Cao Xueqin

Sueño En El Pabellón Rojo


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¡Todo su porte es distinguido! Nada tiene que ver con su padre, yerno de nuestra anciana abuela. Más parece de los Jia. Con razón tu anciana abuela no podía dejar de pensar en ti y sólo de ti hablaba. ¡Pobrecilla mi desdichada primita, perder a su madre tan temprano!

      Dicho lo cual se enjugó unas lágrimas con su pañuelo.

      —Acabo de secar mis lágrimas. ¿Acaso quieres que vuelva a empezar? —dijo la anciana con aire juguetón—. Tu joven prima llega de un largo viaje y su salud es delicada. Acabamos de conseguir que cese su llanto, así que no empieces tú ahora.

      Xifeng trocó automáticamente su dolor en alegría.

      —¡Claro! —gritó—. Ver a mi primita me sumió en dolor y alegría al mismo tiempo, y por eso olvidé a nuestra anciana abuela. Merezco que me apaleen.

      Tomando a Daiyu de la mano le preguntó:

      —¿Qué edad tienes, prima? ¿Ya has empezado tus estudios? ¿Qué medicinas estás tomando? No debes echar de menos tu casa entre nosotros. Si te apetece alguna comida especial o algo para jugar, no dudes en pedírmelo. Si las doncellas y las viejas amas no se portan bien contigo, dímelo enseguida.

      Entonces se volvió a las sirvientas:

      —¿Ya habéis entrado el equipaje y las cosas de la señorita Lin? ¿Cuánta gente ha traído? Daos prisa y disponed un par de cuartos donde puedan descansar.

      Entretanto habían servido dulces y té, y, mientras Xifeng los repartía, la dama Wang le preguntó si había distribuido la asignación mensual correspondiente.

      —Ya se distribuyó —confirmó Xifeng—. Acabo de llevar a una gente al almacén trasero de arriba para buscar brocado, pero a pesar de que buscaron durante largo rato no pudieron encontrar del tipo que nos describió ayer, mi señora. ¿Es posible que su memoria le haya jugado una mala pasada?

      —No importa que no haya de ese tipo —dijo la dama Wang—. Tú elige dos cortes para hacerle alguna ropa a tu primita. No olvides buscarlos esta noche.

      —Ya lo he hecho —respondió Xifeng—. Sabiendo que mi prima podía llegar en cualquier momento preferí dejar todo listo. El género está en sus habitaciones esperando que usted lo inspecciones. Si lo aprueba lo enviaré enseguida.

      La dama Wang sonrió con un leve gesto de aprobación.

      Después fueron retirados el té y los dulces, y la Anciana Dama ordenó a dos amas que llevaran a Daiyu a saludar a sus dos tíos.

      Inmediatamente la dama Xing, esposa de Jia She, se incorporó para sugerir:

      —¿No sería más sencillo que yo misma llevara a mi sobrina?

      —Muy bien —accedió la Anciana Dama—, y ya te puedes quedar allí.

      Asintió la dama Xing y luego pidió a Daiyu que se despidiera de la dama Wang, tras lo cual fueron acompañadas por las demás hasta el vestíbulo. Fuera, frente a la puerta decorada, unos pajes esperaban junto a una carroza de laca azul con visillos verde esmeralda a que subieran la dama Xing y su sobrina. Luego, las doncellas dejaron caer las cortinillas y dieron a los porteadores la orden de partir. Éstos llevaron la carroza hasta un lugar despejado donde le aparejaron una mula dócil. Salieron por la puerta lateral del oeste y desde allí se dirigieron hacia el este, más allá de la entrada principal de la mansión Rong, hasta cruzar un gran portón de laca negra y detenerse frente a una puerta ceremonial.

      Cuando los pajes se hubieron retirado, se alzaron las cortinas y la dama Xing condujo a Daiyu hasta el patio. A la muchacha le dio la impresión de que esos patios y edificios aún debían formar parte del jardín de la mansión Rong, pues observó, después de cruzar tres puertas ceremoniales, que los salones, los aposentos laterales y los corredores techados eran más pequeños pero todavía de muy buena factura. No tenían el esplendor imponente de la otra mansión, pero no les faltaban árboles, plantas y jardines de rocas.

      Al entrar en el salón central fueron saludadas por una multitud de concubinas y doncellas muy maquilladas y ricamente vestidas. La dama Xing invitó a Daiyu a tomar asiento, mientras enviaba a una sirvienta a la biblioteca para pedir a su esposo que viniera.

      Un momento después la mensajera volvió con el siguiente recado:

      —Dice el señor que no se ha sentido muy bien estos últimos días, y que un encuentro con la joven dama no haría sino turbar a ambos. Que por el momento no se encuentra con ánimo para hacerlo. Que la señorita Lin no debe entristecerse o incomodarse, sino sentirse como en su casa junto a la abuela y sus tías. Que quizá sus primas le parezcan algo tontas, pero le servirán de compañía y ayudarán a distraerla. Que si alguien la tratara mal debe decírnoslo y no considerarnos extraños.

      Daiyu se había incorporado respetuosamente para recibir el mensaje. Poco después volvió a levantarse para partir. La dama Xing insistió en que se quedara a cenar.

      —Gracias, tía, es usted demasiado amable —dijo Daiyu—. Hago mal en negarme, pero no estaría bien que demorase más la visita a mi segundo tío. Le ruego que me disculpe y me permita quedarme en otra ocasión.

      —Tienes razón —dijo la dama Xing, y a continuación ordenó a varias sirvientas mayores que acompañasen a su sobrina de vuelta en el carruaje, hecho lo cual Daiyu se despidió. Su tía la acompañó hasta la puerta ceremonial, y después de dar algunas instrucciones adicionales a las sirvientas esperó hasta que hubieron partido.

      De vuelta en la mansión Rong, Daiyu volvió a apearse. Las amas la llevaron hacia el este, a la vuelta de una esquina, y luego a través de un elegante salón de entrada que daba a un gran patio. El edificio norte tenía cinco grandes secciones, y alas a cada lado. Ése era el eje de toda la finca, más impresionante de lejos que los aposentos de la Anciana Dama.

      Daiyu comprendió que se trataba de la principal edificación interior, pues una ancha avenida conducía directamente hasta su puerta. Una vez dentro del salón levantó la vista y llamó su atención una gran tabla azul sobre la que había nueve dragones dorados y, en enormes caracteres también dorados, la siguiente inscripción: «Salón de la Felicidad Gloriosa». Luego, unos caracteres menores registraban la fecha en que el emperador había obsequiado esa tabla a Jia Yuan, duque de Rongguo, y, por fin, el sello imperial.

      Sobre una gran mesa de sándalo rojo tallado con dragones se elevaba un viejo trípode de bronce verde de tres pies de altura. De la pared colgaba un gran rollo con el dibujo de unos dragones negros cabalgando sobre las olas, y a su lado descansaban un vaso de vino de bronce con incrustaciones de oro, y un bol de cristal. Apoyados en las paredes se alineaban dieciséis sillones de cedro, y, sobre éstos, dos paneles de ébano con el siguiente pareado grabado en plata:

      Las perlas de los sentados en torno a esta mesa brillan más que el sol y la luna;

      las insignias de honor de los huéspedes relumbran en el salón como nubes iridiscentes.

      Bajo el texto unos caracteres diminutos informaban de que éste había sido compuesto por el príncipe de Dong’an, que firmaba Mu Shi y se consideraba paisano y viejo amigo de la familia.

      Las amas llevaron a Daiyu a este salón principal, puesto que la dama Wang rara vez lo utilizaba y prefería para su descanso tres cuartos del lado oriental.

      El enorme kang [3] situado junto a la ventana estaba cubierto con una alfombra importada de color escarlata. En el centro había unos cojines rojos y unos cabezales de color turquesa; unos y otros estaban adornados con medallones de dragón que decoraban igualmente un largo colchón de color amarillo verdoso. A cada lado, una mesita de laca en forma de flor de ciruelo. Sobre la de la izquierda había un trípode, unas cucharitas, unos palillos y un recipiente para el incienso; sobre la mesa de la derecha, un estilizado florero de porcelana del horno de Ruzhou [4] con flores de la estación, así como tazones para el té y una escupidera. Al pie del kang, frente a la pared occidental, cuatro sillones tapizados