en ese instante una doncella enviada por la Anciana Dama para averiguar a qué se debía tanto ruido.
—Acabo de servir un poco de té —dijo Xiren—, la nieve de mi zapato me hizo resbalar y he roto una taza.
Luego tranquilizó a Baoyu.
—De manera que se ha decidido a despedirla. Bien. A todas nosotras nos gustaría irnos, ¿por qué no aprovecha para despedirnos a todas? A nosotras no nos importaría y usted podría conseguir gente que le sirviera mejor.
Enmudecido por esas palabras, Baoyu permitió que le ayudaran a subir al kang y le quitaran la ropa. Seguía mascullando, pero a duras penas podía mantener los ojos abiertos. Xiren le quitó del cuello el precioso jade, lo envolvió en su propio pañuelo y lo puso bajo el colchón del muchacho para que al día siguiente, a la hora de ponérselo, no estuviera frío.
Baoyu cayó dormido como un lirón sobre la almohada. En ese momento llegó el ama Li. Enterada de que estaba borracho no se atrevió a suscitar nuevos problemas, y se fue más tranquila después de asegurarse de que dormía.
A la mañana siguiente, Baoyu supo que Jia Rong había venido desde la otra mansión trayendo a Qin Zhong para que presentara sus respetos. Corrió a dar la bienvenida a su nuevo amigo y presentarlo a la Anciana Dama, que quedó encantada con su hermoso porte y sus modales agradables, Convencida de que sería un excelente compañero de estudios para Baoyu, le invitó a quedarse a tomar el té y a cenar, y luego ordenó a los sirvientes que lo llevaran a conocer a la dama Wang y el resto de la familia.
Qin Keqing era muy querida en aquella casa, y su hermano, por las cualidades que lo adornaban, empezó a ganarse de tal modo el cariño y la simpatía de todos, que hasta le hicieron regalos al despedirse. La Anciana Dama le obsequió con una bolsita que contenía una pequeña efigie de oro representando al dios de las Oposiciones Oficiales, que simboliza la armonía entre el azar y el talento.
—Vives tan lejos —le dijo— que el viaje puede resultarte excesivo por el frío o el calor. Serás bien recibido si te quedas aquí y consideras ésta como tu casa. Quédate con tu tío Baoyu y no participes en las gamberradas de esos granujas ociosos.
Qin Zhong aceptó de buen grado el ofrecimiento y regresó a su casa a informar de lo que había dicho la Anciana Dama. Su padre, Qin Ye, un viudo a punto ya de cumplir los setenta años, era secretario de la Junta de Obras. Al no tener hijos propios había adoptado a un niño y una niña de un orfanato, pero el niño murió pronto. Keqing quedó como hija única, y al crecer se convirtió en una muchacha de considerable gracia e inteligencia; y como Qin estaba remotamente vinculado a la familia Jia, se arregló la boda de Keqing con Jia Rong.
En cuanto a Qin Zhong, había nacido cuando ya su padre había pasado la cincuentena. Su preceptor había muerto el año anterior, y Qin Ye aún no le había encontrado un sustituto; por eso el muchacho se dedicaba a repasar lecciones en casa. Para que no perdiera su tiempo, el viejo Qin había pensado en algún momento acercarse a los Jia para estudiar la posibilidad de que se pudiera enviar a su hijo a la escuela que ellos tenían, pero quiso la fortuna que Baoyu y Qin Zhong se conocieran.
El anciano se alegró mucho cuando se enteró de que la escuela de los Jia estaba dirigida por Jia Dairu, un venerable erudito confuciano bajo cuya tutoría era de esperar que Qin Zhong hiciera grandes progresos y hasta consiguiera un nombre.
Qin Ye era un funcionario pobre, pero todos los Jia, los encumbrados y los humildes, valoraban tanto las riquezas y los rangos que el viejo secretario arañó las paredes hasta conseguir veinticuatro taeles de plata que sirvieron de generoso regalo de ingreso. Luego llevó a Qin Zhong a que presentara sus respetos a Jia Dairu, tras lo cual esperaron a que Baoyu fijara una fecha para que ambos empezaran las clases.
Por cierto:
De saber que mañana acarreará problemas,
¿quién enviaría a su hijo a estudiar hoy?
* En la versión más antigua del manuscrito aparecen los siguientes versos encabezando este capítulo:
Aromático es el té Médula de Fénix recién hecho que se guarda en el antiguo trípode,
y el licor más transparente se conserva en la copa esmeralda.
No digan que no es hermosa la belleza de seda,
pero vean a la muchacha de oro junto al muchacho de jade.
Capítulo IX
Dos amigos entrañables ingresan en la escuela del clan.
Una calumnia hace volar los tinteros por el aula.
Qin Ye y su hijo tuvieron que esperar poco tiempo para recibir de la familia Jia un recado indicándoles la fecha del inicio de las clases; y es que Baoyu, en su ansiedad, sólo pensaba en reunirse cuanto antes con su amigo, de manera que había enviado a casa de Qin Zhong una nota en la que le pedía que acudiera en el corto plazo de dos días para marchar juntos a la escuela esa misma mañana.
El día fijado, antes de que Baoyu despertase, Xiren ordenó cuidadosamente sus libros y útiles escolares, y luego se sentó entristecida en el borde del kang esperando que el muchacho abriera los ojos para ayudarle en su aseo matinal.
—¿Por qué estás triste, hermana? —le preguntó delicadamente Baoyu cuando la vio allí sentada—. ¿Acaso me echarás de menos mientras estoy en la escuela?
—¡Qué cosas tiene! —sonrió Xiren—. El estudio es indispensable si se quiere ser algo en la vida, pero recuerde que en clase debe concentrarse sólo en sus libros, y fuera de la escuela debe pensar sólo en su familia. No se mezcle en las trastadas de los otros muchachos; no tendría gracia que su padre le sorprendiera en alguna. Sé que le han aconsejado dedicarse en cuerpo y alma al estudio, pero tampoco exagere la nota o terminará abarcando más de lo que puede apretar y su salud se resentirá. Por lo menos eso me parece a mí. Piénselo.
Baoyu iba asintiendo a todo lo que ella le decía.
—He hecho un paquete con sus abrigos de piel y lo he entregado a sus pajes —prosiguió Xiren—. Abríguese si siente frío en la escuela; piense que ya no estaremos nosotras allí para cuidarlo. También he dado a los pajes carbón para su estufa de mano; cuide de que esos vagos chapuceros la mantengan llena. Si no está todo el rato detrás de ellos no moverán un dedo y dejarán que se congele.
—No te preocupes —la tranquilizó Baoyu—. Sé cuidarme solo cuando estoy fuera. Pero tú no te quedes aquí tan triste, y visita de vez en cuando a mi prima Daiyu.
Cuando estuvo vestido, Xiren le sugirió que fuera a presentar sus respetos a sus padres y a la Anciana Dama. Después de dar unas breves instrucciones a Qingwen y a Sheyue, Baoyu se despidió de la Anciana Dama, que también le tenía preparados unos cuantos consejos. Luego fue a ver a su madre, y por fin acudió al estudio de su padre.
Ese día Jia Zheng había vuelto temprano y estaba hablando con unos secretarios cuando entró Baoyu a presentarle sus respetos y anunciarle su marcha a la escuela.
—No me avergüences con toda esa palabrería sobre la escuela —le dijo desdeñosamente su padre—. En mi opinión sólo sirves para holgazanear por ahí. Manchas mi suelo cuando lo pisas y mi puerta cuando te apoyas en ella.
—Su Señoría es demasiado duro con el muchacho —terciaron sus secretarios, que, incorporándose, se habían dirigido inmediatamente hacia Baoyu—. Con unos cuantos años de escuela su digno hijo revelará su temple y conseguirá un nombre, no le quepa la menor duda. Ya no es un niño. Además, ya se tiene que marchar; es, casi la hora del desayuno.
Y mientras decían esto, dos de ellos empujaron a Baoyu fuera del estudio.
Jia Zheng hizo llamar entonces a los acompañantes del muchacho, y acto seguido tres o cuatro fornidos mocetones que habían estado esperando fuera entraron a hincar una rodilla ante él.
Al