desde el movimiento, con violencia o sin violencia, demandas de transformación, entonces se hace explícita, a través de violaciones de derechos humanos, como ha sido denunciado por todos los organismos nacionales e internacionales en esta materia.
GDF: Sin legitimar la violencia, pero con fines analíticos, ¿se podría decir que la violencia en cierta forma fue un requisito para lograr la posibilidad de transformación?
MAG: Hay que ver esto en este marco más general, por un lado, que siempre en los estallidos sociales tiende a haber una cuota de violencia; por otro lado, que la dictadura y el orden social que se creó a sangre y fuego, fue hecho con violencia, y que en las estructuras mismas que se crearon hay una violencia institucionalizada. Eso no significa aceptar la violencia anárquica, nihilista, etc. Significa que hay que reprimirla, por supuesto, con el uso de la fuerza legítima y sin violaciones a los derechos humanos. Pero hay que reconocer en los estallidos, como ha sido señalado por diversos estudios, distintos tipos de violencia frente a los cuales el juicio y las actitudes son diferentes. Por un lado, está la violencia estatal, de la fuerza pública, cuya responsabilidad recae en el gobierno, a la que nos hemos referido y que ve en el estallido solo una cuestión de orden público y aplica entonces la fuerza sin distinción de las diversas formas de violencia, con lo cual, fuera de los crímenes que comete exacerba más la indignación y las respuestas fuera del marco institucional. Desde el lado del estallido hay tres tipos de violencia, que hay que distinguir, aun cuando las respuestas del gobierno y la falta de respuesta a las demandas establecen complicidades tácitas, sobre todo entre dos de ellas. La primera es la violencia estrictamente delictual, el “vandalismo” de los saqueos, incendios. Una segunda que tiene que ver fundamentalmente con lo que se llamó la primera línea donde hay presentes, por supuesto, elementos de nihilismo social, grupos anárquicos, barras bravas y que no es, propiamente parte de los grupos delictuales, pero que sí comete actos que son condenables, con un componente inicial, por decirlo así, de violencia defensiva y que es la que se organiza para permitir manifestaciones atacando o enfrentándose con la policía. Y hay un tercer tipo de violencia que no se expresa necesariamente en actos delictuales, aunque puedan cometerse que está presente en el ánimo, muchas veces, de quienes se manifiestan, por ejemplo: las funas, las destrucciones de ciertas obras patrimoniales. Esa violencia más bien anómica corresponde en un determinado momento al rechazo de un orden y que tiene que ver también con un elemento de desafección de la sociedad: “yo siento que la sociedad ha sido injusta conmigo, que este es un mundo de poder manejado por la elite, y que mi vida es una vida basada en abusos, en violencia, en cosas que no quiero vivir, y entonces, mi manera de rechazarlo es o insultar, o terminar en un determinado momento lanzando una piedra, o incluso ir a apoyar una barricada”. Hay que reconocer que en este ámbito existe también más allá de la experiencia personal descrita, un comportamiento anómico de variados sectores que se pliegan a quienes han vivido tal experiencia.
Y entonces, por supuesto que en ciertos momentos se puede producir, y cuando uno piensa, por ejemplo, en algunas acciones de las barras bravas, hay una confusión entre estos distintos tipos de violencia y una complicidad tácita como hemos dicho al menos entre las dos últimas. Pero, lo que uno no puede dejar de plantear es que no va a haber deslegitimación total de la violencia mientras no se recupere un espacio de legitimidad de la política en el cual se pueda entender que la sociedad va a cambiar. Y esto obliga a los actores responsables a ser activos en precisamente buscar aquellas formas que produzcan y que aseguren cambios estructurales, aunque sus frutos no se vean de inmediato, pero que muestren una dirección diferente de la sociedad. Es en eso en lo que se puede contribuir a que se aísle enteramente la primera violencia, se haga innecesaria para quienes piensan que es necesaria la segunda, y se elimine la tercera forma de violencia, sencillamente porque se siente que se está empezando a vivir en un país que va hacia el fin de la violencia institucionalizada y simbólica.
DMP: El creciente malestar de los jóvenes —no olvidar el mochilazo 2001, pingüinazo 2006, movimiento estudiantil 2011, evasión al metro 2019 y boicot a la PSU 2020— del cual hemos hablado durante esta conversación muestra a los jóvenes como un actor social de continuidad en la búsqueda de cambio social.
MAG: Hemos vivido y estamos viviendo una de las más profundas crisis, momento de transformación posible, coyuntura fundamental de la historia chilena, depende como quiera llamársele. Aquí se ha removido el piso en todos los ámbitos y eso ha sido reconocido por todos, incluso por los grandes empresarios que han dicho que todo lo que hacen de alguna manera está siendo cuestionado. Hoy día dicen menos eso, pero al comienzo lo dijeron, hubo empresarios que cambiaron o teóricamente anunciaron el cambio de la estructura tradicional de remuneraciones que tenían hasta ahora, por nombrar un aspecto. Por otro lado, uno puede pensar y no sé si lo mencioné ya, que la movilizaciones que siguen un camino aparte, pero que entran dentro de esta, por ejemplo, contra la PSU, apuntan no solo al tema de terminar con la selección universitaria, es decir, por un principio de incorporación universal a las universidades sin selección, sino que también cuestionan la forma, las instituciones universitarias propiamente tales, es decir, aquí se ha removido el piso de la sociedad y lo que se trata es cómo se va recomponiendo este piso a partir de mínimos éticos. Cuando se producen, en general los grandes estallidos en las sociedades contemporáneas provienen de los sectores jóvenes, así mismo las revoluciones (piénsese en la Revolución cubana, por citar solo un ejemplo). En general, fueron hechas todas ellas por sectores que tenían alrededor de 30 años. Eran sectores jóvenes y transformaron la sociedad. Por supuesto, esto se va después mezclando con otros grupos y con otros sectores etarios, de modo que, si pensamos en esto, lo primero que hay que decir es que, por lo pronto, estos estallidos, y en el caso chileno este estallido, no es solo un fenómeno juvenil puesto que inicia y plantea un proceso de transformación del conjunto de la sociedad. Y entonces no queda preso de lo que se llamaría las características, los rasgos, las pulsiones juveniles, como algunos erróneamente han señalado. El desencadenador es un actor tan diverso como la juventud y que tiene, por supuesto, rasgos psicobiológicos y psicosociales que son muy claves pero el proceso, el movimiento que se desencadena, no es solamente juvenil, sino que es del conjunto de la sociedad. Eso pasó, por ejemplo, también con el Mayo del 68 francés. Entonces, estas características o rasgos propiamente de la juventud de determinado momento se van redefiniendo y van perdiendo importancia en la medida que se va incorporando todo ello en un proceso más amplio que, como dijimos, incluye a toda la sociedad.
GDF: Pero ¿cuáles serían los rasgos propiamente juveniles del estallido?
MAG: Más que hablar de los jóvenes, hay que introducir un término que yo creo que es clave: el concepto de generación. Estamos hablando no solo de una juventud, de rasgos etarios, sino de la pertenencia a una generación. En general los estallidos y las grandes trasformaciones son realizadas por generaciones de ciertos rangos etarios y con ciertos rasgos culturales, y se habla de la generación del 68 y los “sesentayocheros” en Francia para referirse a Mayo del 68. Yo pertenezco a una generación, cuyos rasgos constitutivos en lo social —no estoy hablando ahora de los rasgos psicológicos—, tienen que ver con la transformación del Chile de los 60 por la vía de la reforma agraria, básicamente, el proceso de vía chilena al socialismo o de la Unidad Popular y, sobre todo, con la lucha contra la dictadura. Somos la generación de la lucha contra la dictadura y que vive los procesos más importantes de transición a la democracia, estamos marcados por eso. Y entonces, yo creo que es pertinente hoy día hablar de la generación del estallido, estamos en presencia de la generación del estallido. Esto habrá que comprobarlo en el futuro, pero la gente que ha vivido, que ha experimentado el estallido, que ha ido a sus distintas manifestaciones, obviamente va a sentirse relacionada con él en el futuro de sus vidas, va a referir su vida de alguna manera, su vida social, a lo que fue esa experiencia por lo profunda que ha sido.
Ahora, si uno quisiera resumir muy brevemente los rasgos de esta generación diría, en primer lugar, que se trata de distintos sectores etarios que tienen en común, en el caso chileno, el no haber vivido la dictadura ni, en general, los procesos inmediatos de la transición, por lo menos en una edad más allá de la infancia. ¿Y eso qué significa? Eso significa que no han experimentado la violencia de la dictadura más allá de lo que les hayan dicho sus padres o abuelos, y la memoria (eso sí, memoria es lo que uno