Loli Curto

Macrobiótica I


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a renunciar a nuestros vi­cios ali­men­ta­rios. Esta es una de las razones por las que tienen éxito las mentiras sobre nutrición: abandonar los há­bitos adicti­vos no es fácil para nadie, y eso nos lleva a aceptar la información errónea porque viene envuelta en unas teo­rías fantásticas, muy fáciles de aplicar. Parece que con un solo pro­ducto o ali­mento se garantiza nuestra salud, nos va a man­te­ner jóvenes, además de ser barato, y, sobre todo, no nos obli­ga a abando­nar nuestros vicios. Es una solución milagrosa.

      El aficionado. Este posee mucha información teórica, que sabe procesar muy bien para ofrecerla y venderla. No es pro­fesional, porque no tiene la formación oficial necesaria ni la titulación reconocida para poder dedicarse a esta profesión. Aquí hay que añadir que, por otro lado, hay profesionales que tienen esa titulación oficial, pero que nunca se han de­dicado ni trabajado en esa profesión; al no tener experiencia, solo formación teórica, tampoco pueden hablar desde la práctica y mucho menos garantizar resultados.

      Estas grandes diferencias entre ambos perfiles hemos de tenerlas claras antes de someternos a sus consejos. Conocer el currículum de la persona que nos va a asesorar es impor­tante para discernir si puede hacerlo correctamente o no. La experiencia es un grado, y cuanta más tenga­mos, más capacidad poseeremos para abordar la materia.

      Cuando hacemos un cambio en nuestros hábitos diarios al­gunas veces parece que funciona. En muchas ocasiones ex­perimentamos una mejora y esto nos anima a continuar, ya que nos parece que lo que estamos aplicando funciona bien, e incluso se lo recomendamos a nuestro entorno como si fué­ramos unos expertos, unos fanáticos de ese producto o remedio milagroso.

      Debemos comprender que no hay productos ni remedios naturales a la venta que sean la panacea, un «curalotodo» para nuestros problemas de salud. La razón es muy sencilla: el or­ganismo humano es de una complejidad tal de sistemas y procesos que ni siquiera la ciencia actual, tan evolucionada y con toda la tecnología de última generación, conoce con pre­cisión este laberinto diseñado por la naturaleza. La prueba de lo que digo es que cada día se hacen descubrimientos nue­vos que sorprenden a científicos, físicos, bioquímicos, antro­pólogos, arqueólogos…, que contradicen los anteriores que se habían dado por válidos. ¿Cómo podemos creer que, con los años de evolución y esfuerzos de investigación vividos sin haber llegado a comprender esa totalidad del ser, puede haber un producto químico que no tiene nada que ver con el organismo o natural que pueda actuar en ese enorme con­junto de sistemas y resolver los problemas de todos a la vez solo con una pastilla?

      El cambio introducido puede hacernos experimentar en nuestro organismo un alivio y una mejoría al abandonar los viejos hábitos; nosotros lo interpretamos como que la nove­dad incorporada para conseguir los objetivos que prometía está funcionando, cuando en realidad es el propio descono­cimiento de nuestros procesos internos lo que nos lleva a esa deducción. Sin haber sido previamente diagnosticados ni correctamente asesorados, puede incrementar aún más el desequilibrio y crear deficiencias o excesos en nuestros órga­nos. Por intentar autogestionar nuestra salud podemos em­peorar la situación. Lo que hayamos tomado, y que en un primer momento haya podido parecernos que estaba provocando un efecto positivo, puede convertirse en algo negativo si lo prolongamos.

      A continuación, indico cuáles suelen ser los procedimien­tos más habituales para la mayoría de la sociedad que va a probar un producto panacea. Lo primero es haber escucha­do repetidas veces sus virtudes —no demostradas— hasta hacernos reaccionar; no obstante, nunca hablan de las con­traindicaciones. Esa repetición publicitaria nos hace creer que tiene que ser cierto, ya que todos cuentan lo mismo, cuan­do en realidad solo sucede que la fuente de información suele ser la misma —la industria que lo vende—, y el error siempre se propaga con más facilidad que la verdad.

      Pongo como ejemplo el interés que mostramos cuando queremos probar algo nuevo y necesitamos mejorar alguna área concreta de nuestra salud. Si pretendemos conseguir remontar, por ejemplo, nuestro sistema inmunológico porque sentimos que estamos cansados sin motivo aparente, enton­ces deducimos que debemos tener las defensas bajas, sin que de esto tengamos ninguna evidencia concreta. Buscamos en internet cómo aumentar nuestras defensas y se muestran va­rios productos que, según la publicidad que los acompaña, parece que nos van a quitar años de encima, que proporcionan unos resultados espectaculares.

      Casi siempre empezamos a consumirlo por la mañana en ayunas para que tenga más efecto, como suelen recomendar. En pocos días parece que nos sentimos mejor y damos por hecho que lo que leímos en su momento es totalmente cier­to. Por tanto, seguimos con la nueva propuesta de desayuno ya convencidos de que es cierto lo que decían sobre el ali­men­to o producto que estamos tomando, incluso nos vol­ve­mos un poco fanáticos. Si seguimos con el experimento durante un largo periodo, puede que sigamos sintiéndonos bien o, por el contrario, que volvamos a sentirnos mal y des­cubramos que no nos funciona. Si esto último se produce, está claro que la causa no tiene nada que ver con lo que es­tamos aplicando, y si nos seguimos sintiendo bien, eso con­firma que los antiguos hábitos eran nefastos.

      Mejoramos al abandonar el desayuno anterior: siempre la realidad metabólica que se produce es otra diferente a la que imaginamos, y voy a argumentar en qué suele consistir la mejora obtenida. Imagina que en tu hábito anterior to­mabas, por ejemplo, café, leche, zumo de fruta, e incluso ga­lle­tas, mer­melada, pan, etc., para desayunar. Esta mezcla me atre­vo a denominarla «bomba de relojería» para el orga­nismo debido a las incompatibilidades y rechazos digestivos, así como por las reacciones inflamatorias y de intolerancia que presen­ta, además del excesivo gasto energético que tie­ne que efectuar el organismo para poder aceptarlo. Cada ali­men­to de los que he puesto de ejemplo pertenece a un gru­po diferente; eso significa que se necesitan enzimas muy distintas para digerir cada uno de ellos. Si el estómago se­gre­ga una enzima para las proteínas, como en este caso la leche, no pue­de segregar una para las frutas, es decir, que una anu­la a la otra —por decir­lo fácil y rápido— y, como consecuen­cia, el or­ganismo no apro­vecha ningún nutriente. Pero eso no es todo lo que suce­de, ya que, con una mezcla como esa en el estó­mago, que no se puede digerir, esta, al fermentar, produce un tipo de bac­te­rias que provocan todo tipo de sín­tomas: gases, dolor e in­fla­mación abdominal, diarrea o es­treñimien­to y muchos otros.

      Que nos atrevamos a comer cualquier cosa no es garan­tía de que lo podamos digerir, lo procesemos y lo asimilemos, ya que son procesos que actúan por separado y pocas veces se consiguen los tres. Ante esta situación, más extendida de lo que se piensa, nuestra salud empieza a empeorar. Y lo hará a una velocidad que dependerá de la edad que tengamos. Po­de­mos empezar a estar muy cansados antes o después por dos razones:

      • Porque nuestro organismo se agota al tener que aportar toda la energía de reserva de la que dispone para intentar compensar y resolver ese desastre dietético «no digerible».

      • Porque ninguno de los alimentos procesados, industria­les y no óptimos —más la mezcla nefasta— puede llegar a convertirse en energía ATP1 en nuestras células y seguimos carentes de ella, desnutridos, hambrientos por falta de nutrientes, es decir, cansados..., pero, además, con altos picos de glucosa, ansiosos y con necesidad de tomar otro café con más azúcar para obtener un plus de energía rápida. Esto pro­duce un circuito cerrado interminable y muy adictivo.

      ¿Qué sucede al introducir esa sustancia maravillosa que nos recomendaron? Simplemente que sustituimos el terrible desayuno que estábamos ingiriendo y, al liberar al cuerpo de esa agresión, este se sintió mucho mejor. No es que el nuevo producto aumente nuestras defensas, ni muchísimo menos, es que nuestro sistema se quitó de encima algo mu­cho peor, y lo que sea que estemos tomando como sustitu­to resulta me­nos dañino momentáneamente. No obstante, si pudiéramos anali­zar las defensas antes de introducir el cam­bio y después, casi seguro que estarían en el mismo pun­to. Por tanto, lo que quie­ro mostrar es que lo que nos reco­mien­dan para las defen­sas no funciona de forma específica para esa función y la in­for­ma­ción es errónea… Pero prácticamente nadie lo comprueba.

      Es cierto que podemos sentirnos