Cao Xueqin

Sueño En El Pabellón Rojo


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una sarta de disparates y unos cuantos trucos hábiles. En cuanto pueda te azotaré hasta despellejarte, y luego le ajustaré las cuentas al zote ese.

      Aterrado, Li Gui se arrodilló completamente, se despojó del gorro y golpeó repetidamente la cabeza contra el suelo mientras exclamaba:

      —Señor, señor, yo sería incapaz de decir una mentira. El joven amo ha estudiado tres volúmenes del Libro de los Cantos, y ha llegado hasta «You-you braman los venados, hojas de loto y lentejas de agua» [1] .

      La involuntaria tergiversación del verso original hizo que los reunidos soltaran una carcajada, y hasta Jia Zheng no pudo reprimir una sonrisa.

      —Aunque estudiara treinta volúmenes más, sólo estaría engañando a la gente —insistió—. Transmite mis saludos al director de la escuela y dile de mi parte que obras como el Libro de los Cantos y los Ensayos Clásicos no son más que una pérdida de tiempo. Mejor sería que obligara a sus alumnos a recitar de memoria los Cuatro Libros.

      Li Gui prometió cumplir el encargo y, como su señor ya no tenía más instrucciones que darle, se retiró.

      Baoyu, entretanto, se había quedado en el patio conteniendo el aliento. En cuanto vio salir a los sirvientes se alejó con ellos a toda prisa.

      Sacudiéndose el polvo de la reverencia, Li Gui y los demás se quejaron:

      —¡¿Qué le parece?! ¡Nos va a despellejar vivos! Otros criados ganan cierto prestigio sirviendo a sus amos, pero todo lo que nosotros sacamos en claro sirviéndole a usted son insultos y palizas. Apiádese de nosotros en adelante.

      —Ánimo, hermanos míos —contestó Baoyu con una sonrisa—. Mañana os convidaré.

      —¿Quiénes somos nosotros para esperar convites, pequeño antepasado? Nos bastaría con que escuchase nuestros consejos de vez en cuando.

      Ya estaban de vuelta en los aposentos de la Anciana Dama, que charlaba con Qin Zhong desde hacía un buen rato. Los dos muchachos se saludaron y se despidieron de la anciana.

      En ese momento Baoyu recordó que aún no se había despedido de Daiyu y fue corriendo hasta su cuarto, donde la encontró ante el espejo, junto a la ventana. Cuando la informó de que se iba a la escuela ella sonrió.

      —Muy bien —dijo—, de manera que te vas «a quitarle ramas al laurel en el palacio de la Luna» [2] . Siento mucho no poder ir a despedirte.

      —No cenes hasta que yo vuelva, querida prima. Vendré a mezclar tu colorete.

      Charlaron unos instantes más, y después Baoyu se giró para irse.

      —¿No vas a despedirte también de tu prima Baochai? —le insinuó malignamente Daiyu cuando ya echaba a andar.

      Baoyu respondió con una sonrisa y finalmente emprendió la marcha con Qin Zhong.

      La escuela de la familia Jia, que no estaba a más de un li de distancia, había sido fundada varias generaciones atrás con el propósito de que los miembros del clan que carecieran de recursos para contratar a un preceptor pudieran, a pesar de todo, educar a sus hijos. La mantenían los miembros que ostentaban cargos oficiales, quienes aportaban para su mantenimiento cuotas variables dependiendo de la cuantía del sueldo de cada uno. Un miembro anciano del clan que gozara de buena reputación entre los demás era seleccionado para dirigir la educación de los muchachos.

      Una vez que fueron presentados a los demás alumnos, Baoyu y Qin Zhong se enfrascaron en el estudio y desde ese día se hicieron inseparables; todas las mañanas marchaban juntos a la escuela, siempre regresaban juntos y, a menudo, gracias al favor de la Anciana Dama, Qin Zhong permanecía varios días seguidos con la familia Jia. De hecho, la anciana lo trataba como a uno más de sus propios nietos y le regalaba ropa, zapatos y otras cosas necesarias cada vez que constataba la insolvencia de su padre. En menos de un mes, Qin Zhong había trabado excelentes relaciones con la mansión Rong al completo.

      Como Baoyu siempre obedecía inclinaciones harto diferentes a las que correspondían a su posición, le dijo un día a Zhong con su habitual falta de respeto a los convencionalismos:

      —Somos de la misma edad, y además compañeros de estudio. Olvidemos que somos tío y sobrino, y seamos únicamente hermanos y amigos.

      Al principio Zhong se resistió a aceptar la propuesta, pero como Baoyu insistía en llamarlo «hermano», o bien empleaba su nuevo nombre social, él empezó a hacer lo mismo.

      Aunque todos los alumnos de esta escuela pertenecían al clan Jia o eran parientes políticos, «un dragón engendra nueve vástagos, cada uno diferente», y era inevitable que entre tantos muchachos hubiera algunos individuos de baja estofa, serpientes entre dragones.

      Los recién llegados eran notoriamente hermosos; el rostro de ambos estaba dotado de la frescura de las flores. Qin Zhong era tan tímido y gentil que a menudo se sonrojaba como una niña; Baoyu era por naturaleza discreto y modesto, considerado con los demás y de conversación amena. Y tan íntimo era su trato que sus condiscípulos empezaron a sospechar lo peor y a murmurar a espaldas de la pareja, haciendo correr feas calumnias dentro y fuera de la escuela.

      Por si fuera poco, Xue Pan no tardó en enterarse de la existencia de dicha escuela, y como la sola idea de tantos muchachos reunidos despertaba sus instintos más bajos, se inscribió en ella como alumno. Pero era «como el pescador que tres días pesca y dos pone a secar su red». La cuota de ingreso que entregó a Jia Dairu fue realmente un derroche, ya que no tenía la menor intención de aprovecharla para estudiar. Su único objetivo era conseguir algunos «hermanitos de adopción» en la escuela; de hecho, varios muchachos habían cedido ya a la tentación de su dinero y habían terminado por caer en sus garras. Pero no es necesario detenernos en este asunto.

      Sí es preciso decir que entre estos últimos había dos jóvenes sentimentales cuyos verdaderos nombres no han podido ser establecidos con certeza, ni tampoco la rama familiar a la que pertenecían. Eran conocidos, por su buena presencia y su encanto, con los apodos de Perfume Añorado y Jade Enamorado. A pesar de ser objeto de admiración general, nadie se acercaba a ellos por temor a Xue Pan.

      También Baoyu y Qin Zhong se sintieron atraídos por estos dos muchachos, pero sabiendo que eran amigos de Xue Pan no quisieron tomar ninguna iniciativa, aunque por parte de Perfume Añorado y Jade Enamorado la atracción fuera recíproca. El caso es que ninguno de los cuatro se atrevía a desnudar su corazón, y cada día, desde cuatro pupitres distintos, cuatro pares de ojos cruzaban sus miradas. A la vez que buscaban pasar inadvertidos, las insinuaciones y las alusiones les iban permitiendo desvelar sus pensamientos. Pero ocurrió que algunos granujas descubrieron su secreto y empezaron a levantar las cejas, guiñar un ojo, toser o carraspear a espaldas del cuarteto.

      Esta situación se mantuvo durante algún tiempo, hasta que un día, por una de esas cosas de la suerte, Jia Dairu tuvo que volver temprano a su casa a ocuparse de unos asuntos y dejó a los muchachos como tarea un verso de siete caracteres que debía ser rimado con otro, más el anuncio de que al día siguiente seguiría explicándoles los clásicos. Dejó a su nieto mayor, Jia Rui, como encargado de la escuela. Entonces, aprovechando que Xue Pan prácticamente había dejado de asistir a las clases, Qin Zhong sé puso a hacerle guiños a Perfume Añorado enviándole mensajes secretos. Ambos pidieron permiso y salieron al patio trasero para poder conversar tranquilos.

      —¿Se preocupan tus padres por tus amistades? —se interesó Zhong.

      No había terminado de pronunciar esas palabras cuando una tos les hizo volverse consternados. Era su compañero de clase Jin Rong. Perfume Añorado era un muchacho de genio vivo; incómodo y molesto le espetó:

      —¿Qué pasa? ¿Por qué toses? ¿Acaso no podemos hablar si nos viene en gana?

      —¿Y si Vosotros podéis hablar, por qué no puedo toser yo? —replicó Jin Rong deshaciéndose en risitas—.