Cao Xueqin

Sueño En El Pabellón Rojo


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      Qin Keqing quedó perpleja al oír su nombre de infancia pronunciado en sueños por Baoyu, pero prefirió no preguntarle nada. En cuanto a Baoyu, se sentía aturdido y confuso, como si le faltara algo. Unos servidores le trajeron una cocción de longyan [2] , y tras tomar un par de sorbos se levantó. Xiren se acercó para ayudarle a arreglarse la ropa y, al rozarlo, sintió a lo largo de su muslo algo frío y viscoso. Asustada, retiró la mano y le preguntó qué le sucedía; Baoyu se turbó como un camarón y le apretó la mano.

      Xiren era una muchacha inteligente. Tenía dos años más que Baoyu y ya sabía sobre las cosas de la vida. El estado del muchacho le reveló lo que había sucedido, y, sonrojándose ella también, le ayudó a ordenar su ropa sin hacer más preguntas.

      Fueron a reunirse con la Anciana Dama, y tras cenar apresuradamente volvieron a su cuarto. Aprovechando la ausencia de las otras doncellas y amas, Xiren le dio ropa limpia y le ayudó a ponérsela.

      —Por favor, hermanita, no se lo digas a nadie —suplicó Baoyu, avergonzado. Con una sonrisa, ella le preguntó:

      —Pero ¿qué ha soñado para ponerse así?

      —Es una historia muy larga —respondió Baoyu, y le contó detalladamente su sueño concluyendo con la escena en la que Desencanto le inicia en el «juego de la nube y la lluvia». Xiren se turbó oyéndolo y, con una risita, se cubrió la cara.

      Baoyu, que no era indiferente a la amabilidad y la coquetería de Xiren, la atrajo hacia sí y le pidió que siguiera con él las enseñanzas de la diosa. Ella intuyó que, habiendo sido entregada a Baoyu por la Anciana Dama, aquella no era una licencia indebida. Acabaron probándolo en secreto, y afortunadamente no fueron descubiertos. Desde aquel día Baoyu trató a Xiren con una consideración especial; ella, por su parte, le sirvió con más fidelidad que antes. Pero dejemos este asunto por el momento.

      Hablemos de la mansión Rong. Sin ser demasiado grande la habitaban tres o cuatrocientas personas, entre señores y sirvientes, y, a pesar de que no hubiera mucho ajetreo, eran muchas las cosas que atender cotidianamente. Describirlas es más difícil que desenredar una madeja de cáñamo. Justo cuando me estaba preguntando por qué suceso o criatura iniciar dicha descripción, apareció de pronto una persona humilde llegada desde más de mil li de distancia, insignificante como un grano de mostaza, que precisamente aquel día visitaba la mansión en razón de un lejano parentesco con la familia. Empezaré, pues, por su propia familia.

      ¿Conocen ustedes el nombre de esta familia y su remota vinculación con la mansión Rong? Si piensan, llegados aquí, que este asunto es trivial y carece de importancia, entonces, queridos lectores, mejor harían en dejar este libro y elegir otro que fuera más de su agrado. Pero si consideran que esta insensata historia les puede ayudar a matar el tiempo, entonces permitan que yo, la estúpida roca, me demore en los detalles.

      El apellido de la humilde familia que acabo de mencionar era Wang. Se trataba de gente aldeana cuyo abuelo había conocido al abuelo de Xifeng, el padre de la dama Wang, cuando trabajaba como funcionario de bajo rango en la capital. Deseoso de vincularse a los poderosos Wang, «se unió a la familia» atribuyéndose la calidad de sobrino. En aquel tiempo sólo la dama Wang y su hermano mayor, el padre de Xifeng, que habían acompañado a su padre a la capital, conocían la existencia de este remoto «pariente» del clan. El resto de los Wang la ignoraba.

      El abuelo había muerto dejando un hijo, Wang Cheng, quien, a la vista de las estrecheces que pasaba la familia en la capital, la había enviado de vuelta a su aldea natal, situada en las afueras. No hacía mucho que Wang Cheng había muerto dejando un hijo, Gouer, que a su vez había tenido, de su matrimonio con una muchacha de la familia Liu, un hijo llamado Baner y una hija de nombre Qinger. Aquella familia de cuatro miembros vivía cultivando la tierra. Gouer trabajaba de sol a sol mientras su esposa atendía las faenas de la casa, por lo cual tuvieron que llevarse con ellos a su suegra, la abuela Liu, para que cuidara de los niños. Era una anciana viuda que había corrido mucho mundo y que ahora se mantenía a duras penas con dos mu [3] de tierra pobre, sin hijo que la ayudara; por eso la idea de ser acogida en casa de su yerno no pudo sino alegrarla, y ella hizo lo posible por serles de utilidad.

      El otoño había terminado y avanzaba el frío. A falta de alimentos para enfrentarse a él, Gouer bebía en este momento unas copas para ahogar sus preocupaciones y descargaba su enfado en la familia. Su esposa no se atrevía a replicarle, pero la abuela Liu no estaba dispuesta a seguir soportando la situación.

      —Disculpa que me entrometa, yerno —dijo—. Los aldeanos somos gente honrada y sencilla que comemos según el tamaño de nuestro tazón. A ti, en cambio, te malcrió tanto tu padre de pequeño que ahora eres un mal administrador. Cuando tienes dinero no guardas para mañana; cuando te falta, te enfadas. Esa actitud no es la de un hombre. Aunque vivamos fuera de la capital, estamos a los pies del emperador y las calles de Chang’an [4] están cubiertas de dinero para aquellos que saben cómo conseguirlo. ¿De qué sirve en casa tu malhumor?

      —¡Qué fácil es para usted hablar desde el kang! —replicó Gouer—. ¿Acaso quiere que salga a robar? ¿O quizás que asalte a alguien?

      —¿Quién te lo está pidiendo? Lo que te digo es que pensemos juntos alguna solución. ¿O es que esperas que las monedas de plata lleguen rodando solas?

      —¿Cree usted que habría esperado tanto tiempo si hubiera una salida? —refunfuñó Gouer—. No tengo parientes con rentas ni amigos en cargos oficiales, y, aunque los tuviera, lo más seguro es que me ignorasen. ¿Qué puedo hacer?

      —No estés tan seguro —dijo la abuela Liu—. El hombre propone y el cielo dispone. O sea, que proponer es cosa nuestra. Piensa un plan, confía en Buda y, quién sabe, quizás pronto obtengas resultados. La verdad es que yo ya tengo una idea. En los viejos tiempos, los tuyos se unieron a los Wang de Jinling, y entonces, hace de eso veinte años, los trataron bien. Claro que después, por puro amor propio, no os habéis acercado a ellos y cada vez os habéis ido alejando más. Recuerdo que en una ocasión fui en su busca con mi hija. Su segunda dama era realmente generosa, muy agradable y sin ínfulas. Ahora es la esposa del segundo señor Jia de la mansión Rong. Tengo entendido que se ha vuelto muy caritativa y siempre anda guardando arroz y dinero para entregarlo a budistas y taoístas. Su hermano ha sido destinado a la frontera, pero estoy segura de que esa dama Wang se acordará de nosotros. ¿Qué perdemos con intentarlo? Quizás nos ayude en nombre de los viejos tiempos. Si está dispuesta a hacerlo, uno de sus cabellos será más grueso que nuestra cintura.

      —Mi madre tiene razón —terció la hija—. Pero ¿cómo van a franquear unos desgraciados como nosotros el portón de la mansión Rong? Lo más probable es que sus porteros se nieguen a anunciamos. ¿Por qué ir a pedir una bofetada?

      Pero Gouer, atraído por la sugerencia de su suegra, se rió de la objeción de su esposa y propuso:

      —Ya que ésta es idea suya, madre, y como antes ya fue en busca de esa dama, ¿por qué no se acerca mañana por allí a ver de qué lado sopla el viento?

      —¡Vaya! El umbral de una Casa noble es más profundo que el mar, ¿y quién soy yo para cruzarlo? Los sirvientes de la mansión Rong no me conocen; de nada serviría que fuera.

      —Eso no es problema. Le diré cómo hacerlo. Se lleva con usted al pequeño Baner y pregunta por el mayordomo Zhou Rui. Si consigue verlo, vamos bien; este Zhou Rui tuvo negocios con mi padre y solía mantener buenas relaciones con nosotros.

      —Yo también lo conozco, pero ¿cómo me recibirá después de tanto tiempo? Veo que tú estás demasiado asustado para ir, y mi hija es demasiado joven para andar exhibiéndose así. Yo, en cambio, tengo edad suficiente cómo para no temer un desaire. Si tengo suerte la compartiremos, e incluso si no regreso con algo de dinero mi viaje no habrá sido en vano, pues nunca está de más ver algo de la buena vida.

      Celebraron