recuperado. Pero sí se recuperó y fue a predicar ante miles y a enfrentar la muerte de mártir con gran valor. ¿Qué pudo cambiar a un hombre miedoso que maldijo en uno que pudo descansar, confiar y actuar con gran heroísmo? Sólo una relación con el Dios viviente.

      ¿Puedes ver cómo somos iguales a Pedro y Saúl? Por un lado sabemos que Dios es poderoso y está lleno de amor para nosotras, pero por el otro lado nos encontramos frecuentemente vencidas por el temor a los que nos rodean. Parece que en esta área en particular estamos llenas de contradicciones. Podemos descuidar las oportunidades de testificar a los demás o preocuparnos más por lo que nuestros compañeros de trabajo piensen que por lo que Dios piense. Todos los verdaderos cristianos anhelan tener vidas que resplandezcan brillantemente ante los demás, pero cuando se trata de realmente encender la luz, nos encontramos con frecuencia ocultándonos como Saúl o negando incluso que conocemos al Señor, como Pedro. Ya que el temor al hombre es una trampa común y molesta, la estudiaremos con más detenimiento en el capítulo 5.

      De Cobardes Reacios a Héroes Fieles

      Como puedes ver, hasta los grandes héroes de la Biblia como Abraham, Moisés y Pedro no siempre se caracterizaron por una gran valentía. Ahora, no estoy diciendo que todo el pueblo de Dios siempre fue vencido por sus miedos —hay suficientes Danieles, Sadracs, Marías y Pablos en la Escritura para que sepamos que Dios puede cambiar corazones y vidas. En eso te puedes gozar. Pero también puedes tener consuelo en el hecho de que Dios ama llamar a Él al corazón temeroso. Dios ha obrado en las vidas de Sus hijos consistentemente a través de la historia: les ha dado paz en medio de violentas tormentas, valor para enfrentar enemigos abrumadoramente poderosos y confianza al enfrentar acusaciones y persecución. Los ha ayudado a comparecer antes jueces y reyes hostiles. Les ha dado la audacia sobrenatural para “cerrar la boca de los leones.” Si Él puede ayudar a Sus hijos en las circunstancias extraordinariamente difíciles descritas en la Biblia, te puede dar tranquilidad y gozo para enfrentar las presiones diarias que amenazan con aplastarte. ¿Por qué Dios se deleita en ayudarnos a ser hijas fieles, llenas de paz y confianza, hijas que se apoyan en Su fortaleza? Porque cuando Él cambia corazones como los nuestros en corazones como el Suyo, Él recibe alabanza y gloria. Cuando descubrimos que podemos caminar en paz a través de las situaciones que antes nos aterrorizaban, nuestros corazones se desbordarán de gratitud y agradecimiento—y eso trae gozo a Dios. Sólo Él puede cambiar los corazones que están frecuentemente abrumados por el temor en corazones dominados por Su poder y valentía y es Su deleite hacerlo.

      Para Una Reflexión Más Profunda

      1. ¿En qué maneras eres como Adán y Eva, Abraham y Sara, Moisés, los israelitas, Saúl y Pedro?

      2. ¿Cómo te ayuda saber que personas reconocidas de la Biblia lucharon de la misma forma en que tú lo haces?

      3. ¿Crees que es posible que Dios te cambie como cambió a otros?

      4.