Cao Xueqin

Sueño En El Pabellón Rojo


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los años le ha ido perdiendo respeto a las apariencias; lo único que hace es beber, y cuando está borracho insulta a todo el mundo. Una y otra vez les he dicho a los mayordomos que lo borren de la lista y no les encarguen más tareas, pero ya ves que hoy me lo mandan de nuevo.

      —Claro que conozco a Jiao Da, pero de todos modos deberías poder manejarlo —replicó Xifeng con sorna—. Destínalo a alguna granja lejana y asunto zanjado.

      Después preguntó si estaba ya listo su carruaje.

      —Listo y esperándola, señora —informaron los encargados.

      Xifeng se levantó para salir y condujo a Baoyu hacia la salida. La señora You y las demás los acompañaron hasta el salón principal, desde donde vieron a los palafreneros esperando en el patio a la luz de los faroles de mano.

      Como Jia Zhen no estaba en casa, aunque tampoco hubiera podido hacer nada, Jiao Da estaba desbocado. Completamente borracho, se encaró con el intendente general y con sus injusticias llamándolo «cobarde fanfarrón» y «valiente con los débiles».

      —¡Guardas todas las tareas fáciles para los demás, pero cuando se trata de acompañar a alguien en plena noche recurres a mí! ¡Maldito hijo de puta! ¡Vaya intendente general! ¡Puedo levantar la pierna más arriba de tu cabeza! ¡Desde hace veinte años lo único que siento por esta casa es desprecio! ¡Y no me hagáis hablar de vosotros, bastardos, pandilla de hijos de puta! —gritaba señalando al grupo de criados.

      Indiferente a los gritos que le daban los otros sirvientes para que se callara, siguió maldiciendo como un poseso mientras Jia Rong acompañaba a Xifeng hasta su carruaje. A Jia Rong ya le resultó imposible pasar por alto este incidente; insultó a Jiao Da y ordenó a sus hombres que lo amarrasen.

      —Mañana cuando esté sobrio le preguntaremos qué significa esta lamentable conducta —dijo.

      Jiao Da, que tenía muy mala opinión de Jia Rong, se abalanzó contra él redoblando sus gritos:

      —¡No te hagas el amo delante de Jiao Da, hermanito Rong! ¡No ya un mocoso como tú, sino gente de tanto peso como tu padre o tu abuelo nunca se han atrevido a enfrentarse a mí! ¡A mí me debéis los cargos oficiales, los títulos elegantes y las riquezas! ¡Tu bisabuelo construyó todo esto arriesgando su vida, y nueve veces lo rescaté yo de las fauces de la muerte! ¡Deberíais estarme agradecidos, y en vez de eso vienes a hacerte el amo! ¡Mejor harías cerrando la boca! ¡Si dices una palabra más, te hundiré una hoja roja y la sacaré blanca! —dijo el borracho confundiendo las palabras.

      —¿Por qué no te deshaces de una vez de ese canalla cerril? —preguntó Xifeng desde el carruaje—. Sólo trae problemas. Si esto llega a oídos de nuestros parientes y amigos se revolcarán de risa con la falta de disciplina que hay en esta casa.

      Mientras Jia Rong asentía, unos cuantos sirvientes, indignados por el exceso de Jiao Da, se lanzaron sobre él y se lo llevaron a rastras hacia los establos. Entonces soltó una sarta de improperios que implicaron también a Jia Zhen:

      —¡Dejadme! ¡Dejadme que vaya al templo de los Antepasados a llorar por mi antiguo señor! —gritaba rabioso—. ¡Poco sospechó que estaba engendrando una pandilla de degenerados, un caserón repleto de perros y perras en celo que pasan los días arrastrándose entre cenizas [3] o acostándose con sus jóvenes cuñados! ¡A mí no me engañan! ¡Aquí cuando se tiene un brazo quebrado se esconde en la manga!

      Tantos despropósitos aterraron a los sirvientes, que amarraron al borracho a toda prisa y le llenaron la boca de barro y de bostas de caballo.

      Xifeng y Jia Rong simularon que no habían oído nada, pero Baoyu, desde el carruaje, había seguido con atención el exabrupto de Jiao Da.

      —¿Has oído, hermana? —preguntó a Xifeng—. ¿Qué quiere decir eso de «arrastrarse entre cenizas»?

      Furiosa, Xifeng le respondió a gritos:

      —¡Basta ya de tonterías! ¿Qué te pasa ahora a ti? ¡No sólo escuchas las sandeces de un borracho, sino que encima haces preguntas! ¡Espera a que volvamos y se lo cuente a tu madre! ¡Verás como lo pagas con una paliza!

      —Hermana —suplicó temeroso Baoyu—. Prometo no volver a hacerlo.

      —Eso está mejor. En lo que hay que pensar ahora es en hablar con la Anciana Dama para que te envíe junto a tu sobrino Qin Zhong a la escuela.

      Mientras hablaban, llegaron a la mansión Rong.

      Y como se suele decir:

      La buena apariencia allana el sendero de la amistad.

      La mutua atracción inicia a los muchachos en el estudio.

      * En la versión manuscrita más antigua, al principio de este capítulo aparecen los siguientes versos:

      Las doce flores más bellas,

      ¿quién las ama tiernamente?

      Si quieren saber su nombre

      cuando se encuentren con él,

      es Qin su apellido y vive

      al sur del río Yangzi.

      Capítulo VIII

      Hablando del Jade y el Oro,

      Yinger presiente el destino de su señora.

      En cuanto hubo llegado y presentado sus respetos, Baoyu expuso a la Anciana Dama su deseo de asistir a la escuela del clan junto a Qin Zhong. Le habló sobre el incentivo que para él supondría tener un amigo y un compañero de estudios; alabó con toda sinceridad el admirable carácter y las adorables virtudes del otro muchacho. Xifeng, que se encontraba a su lado, lo apoyó diciendo:

      —Dentro de un par de días vendrá Qin Zhong a presentarle sus respetos.

      Y aprovechando el buen humor que a la anciana le habían causado las noticias de su nieto, la invitó a una ópera.

      A pesar de su edad, a la Anciana Dama le entusiasmaba cualquier cosa que rompiera la monotonía. Cuando llegó el día y la señora You vino a invitarla, llevó consigo a la dama Wang, a Daiyu, a Baoyu y a los demás para que disfrutaran con ella del espectáculo.

      Al mediodía la anciana se retiró para descansar. También se recogió la dama Wang, amante de la paz y la tranquilidad. Entonces Xifeng, sola, se acomodó en el lugar de honor y disfrutó plenamente hasta que cayó la noche.

      Después de acompañar a su abuela, Baoyu habría regresado a ver de nuevo el espectáculo, pero temió que su presencia molestara a Keqing y las demás, y como entonces recordó que todavía no había ido personalmente a interesarse por la salud de Baochai, decidió hacerle una visita. Puesto que recelaba que algo se lo impidiera si pasaba por el salón principal, y además le desazonaba la posibilidad de encontrarse con su padre, decidió tomar el camino más largo para no tropezarse con nadie.

      Sus amas y doncellas lo esperaban para ayudarle a quitarse los trajes ceremoniales, pero él salió de nuevo sin cambiarse de ropa. Lo siguieron hasta que cruzó el segundo portón, convencidas de que regresaba a la otra mansión; pero, en lugar de ello, Baoyu dio la vuelta hacia el nordeste por detrás del salón. Sin embargo, allí fue a darse de bruces con Zhan Guang y Shan Pingren, dos protegidos de su padre, que se le acercaron sonrientes. Uno le echó un brazo por encima de los hombros y el otro le cogió una mano.

      —¡Pequeño bodhisattva! —exclamaron—. Qué deliciosa sorpresa. Hacía mucho tiempo que no lo veíamos.

      Ya se iban tras presentarle sus respetos, interesarse por su salud y charlar un rato, cuando un ama les preguntó si venían de donde estaba el señor.

      Asintieron