Cao Xueqin

Sueño En El Pabellón Rojo


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un amuleto en forma de candado con su nombre búdico, y un amuleto de la buena suerte. Por debajo asomaban pantalones de satén floreado verde claro, calzas con puntos negros y bordes de brocado, y unos zapatos escarlata de suela gruesa. De tan claro, su rostro parecía empolvado; y sus labios, como pintados con carmín. Tenía una mirada llena de afecto y una conversación salpicada de sonrisas. Pero donde más se manifestaba su encanto natural era en las cejas, pues sus ojos emitían un mundo de sentimientos. Sin embargo, a pesar de lo atractivo de su apariencia era difícil percibir qué yacía bajo ella.

      Mucho tiempo después alguien hizo, un admirable retrato de Baoyu en estos poemas, escritos sobre la melodía Xijiangyue («La Luna sobre el Río del Oeste»):

      Angustia y melancolía cortejaba sin razón,

      y a veces se comportaba como idiota o loco.

      Aunque fue de porte apuesto,

      díscolo y vacío tuvo el corazón.

      Obtuso, no comprendía sus deberes;

      terco, no se aplicaba en sus estudios.

      Fue temerario en extravagancia,

      y no escuchó el reproche y la difamación.

      Privilegios y tesoros no sabía disfrutar;

      cuando pobre, no podía soportar los sufrimientos.

      Lástima que derrochara sus años mejores

      defraudando al país y a su familia.

      Era el inútil más grande del mundo,

      no tiene par su indignidad.

      Petimetres y noblecillos, permítanme aconsejar:

      ¡No imiten la perversidad de este joven!

      Sonriéndole a su nieto, la Anciana Dama le riñó:

      —¿Qué es eso de mudarse de ropa antes de saludar a nuestra invitada? Date prisa en presentar tus respetos a tu prima.

      Baoyu había visto a su prima al entrar, y enseguida había adivinado que se trataba de la hija de su tía Lin. Se apresuró a hacer una reverencia, y tras el saludo tomó asiento. Al mirarla de cerca la encontró distinta a las otras muchachas. Tenía el ceño elevado, pero a la vez no fruncido; sus elocuentes ojos mostraban alegría y dolor al mismo tiempo; su delicada fragilidad le daba un aire singular. Sus ojos brillaban de lágrimas, su aliento era leve y suave. En reposo parecía una flor adorable reflejada en un estanque; al moverse semejaba un flexible sauce meciéndose al viento. Se la veía más inteligente que Bi Gan [7] , más delicada que Xi Shi [8] .

      —Yo he visto antes a esta prima —observó Baoyu.

      —Otra vez con tus tonterías —dijo su abuela riendo—. ¿Cómo la podrías haber conocido?

      —Su rostro me resulta familiar. Tengo la impresión de que somos viejos amigos que se vuelven a encontrar después de una larga separación.

      —Tanto mejor —la Anciana Dama se rió—. Eso significa que podréis ser buenos amigos.

      Baoyu fue a sentarse junto a Daiyu y volvió a mirarla fijamente.

      —¿Has leído mucho, prima? —preguntó.

      —No —dijo Daiyu—. Sólo he estudiado un par de años y aprendido unos cuantos caracteres.

      —¿Cómo te llamas?

      Se lo dijo.

      —¿Y tu nombre de cortesía?

      —No tengo.

      —Entonces te pondré uno —propuso con una risita—. ¿Qué mejor nombre que Pin-pin [9] ?

      —¿De dónde has sacado eso? —intervino Tanchun.

      —De la Verificación general de hombres y objetos antiguos y actuales, que dice que en Occidente hay una piedra llamada dai que puede sustituir al grafito para pintar las cejas. Como las cejas de la prima Lin se ven medio fruncidas, ¿qué mejor nombre de cortesía para nuestra prima que esos dos caracteres?

      —Te lo estás inventando todo —terció Tanchun.

      —Fuera de los Cuatro Libros, casi todas las obras son inventadas. ¿Soy acaso el único que inventa cosas? —replicó con una sonrisa.

      Y a continuación, para espanto de todos, preguntó a Daiyu si ella tenía una piedra de jade.

      Imaginando que pensaba en su propia piedra, ella respondió:

      —No, supongo que es un objeto demasiado extraordinario como para que cualquiera tenga uno.

      Y en ese momento, inopinadamente, Baoyu sufrió un ataque de furia. Se arrancó el jade y lo arrojó con rabia al suelo.

      —¡¿Qué tiene de extraordinario?! —rugió—. Ni siquiera sirve para distinguir a la buena gente de la mala. ¿Cuáles son sus facultades trascendentales? No me interesa nada este trasto.

      Todas las doncellas se abalanzaron consternadas a recoger el jade, mientras la Anciana Dama tomaba desesperada a Baoyu entre sus brazos.

      —¡Monstruo perverso! Rúgele a la gente si estás furioso, pero no tires ese precioso objeto del que depende tu vida.

      Con el rostro cubierto de lágrimas, Baoyu sollozaba:

      —Aquí ninguna de las muchachas tiene uno, sólo yo. ¿Qué grada tiene entonces? Ni siquiera esta prima recién llegada, adorable como un hada, tiene uno. Lo que demuestra que no sirve para nada.

      —Una vez lo tuvo —le mintió la anciana para tranquilizarlo—, pero cuando tu tía agonizaba y no quería dejar atrás a tu prima, lo mejor que se le ocurrió a ella fue que su madre partiese con el jade. Fue como enterrar a los vivos con los muertos y reveló la piedad filial de tu prima. Por eso el espíritu de tu tía puede ver a su hija todavía. Te dijo que no tenía un jade por no jactarse de ello. ¿Cómo te atreves a compararte con ella? Y ahora vuelve a ponértelo con cuidado antes de que tu madre se entere.

      Tomó el jade de manos de una de las doncellas y se lo puso ella misma. Y Baoyu, que había creído la historia, olvidó el asunto.

      Entró en ése momento un ama preguntando qué aposentos se destinarían a Daiyu.

      —Trasladad a Baoyu al cuarto interior de mis aposentos —dijo su abuela—. Por el momento la señorita Lin puede ocupar el bishachu [10] . Con la primavera haremos un arreglo distinto.

      —Abuela, querida abuela —alegó Baoyu—, déjame quedarme en el exterior del bishachu. Estaré muy bien en esa cama del cuarto de fuera. ¿Por qué mudarme a un sitio donde sólo sería una molestia?

      Tras dudarlo un momento, la Anciana Dama accedió. Cada uno sería atendido por un ama y una doncella, mientras otras personas estarían a su disposición durante las guardias nocturnas. Xifeng ya había hecho llegar al aposento de Daiyu una cortina floreada de color lavanda, cobertores forrados de satén y colchones bordados.

      Daiyu sólo se había hecho acompañar por el ama Wang, su vieja nodriza, y por Xueyan, una doncella de diez años que también la servía desde niña. Consideró la Anciana Dama a Xueyan demasiado joven, y al ama Wang demasiado vieja para ser de utilidad, por lo cual cedió a Daiyu una de sus propias sirvientas, una doncella de segundo grado llamada Yingge. Al igual que Yingchun y las otras damitas, Daiyu recibió, además de su nodriza, cuatro amas de compañía, dos doncellas de servicio personal que cuidaran de su aseo y cuatro o cinco muchachas para barrer los cuartos y llevar recados.

      El ama Wang y Yingge acompañaron a Daiyu hasta el aposento de gasa verde, mientras que el ama Li, la nodriza de Baoyu,