Cao Xueqin

Sueño En El Pabellón Rojo


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pudiera decir más, Baochai la interrumpió riñéndole por no haber traído el té. Luego desvió la conversación preguntando a Baoyu de dónde venía. Él, que ya se había acercado lo suficiente, percibió una fragancia dulce y fresca que no pudo identificar.

      —¿Con qué incienso perfumas tu ropa? —preguntó a Baochai—. Nunca he olido semejante aroma.

      —No me gustan los inciensos perfumados que no hacen sino apestar la ropa buena como si hubiera estado junto al humo.

      —Pero ¿cuál es ese perfume?

      Baochai pensó un momento la respuesta.

      —Ah, debe ser la píldora que tomé esta mañana.

      —¿Qué píldoras son esas que huelen tan bien? ¿No me das una para que la pruebe?

      —No seas bobo —rió Baochai—. Las medicinas no se toman por gusto.

      En ese momento un sirviente anunció la llegada de Daiyu, que entró acto seguido.

      —¡Ah! —exclamó al ver a Baoyu—. He elegido un mal momento para venir.

      Baoyu se levantó sonriendo para ofrecerle asiento, y Baochai preguntó alegremente:

      —¿Por qué?

      —De haber sabido que él estaba aquí no hubiera venido.

      —Tu respuesta me intriga todavía más —dijo Baochai.

      —O todos aparecen juntos, o nadie llega —comentó malignamente Daiyu—. Si él viniese un día y yo al siguiente, espaciando nuestras visitas, entonces tendrías compañía diaria y no te sentirías ni muy sola ni demasiado distraída. ¿Qué tiene de misterioso lo que digo, prima?

      Baoyu observó que vestía una capa encarnada de piel de camello que se abotonaba por delante.

      —¿Está nevando? —preguntó.

      —Desde hace un buen rato —respondieron las doncellas.

      —¿Habéis traído mi capa?

      —¿Ves como tenía razón? —exclamó Daiyu—. En cuanto yo llego, él se va.

      —¿Quién ha hablado de irse? —contestó Baoyu—. Sólo quiero estar preparado.

      —Nieva y se hace tarde. Quédese aquí con sus primas —propuso el ama Li—. Su tía ha preparado algo de comer en el cuarto de al lado. Yo enviaré a una doncella a que recoja su capa y diré a los pajes que no lo esperen.

      Baoyu aceptó la sugerencia, y el ama salió a despedir a los pajes.

      Mientras tanto, la tía Xue ya tenía dispuesta la merienda. Cuando Baoyu elogió las patas de ganso y las lenguas de pato servidas unos días antes por la señora You, aparecieron otras tantas de la casa adobadas con granos de orujo que la tía dio a Baoyu para que las probara.

      —Sabrían aún mejor con vino —insinuó sonriendo.

      Inmediatamente su tía hizo traer el mejor vino de la casa.

      —Por favor, señora Xue, nada de vino —protestó el ama Li.

      —Sólo una copa, amita —suplicó Baoyu.

      —¡De ninguna manera! Si su abuela o su madre estuviesen aquí no me importaría que bebiera una jarra entera, pero todavía no he olvidado la reprimenda que me echaron durante dos días seguidos sólo porque algún zopenco irresponsable quiso caerle en gracia dándole un trago de vino a mis espaldas. No tiene usted idea de lo granuja que es, señora Xue; y la bebida le saca a relucir todo lo malo. Cuando tiene un día de buen humor la Anciana Dama le deja beber a su antojo, pero otros días no le permite probar ni una gota. Y siempre soy yo la que se mete en líos.

      —No te preocupes, mi pobre vieja —dijo riendo la tía Xue—. Anda y bebe tú también una copa. Cuidaré de que Baoyu no se exceda, y, si la Anciana Dama dice algo, yo asumiré la responsabilidad.

      Y ordenó a sus doncellas:

      —Llevad al ama Li a beber unas cuantas copas que la protejan del frío.

      De esta manera, el ama no tuvo más remedio que ir a beber con los demás sirvientes.

      Apenas hubo salido, dijo Baoyu:

      —Que no calienten el vino, lo prefiero frío.

      —Nada de eso —repuso su tía—. El vino frío te hace temblar la mano al escribir.

      —Primo Bao —intervino burlona Baochai—, cada día tienes oportunidad de aprender algo nuevo. ¿Cómo no has entendido que el vino se bebe caliente? Si está caliente, sus vapores se disipan pronto; frío, se queda en tu cuerpo y absorbe calor de tus órganos vitales. Y eso no es bueno, así que deja de hacerlo.

      El consejo parecía sensato, de manera que Baoyu dejó el vino y pidió que lo calentaran. Daiyu, durante la discusión, había estado sonriendo de manera enigmática mientras mordisqueaba pepitas de melón. Su doncella Xueyan le acababa de traer una pequeña estufa de mano.

      —¿Quién te ha pedido que me trajeras una estufa? —preguntó Daiyu—. Muchas gracias. ¿Acaso pensaste que aquí me estaría congelando?

      —Zijuan temió que estuviera pasando frío, señorita, y me pidió que se la trajera.

      Con la estufa en los brazos, Daiyu respondió:

      —Así que tú haces lo que ella dice, pero en cambio lo que yo te digo te entra por un oído y te sale por el otro. Cumples las órdenes de Zijuan más rápidamente que si se tratara de edictos imperiales.

      Baoyu sabía que en realidad todos esos comentarios de Daiyu iban dirigidos a él, pero su única respuesta fue una serie de risitas, y Baochai, consciente de que ésa era su manera de actuar tampoco le prestó excesiva atención. Sin embargo, la tía Xue protestó:

      —Siempre has sido delicada y soportado mal el frío. ¿Por qué te habría de disgustar la consideración de los demás?

      —No lo entiende, tía —repuso Daiyu con una sonrisa—. Aquí no tiene importancia, pero en cualquier otro lugar la gente podría ofenderse. ¡Enviar una estufa desde mis aposentos como si mis anfitriones no dispusieran de una! En vez de considerar a mis doncellas demasiado quisquillosas, la gente pensaría que siempre me comporto de esta manera inaceptable.

      —Tomas demasiado en serio estas cosas —dijo la tía Xue—. Nunca me hubiera pasado por la cabeza semejante explicación.

      Mientras tanto, Baoyu ya se había bebido tres copas. El ama Li regresó para llamarle la atención, pero lo encontró muy entretenido hablando y riendo con sus primas, y sin intención alguna de dejar de beber.

      —Sólo un par de copas más, amita —suplicó.

      —Más vale que tenga cuidado —le advirtió ella—. Hoy está en casa el señor Zheng, y a lo mejor quiere ver cómo lleva sus lecciones.

      Descorazonado, Baoyu dejó su copa lentamente y agachó la cabeza.

      —¡No sea aguafiestas, ama Li! —protestó Daiyu.

      Y dirigiéndose al muchacho:

      —Si el tío te llama podemos decir que la tía Xue no te deja salir. Tu ama ha bebido demasiado y ahora quiere hacernos cargar a nosotros con los efectos del vino.

      Y dándole un codazo cómplice para animarlo continuó:

      —No le hagas caso, ¿por qué razón no podemos divertirnos?

      —Señorita Lin, no le anime usted a seguir bebiendo —exclamó el ama Li—. Sus consejos son los únicos que él escucha.

      —Pero si no le estoy animando a nada —dijo Daiyu enfadada—, y tampoco me tomo la molestia de darle consejos. Es usted demasiado escrupulosa. La Anciana Dama siempre le da vino, ¿por qué no iba a poder beber un poco en casa de su tía? ¿Está sugiriendo que es una extraña y que él no debe actuar aquí con