Excelencia Xia, eunuco principal de Seis Palacios, viene con un decreto del emperador.
Aturdidos, sin entender el sentido de una visita tan extraña, Jia She, Jia Zheng y los demás hicieron detener las representaciones y despejar la sala del festín, en donde mandaron colocar una mesa de palitos de incienso encendidos. Entonces se abrió de par en par la puerta central y se arrodillaron para recibir el Decreto Imperial.
No tardó en hacer su aparición Xia Shouzhong, eunuco principal, que llegó cabalgando seguido de un nutrido séquito de eunucos. Pero no llevaba colgado del hombro ningún edicto, ni levantaba nada por encima de su cabeza. Echó pie a tierra frente al salón principal, subió las escalinatas con una sonrisa radiante y, mirando hacia el sur, anunció:
—Por orden especial del emperador, Jia Zheng debe presentarse inmediatamente ante él en el salón del Respetuoso Acercamiento.
Dicho lo cual volvió a montar en su caballo y se marchó, seguido de su compañía, sin haber probado un solo sorbo de té ni haber dicho una palabra más.
Nadie supo qué presagiaba la aparición del eunuco con su mensaje. Jia Zheng se atavió de corte y partió hacia el Palacio Imperial, dejando a toda la familia en vilo. Uno tras otro, la Anciana Dama envió mensajeros a caballo en busca de noticias, pero pasaron cuatro horas antes de que Lai Da y otros cuantos mayordomos llegaran jadeando por la puerta interior mientras gritaban:
—Su Señoría pide que la Anciana Dama acuda de inmediato al Palacio Imperial con las otras damas para agradecer al emperador un enorme favor.
Temiendo lo peor, la Anciana Dama había estado esperando con el corazón en un puño la llegada del mayordomo en el corredor exterior del gran salón, rodeada de las damas Xing y Wang, la señora You, Li Wan, Xifeng, las tres hermanas Primavera y la tía Xue. Al escuchar la noticia exigió a Lai Da mayores detalles.
—Tuvimos que esperar en el patio exterior —le dijo Lai Da—, de manera que no pudimos ver ni oír qué pasaba dentro. Entonces salió Xia, el eunuco principal, que nos felicitó y nos informó de que la mayor de nuestras señoritas había sido nombrada Primera Secretaria del palacio del Fénix con el título de Digna y Virtuosa Consorte. Luego apareció Su Señoría y nos confirmó las noticias del eunuco. Mientras él acude al palacio del Este a presentar sus respetos [1] , suplica que Su Señoría y las damas acudan sin pérdida de tiempo a dar las gracias al emperador.
Un gesto aliviado iluminó de delicia el rostro de las damas, y cada una corrió a ponerse los trajes ceremoniales acordes con su rango. Poco después, cuatro grandes palanquines encabezados por el de la Anciana Dama, al que seguían el de la dama Xing, el de la dama Wang y el de la señora You, se encaminaron al Palacio Imperial. Las escoltaban Jia She y Jia Zhen, también en traje de corte, así como Jia Rong y Jia Qiang.
Y entonces los señores y los sirvientes de ambas mansiones estallaron de júbilo. Los rostros resplandecieron de orgullo, confundidos en un tumulto de risas y comentarios. Sólo Baoyu permaneció indiferente a la alegría general. Y es que unos días antes la novicia Zhineng se había fugado del convento de la Luna en el Agua y había venido en busca de Qin Zhong. Descubierta por el padre del muchacho, se había visto forzada a regresar al convento mientras Zhong recibía una tunda soberana. La ira le valió al viejo una recaída en su crónica enfermedad, hasta el punto dé que murió a los pocos días. Qin Zhong, lleno de remordimientos por la muerte de su padre, cayó también gravemente enfermo. Nunca había sido muy fuerte, y no se encontraba plenamente recuperado dé su bronquitis en el momento de recibir la paliza. Todo ello pesaba tanto en el ánimo de Baoyu que el honor conferido a Yuanchun no fue suficiente para levantarle el ánimo. Por eso el viaje emprendido por su abuela y las otras damas para agradecer el favor imperial, las visitas de felicitación de parientes y amigos, la excitación que recorría ambas mansiones, lo dejaron impasible. Para él nada significaba el contento general, como si todos aquellos acontecimientos nunca hubieran sucedido; su apatía llevó a todos a sentenciar que su extravagancia se había agudizado.
Por suerte, llegó un mensajero de Jia Lian anunciando que Lin Ruhai ya había sido enterrado en el cementerio ancestral y que, una vez concluidas las exequias, Daiyu y él emprendían el camino de vuelta a la capital, adonde llegarían al día siguiente. Algo más animado, Baoyu interrogó al correo y así supo que también venía a la capital, para presentar sus respetos, Jia Yucun, quien gracias a las recomendaciones de Wang Ziteng había sido convocado para aguardar un nombramiento metropolitano. En su condición de pariente lejano de Jia Lian y de antiguo preceptor de Daiyu, Yucun hacía el viaje con ellos. En condiciones normales, la jornada, que transcurrió sin problemas, les hubiera ocupado hasta comienzos del mes siguiente, pero las buenas noticias sobre Yuanchun habían empujado a Jia Lian a apresurar su regreso; viajó día y noche a marchas forzadas, de manera que los tres compañeros cubrieron rápida y felizmente el trayecto de vuelta.
Ante todo, Baoyu quería saber si Daiyu se encontraba bien; las demás noticias no le interesaban. La impaciencia le atormentó hasta el mediodía siguiente, cuando, por fin, fue anunciada la llegada de los viajeros. El jubiloso reencuentro de los dos muchachos se vio enturbiado por el inevitable dolor; cuando hubo pasado la tormenta de lágrimas que se desencadenó, intercambiaron pésames y enhorabuenas.
Baoyu observó discretamente que Daiyu estaba más guapa que nunca, y que su apariencia era aún más extraordinaria. Había traído consigo una enorme cantidad de libros, y no perdió un momento en barrer y limpiar su cuarto, disponer ordenadamente sus cosas y entregar a Baochai, Yingchun, Baoyu y los demás, los papeles y pinceles que les había traído como obsequio. Cuando Baoyu quiso regalarle la pulsera de cuentas que le había dado el príncipe de Pekín, ella protestó.
—No la quiero. Quién sabe qué tipo apestoso la habrá manoseado —dijo arrojando la pulsera a Baoyu, que no tuvo más remedio que aceptar al vuelo la devolución.
Pero volvamos a Jia Lian, quien, después de saludar a toda la familia, se había encaminado a sus aposentos. A pesar de lo atareada que estaba, sin encontrar un momento para sí misma, Xifeng dejó todo de lado para recibir a su marido.
Cuando estuvieron solos, le dijo en broma:
—¡Enhorabuena, Excelencia, venerable cuñado del emperador! Su Excelencia ha hecho sin duda una fatigosa jornada. Su humilde sirvienta, enterada ayer mismo de que hoy se esperaba la llegada de su excelso carruaje, preparó una vulgar copa de vino para ayudarle a sacudirse el polvo de las botas. ¿Se dignará aceptarla, oh cuñado del emperador?
—¿Cómo negarme? ¿Cómo podría hacer una cosa así? —contestó riendo Jia Lian—. El honor es excesivo. Me siento anonadado.
Pinger y las demás doncellas presentaron sus respetos al señor y le sirvieron té; después Jia Lian preguntó a su esposa qué había ocurrido durante su ausencia y le agradeció lo bien que había cuidado sus asuntos.
—Soy incapaz de administrar bien los asuntos —suspiró ella—. Soy demasiado ignorante, tosca y torpe; siempre acabo tomando el rábano por las hojas y, como soy bondadosa en extremo, cualquiera puede conseguir de mí lo que desee. Además, me pone nerviosa mi falta de experiencia; el menor descontento de Su Señoría me impide cerrar los ojos durante toda la noche. Una y otra vez he pedido ser relevada de tanta responsabilidad, pero, en vez de acceder, ella me acusa de perezosa y de no tener interés en aprender. No entiende lo mal que lo paso, el miedo que me produce decir una palabra fuera de lugar o dar un paso en falso. Y ya sabes lo difíciles que son las esposas de nuestros mayordomos: se burlan del más mínimo error y «acusan al olmo señalando a la morera» en cuanto intuyen cualquier indicio de parcialidad por mi parte, y «se sientan en la colina a ver cómo combaten los tigres», «asesinan con espada prestada», «piden soplo ajeno para avivar el fuego», «ven desde una orilla seca a la gente ahogándose» y «no se molestan en levantar un aceitero caído». Todas son maestras en ese tipo de perfidias. Soy demasiado joven para cargar con semejante peso, así que no me obedecen en absoluto. Y por si fuera poco, murió la mujer de Rong y el primo Zhen suplicó de rodillas a Su Señoría que me permitiese ayudarle unos cuantos días. Yo me negué una y