parece y siempre honro la palabra que doy. Que me traigan tres mil taeles y me encargaré personalmente del asunto.
—¡Bien! —exclamó exultante la abadesa—. ¡Tres mil taeles! ¡Eso no es difícil!
—No soy de las que se entromete en los problemas de la gente buscando su dinero —advirtió Xifeng—. Esos tres mil taeles apenas cubrirán los gastos de los sirvientes que enviaré, y sólo servirán para compensar sus molestias. No quiero ni un centavo para mí. En cualquier momento podría contar con treinta mil taeles si quisiera.
—Claro, claro, señora. Entonces, ¿podría usted hacerme este pequeño favor mañana mismo?
—¿No ve lo ocupada que estoy, solicitada a diestro y siniestro? Pero como me he comprometido, lo resolveré cuanto antes.
—Trivial como es, este problema confundiría a muchos hombres, señora, pero yo sé que usted es capaz de controlar asuntos mucho más graves. Como dice el refrán, «un hombre, cuanto más capaz más ocupado». No en vano Su Señoría le encarga todo lo relacionado con la mansión Rong. Debe usted descansar y no fatigarse tanto.
El fino halago de la abadesa hizo que Xifeng olvidara su cansancio y se lanzara a hablar con creciente entusiasmo.
Mientras tanto, Qin Zhong había aprovechado la oscuridad y la ausencia de gente para correr en busca de Zhineng. Al encontrarla sola en un cuarto de la parte trasera lavando el servicio de té, la abrazó sorprendiéndola por detrás y la besó.
—¿Pero se puede saber qué haces? —exclamó la novicia golpeando desesperada el suelo con el pie y amenazando con gritar.
—Amor mío —suplicó él sin hacer caso de sus amenazas—. Te deseo. Si vuelves a rechazarme esta noche me moriré aquí mismo.
—¿Pero en qué estás pensando? Espera por lo menos a que me haya librado de esta cárcel y de esta gente.
—Eso es sencillo, pero ya sabes que el agua lejana no calma la sed cercana —repuso Zhong citando un antiguo adagio mientras apagaba la lámpara de un soplo y sumía el cuarto en una oscuridad total.
Tomando a la muchacha en brazos, la llevó hasta el kang. En vano Zhineng forcejeó de mil maneras para librarse, pues, como no quiso gritar, él acabó haciendo su voluntad. Se enredaron en los juegos de la nube y la lluvia, y a punto estaban de alcanzar las cimas del placer cuando vieron entrar en el cuarto a alguien que, sin decir palabra, inmovilizó a la pareja apoyando las manos en los riñones de Qin Zhong y dejando caer todo el peso de su cuerpo sobre ellos. Como todo esto ocurrió en medio de un silencio y una oscuridad totales no supieron de quién se trataba, y el joven y la novicia quedaron aterrorizados. En esto, el intruso no pudo aguantar la risa. Era Baoyu.
Qin Zhong, indignado, se incorporó de un salto.
—¡¿A qué estás jugando?! —le dijo.
Y Baoyu:
—¿Harás lo que te diga o armo un escándalo aquí mismo?
Zhineng, aprovechando la oscuridad, se escabulló avergonzada mientras Baoyu sacaba de allí a su amigo.
—¿Lo sigues negando? —le preguntó.
—Eres un canalla. Está bien, haré lo que me digas. Pero, por favor, no grites.
—Dejemos el asunto así. Ya echaremos cuentas a la hora de dormir.
Cuando llegó la hora de irse a la cama, Xifeng, por temor a que el precioso jade desapareciera mientras Baoyu dormía, lo puso bajo su propia almohada. Ella ocupó el cuarto interior, los dos muchachos el de afuera, y las criadas durmieron en el suelo o montaron guardia sentadas.
En relación a las cuentas que Baoyu arregló con Qin Zhong, digamos que lo que el ojo no ve sólo puede ser sospechado, y lejos de nuestra intención inventar nada.
El caso es que a la mañana siguiente la Anciana Dama y la dama Wang mandaron decir a Baoyu que se abrigase bien y volviera a casa si no quedaba más que hacer en el convento. Eso era lo que menos le apetecía a Baoyu, y Zhong, por su parte, incapaz de separarse de su novicia, le instaba para que suplicara a Xifeng que se quedaran un poco más.
A pesar de que las exequias ya habían concluido, todavía quedaban ciertas minucias que atender, por lo que Xifeng decidió que resolverlas podía ocuparle unos días más. Eso le gustaría a Jia Zhen. Además, podría ocuparse del asunto de la abadesa. En cuanto al mensaje recibido de parte de Baoyu, pensó que a la Anciana Dama no le desagradaría saber que su nieto se estaba divirtiendo de lo lindo.
Con estas tres consideraciones en mente, respondió Xifeng a las súplicas de Baoyu:
—Yo ya he terminado aquí, pero si quieres divertirte un tiempo más no me queda otro remedio que complacerte. Ahora bien, partiremos mañana sin falta.
—Sólo un día más, primita; partiremos mañana.
De modo que dispusieron quedarse allí una noche más.
Xifeng envió un mensajero a Lai Wang para que le expusiera en secreto el caso de la abadesa. Lai Wang entendió de inmediato lo que se esperaba de él: partió enseguida a la ciudad para que el secretario mayor escribiera una carta en nombre de Jia Lian, y aquella misma noche marchó con ella al distrito de Chang’an. Como Chang’an no estaba a más de cien li de distancia, el asunto quedó resuelto en menos de dos días. El gobernador militar Yun Guang buscaba desde hada tiempo una ocasión para poder complacer a la familia Jia, y accedió con mucho gusto a solucionar un asunto tan insignificante. Lai Wang trajo de vuelta una carta suya en este sentido.
Mientras tanto, la jornada de más que pasaron en el convento fue aprovechada por Xifeng para despedirse de la abadesa y decirle que, pasados tres días, acudiera a recabar noticias sobre su gestión.
Qin Zhong y Zhineng pactaron una cita que aliviase la intolerable separación que se avecinaba. Es inútil describirla aquí detalladamente.
Xifeng realizó una última visita al templo del Umbral de Hierro, donde Baozhu insistió en quedarse. Más tarde, Jia Zhen se vería obligado a enviar a unas mujeres para hacerle compañía.
Capítulo XVI
Yuanchun es elegida consorte imperial
en el Palacio del Fénix.
Qin Zhong emprende demasiado pronto
el camino de las Puentes Amarillas.
Poco tiempo después quedaron concluidos los arreglos en el gabinete de estudio de Baoyu, que ya había acordado con Qin Zhong el inicio de las clases nocturnas; pero éste, débil de constitución, había contraído una bronquitis a causa de los encuentros secretos con la novicia Zhineng, allá en el campo. De regreso a la ciudad se puso a toser, perdió el apetito, dio señales de gran abatimiento y se vio obligado a permanecer en su casa reponiéndose. Con sus planes por los suelos, a Baoyu no le quedó más que esperar resignadamente la recuperación de su amigo.
Entretanto, Xifeng había recibido la respuesta de Yun Guang, el gobernador militar de Chang’an, y la abadesa pudo por fin informar a los Zhang de que su problema estaba resuelto. El inspector hubo de tragarse su despecho y aceptó sin rechistar la devolución de los regalos de compromiso. Sin embargo, Zhang y su esposa, que formaban una pareja servil y rastrera, habían traído al mundo una hija fiel y afectuosa: cuando Jinge supo que su primer compromiso había sido roto, buscó una soga y, sin alharacas, se quitó la vida. El enamorado hijo del inspector, por su parte, cuando se enteró del suicidio de su antigua prometida, corrió a arrojarse a un profundo río en cuyas aguas pereció, haciéndose así digno de su amada; o sea, que la mala fortuna arrebató a los Zhang y los Li no sólo el dinero sino también a la muchacha. La única que salió ganando fue Xifeng, que pudo disponer de los tres mil taeles sin que la dama Wang ni el resto de la casa supieran nada. Le salió tan bien el negocio que, a partir de entonces, insistió en numerosas transacciones similares a la realizada por mediación de la abadesa. Pero no necesitamos extendernos sobre ellas.
Llegó