Cao Xueqin

Sueño En El Pabellón Rojo


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era un asunto muy serio. Las píldoras normales no me ayudaban nada, y él me recetó unas medicinas exóticas de allende el mar [1] junto a un paquete de polvos aromáticos traídos de quién sabe dónde. Me mandó tomar una píldora cada vez que sufriera un ataque. Es extraño, pero los remedios del monje me han servido de mucho.

      —¿Y qué receta es esa de allende los mares? Si me la dice, señorita, la recordaré y quizá sirva para otros que tengan el mismo problema. Ésa sería una buena acción.

      —Pues mejor sería que no preguntase —rió Baochai—. Pero si lo quiere saber le diré que es el más fastidioso de los remedios. No tiene muchos ingredientes y son fáciles de obtener, pero cada uno de ellos ha de ser cogido en el momento preciso. Ha de tomar doce onzas de estambres de peonías blancas, que florecen en primavera; doce onzas de estambres de lotos blancos, que florecen en verano; doce onzas de estambres de hibiscos blancos, que florecen en otoño, y doce onzas de estambres de ciruelos blancos, que florecen en invierno. Los cuatro tipos de estambre han de secarse al sol durante el siguiente equinoccio primaveral, y luego hay que mezclarlos con los polvos aromáticos. Después tiene que coger doce dracmas de agua de lluvia caída el día de la Lluvia Inicial [2]

      —¡Ay, señorita! —interrumpió la señora Zhou—. Todo eso llevaría unos tres años. ¿Y qué pasaría si no llueve el día de la Lluvia Inicial?

      —Precisamente. No siempre se puede contar con ello. Si no llueve, entonces hay que esperar. Además, hay que reunir doce dracmas de rocío del día del Rocío Blanco, doce dracmas de escarcha del día de la Caída de la Escarcha, y doce dracmas de nieve del día de la Nieve Leve. Hay que mezclarlo todo con los otros ingredientes, y después hay que añadir doce dracmas de miel y doce de azúcar para hacer píldoras del tamaño de Ojos de Dragón que deben ser conservadas en un jarrón viejo de porcelana, que a su vez hay que enterrar bajo las raíces de las flores. Cuando sobreviene el mal se desentierra el jarrón y se toma una píldora con doce fen de filolendro cocido.

      —¡Buda bendito! ¡Y qué complicación! —exclamó la señora Zhou—. Pueden pasar diez años hasta que se haya logrado reunir los ingredientes.

      —Nosotros tuvimos la suerte de reunirlos, y después de que se fuera el bonzo pudimos seguir sus instrucciones y tener lista la pócima en sólo dos años. Hemos traído las píldoras, que ahora están enterradas bajo uno de los perales.

      —¿Y no tiene nombre esa medicina?

      —Sí que lo tiene. El bonzo tiñoso nos dijo que se conoce con el nombre de «Píldoras del Aroma Frío».

      —¿Y cuáles son los síntomas de su enfermedad, señorita? —siguió preguntando la señora Zhou.

      —Poca cosa; a veces tengo leves ataques de tos y me falta el aire, pero con una píldora se arregla.

      Antes de que pudieran continuar la conversación, la dama Wang preguntó quién había entrado.

      La señora Zhou salió apresuradamente y aprovechó para contarle La visita de la abuela Liu. Cuando hubo terminado y se disponía a salir, la tía Xue la detuvo:

      —Espera un momento —le dijo—. Quiero que te lleves algo.

      Llamó a Xiangling, la muchacha qué estaba jugando con Jinchuan, que entró haciendo sonar la cortina.

      —¿Me ha llamado, señora? —preguntó.

      —Alcánzame esa caja —ordenó la tía Xue.

      Xiangling le trajo una caja de brocado.

      —Contiene doce nuevos diseños de flores de gasa que se hacen en la corte —explicó la tía Xue—. Ayer me acordé de ellos y me pareció una lástima dejarlos por aquí arrinconados cuando las niñas los pueden usar. Los quise enviar ayer mismo, pero me olvidé de hacerlo; aprovechando que estás aquí los puedes llevar tú misma. Dales dos a cada una de tus tres damitas; de los seis que quedan dale otros dos a la señorita Lin y el resto al Hermano Fénix.

      —Qué amable eres pensando en ellas —comentó la dama Wang—. Pero ¿por qué no los guardas para Baochai?

      —Ay hermana, no sabes lo rara que es Baochai. No le gusta llevar flores ni maquillarse.

      Al salir con la caja, la señora Zhou volvió a encontrarse con Jinchuan, que seguía tomando el sol en las escaleras.

      —Dime —le preguntó—, ¿no es ésa Xiangling, la muchacha de la que tanto se habló, la que compraron poco antes de venir a la capital y que es la causa de todo ese lío del asesinato?

      —Así es —dijo Jinchuan.

      En ese momento se acercó Xiangling sonriendo. La señora Zhou le tomó las manos, la observó atentamente y se dirigió de nuevo a Jinchuan.

      —Es una muchacha muy bella. Me recuerda a la esposa de Rong, en nuestra mansión del Este.

      —Sí, yo también le encuentro un aire —asintió Jinchuan.

      La señora Zhou le preguntó a Xiangling a qué edad había sido vendida, dónde estaban sus padres, qué edad tenía ahora y de dónde venía. La muchacha se limitó a mover la cabeza y repetir que no se acordaba, encogiendo el corazón de las dos mujeres.

      La señora Zhou se fue a llevar las flores a la parte trasera del aposento de la dama Wang. No hacía mucho que la Anciana Dama había considerado inconveniente que todas sus nietas vivieran apiñadas en sus habitaciones, así que se había quedado sólo con la compañía de Baoyu y de Daiyu, y había mandado a Yingchun, Tanchun y Xichun, a vivir en tres pequeños cuartos de la parte trasera de los aposentos de la dama Wang, bajo el cuidado de Li Wan. Por eso la señora Zhou se detuvo primero allí, donde encontró a unas cuantas doncellas esperando ser convocadas al salón.

      En ese momento se alzó la cortina y salieron Siqi y Daishu, doncellas de Yingchun y de Tanchun, llevando una taza y un platito cada una. Eso significaba que sus jóvenes señoras estaban juntas, así que la señora Zhou entró y, en efecto, las encontró jugando al weiqi junto a la ventana. Les entregó las flores, explicando de dónde procedían. Las dos muchachas dejaron el juego y se inclinaron para agradecer el obsequio; después ordenaron a las doncellas guardar los regalos.

      Mientras entregaba las flores, la señora Zhou comentó:

      —No está la cuarta damita. Me pregunto si estará con la Anciana Dama.

      —¿No está en el cuarto de al lado? —respondieron las doncellas.

      La señora Zhou entró en el cuarto contiguo. Allí estaba Xichun riendo y parloteando con Zhineng, una joven monja del convento de la Luna en el Agua. Xichun preguntó a la señora Zhou qué quería. La caja fue abierta y explicado el regalo.

      —Precisamente le estaba diciendo a Zhineng que algún día yo también me haré monja, y va usted y aparece con esas flores… —dijo Xichun—. ¿Dónde me las pondré si me afeito la cabeza?

      Siguieron algunos comentarios, hasta que Xichun ordenó a su doncella Ruhua que guardase el regalo.

      La señora Zhou preguntó a Zhineng cuándo había llegado y qué había sido de su calva y excéntrica abadesa.

      —Llegamos esta mañana a primera hora. La abadesa presentó sus respetos a la dama Wang y después marchó a la mansión del señor Yu ordenándome que la esperase aquí.

      —¿Ha recibido ya el dinero y la donación para incienso que se entregan el día quince de cada mes?

      —Lo ignoro —dijo Zhineng.

      Xichun preguntó quién era la persona encargada de las donaciones a los diversos templos.

      —Yu Xin —informó la señora Zhou.

      —Ése debe ser el motivo de que acudiera su esposa en cuanto llegó la abadesa y de que estuvieran