Natalie Anderson

Toda la noche con el jefe


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alcopop?

      –Está bueno. Es dulce.

      –Y también es letal si te lo bebes demasiado deprisa. ¿Cuántos te has tomado?

      –Éste es el segundo.

      –¿Y has cenado?

      Lissa se giró para mirarlo de frente, tocándole las rodillas con las suyas. Ignoró el escalofrío que sintió en los muslos y el perverso deseo de separar las piernas. Echó la cabeza hacia atrás y lo desafió.

      –¿Pretendes invitarme o insinúas que estoy borracha? En cualquier caso, la respuesta es «no».

      Él se giró y se inclinó hacia delante, mirándola fijamente. Lissa tragó saliva; la luz de la ventana iluminaba su cara y, por primera vez, pudo observarlo correctamente. Se fijó en su mandíbula fuerte y su nariz recta, pero fueron sus ojos los que captaron su atención. Eran de un increíble verde esmeralda. Se quedó mirándolos; nunca había visto unos ojos así. Pasaron unos segundos hasta que se acordó de parpadear.

      –¿De verdad? –preguntó él con una sonrisa pícara.

      Fascinada, Lissa observó cómo arqueaba los labios hacia arriba. Eran unos labios gruesos y tentadores. Fue consciente de que se había inclinado más hacia él, así que se apartó y miró de nuevo hacia la ventana. Tal vez sí estuviera un poco borracha; desde luego se sentía un poco mareada. Imposible. No había bebido mucho, así que tenía que ser la falta de comida.

      –Sí –contestó ella con aspereza–. Y no pienses que puedes avasallarme para tener una cita por lo que te haya dicho Gina.

      Él se inclinó hacia delante en el asiento y se llevó las manos a la cabeza riéndose.

      –Oh, para –dijo ella–. No ha sido tan divertido… Estás insistiendo demasiado, y ya te he dicho que no tiene sentido.

      No dejó de reírse, y Lissa comenzó a preguntarse si habría algo en la broma que se estuviese perdiendo. Parecía encontrarla demasiado divertida. Y ella empezaba a sentir frío, experimentando deseos que tenía que controlar. Deseos de acercarse a un tipo del que sabía que le gustaba jugar. Haciendo un llamamiento a su dignidad, se puso en pie.

      –¿Vas a volver ahí dentro a divertirte? –preguntó él, levantándose también.

      Entonces se dio cuenta de lo alto que era. Ella no era baja, y con los tacones medía casi uno ochenta, pero aun así él le sacaba unos cinco centímetros. Tuvo que levantar la cabeza para mirar aquellos fabulosos ojos verdes. Al ver cómo él la observaba, inmediatamente supo que lo mejor sería apartar la mirada.

      –De hecho, creo que voy a irme a casa…

      –Buena idea –contestó él.

      Lissa volvió a mirarlo. No parecía arrogante, pero aun así ella se puso en guardia. Tenía que alejarse de allí. No, tenía que alejarse de él. ¿Acaso había subestimado la habilidad de Gina como casamentera? Aquel tipo hacía que se le acelerase el pulso.

      –Ha sido un placer conocerte por fin, Karl. Buenas noches –dijo educadamente y, sin pensar, estiró la mano para estrechársela. En cuanto sus manos se juntaron, se dio cuenta de su error. El contacto físico le produjo un torrente de electricidad que subió por el brazo hasta el corazón, provocándole un vuelco. Su mano era firme. Su piel, cálida y seca. Otro escalofrío recorrió su cuerpo, y los dos se quedaron ahí, mirándose el uno al otro. Se le aceleró el pulso y sintió la excitación en el estómago. Observó su mirada pícara y apartó la mano al instante. Murmuró una breve despedida y se dirigió hacia la puerta.

      Él observó cómo se alejaba. ¿Debería habérselo dicho? Probablemente, pero la tentación había resultado ser demasiado fuerte como para resistirse, y seguía siéndolo. Observó el pasillo vacío y entró, pero no se dirigió hacia la fiesta, sino hacia las escaleras a toda velocidad. Un ataque de lujuria. No había tenido uno tan fuerte… bueno, jamás, qué él recordara. Apenas llevaba tiempo de vuelta en su tierra natal y ya se sentía tentado por una Venus extranjera. Llegó al piso de abajo, incapaz de disimular la sonrisa cuando entró en el vestíbulo.

      Lissa respiró aliviada. No podía «tener un poco de diversión», como le había sugerido Gina. Aquél era un buen momento para escapar. Absorta en sus pensamientos, salió del ascensor y se topó con la figura que estaba de pie ante ella. Unas manos firmes la agarraron por los brazos, y sintió la nariz dolorida al golpearse contra aquel torso cubierto por un jersey de lana, que era lo único que podía ver.

      –Oh, lo… –dejó de hablar al levantar la cabeza y ver al hombre de los ojos verdes. Frunció el ceño al ver su sonrisa–. ¿Qué? –preguntó, incapaz de disimular su irritación.

      –Voy a llevarte a casa –dijo él con cierto tono de autoridad.

      –Me parece que no.

      –Claro que sí.

      –No puedes conducir –dijo Lissa frunciendo más el ceño–. Has estado bebiendo.

      –He tomado una copa en toda la noche y había comido antes. Estoy bien para conducir.

      –Mi madre me enseñó a no montarme en coches con desconocidos.

      –No soy un desconocido. Acabamos de pasar media hora conociéndonos.

      Lissa pensó en ello durante unos segundos, sabiendo que estaba bajando la guardia. Gina conocía bien a aquel tipo y, francamente, la idea de volver a casa en coche era tentadora. Le evitaría el trayecto en metro y diez minutos andando. Los zapatos de tacón que llevaba no eran apropiados para caminar largas distancias.

      Incluso más tentadora era la idea de pasar otros diez minutos en su compañía. ¿Sería sólo para tener más práctica? ¿Para perfeccionar sus habilidades de flirteo?

      –Además –prosiguió él–, has dejado clara tu falta de interés. Así que no tienes nada que temer.

      ¿Era cierto? Viéndolo correctamente por primera vez con la luz del vestíbulo, Lissa se dio cuenta de que su instinto tenía razón. Era un hombre muy sexy. Se quedó mirándolo, y su mente se negó a trabajar con la rapidez habitual. Lo único en lo que podía pensar era en sus fabulosos ojos verdes. Vio la diversión en ellos. Aunque no sabía por qué no le resultaba molesta. Al contrario, sintió la necesidad de seguirle la broma. Él se acercó más y le apretó los brazos con más fuerza.

      –Bueno, si insistes –dijo ella.

      –Insisto.

      Lissa arqueó las cejas ligeramente y permitió que la metiera de nuevo en el ascensor.

      –Hay un aparcamiento en el sótano –dijo él en respuesta a su cara de intriga.

      Lissa se apoyó contra la pared del ascensor y evitó su mirada, especulando sobre cómo sería su coche. Definitivamente sería rápido y brillante. Quizá un descapotable con asientos de cuero con calefacción.

      Él le agarró el brazo de nuevo mientras salían del ascensor, y la guió frente a una fila de coches aparcados. Lissa trató de ignorar las sensaciones que le provocaban sus dedos. Eran como agujas eléctricas clavándosele por dentro.

      No estaba preparada para la enorme ranchera marrón y ligeramente abollada frente a la que se detuvo. Obviamente, el vehículo, de siete plazas, estaba acostumbrado a ir lleno de gente. Podía apreciarse el inconfundible olor a niños. Había papeles y envoltorios de caramelos tirados por el suelo, y dos de los asientos traseros estaban acondicionados con asientos para niños.

      –¿Esperamos a alguien más? –preguntó ella.

      –No –contestó él. Lissa se sentó y se dispuso a abrocharse el cinturón. De pronto se detuvo. Palpó bajo su cuerpo y sacó una bolsa de pasas a medio comer. Se las entregó sin decir palabra–. Oh, bien –dijo–. Me preguntaba dónde las había puesto. La cena.

      Lissa no pudo evitar observar su mano izquierda colocada sobre el